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Pasquau y El Oficio de Decidir

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En el siglo V a. C., el historiador griego Heródoto atribuía a las divinidades la capacidad de actuar para castigar malas obras: “¿Un terremoto? ¡Debe ser Apolo enfadado porque alguien olvidó sacrificar un cabrito!”. Siglos más tarde Tucídides, cansado de tanta justicia poética, proclamó «el círculo de la insensatez»; esa versión premium de la estupidez humana que siempre renueva temporada.

Para él, las “leyes de la historia” eran tan reales como el horóscopo: pura fantasía para consolar a quienes se sometían al binomio sagrado del «Chaman o Caos». Y luego llegó Maquiavelo, el influencer del Renacimiento, que decidió que lo suyo no era el “amor al prójimo” sino el “tuit viral o muerte”. Se salió del guion cristiano con la elegancia de un banquero florentino explicando por qué la ética es solo para los pobres.

«¿Hay lawfare en España? Contestar sí o no es como creer o no creer en la reencarnación.» (p. 181). Con esa pregunta trampa —dogma disfrazado de duda—, el magistrado del TSJA, Miguel Pasquau se viste de juez transposmoderno exigiendo fe en lugar de pruebas. Porque en el oficio de decidir, como en los milagros, lo importante no es lo que ocurre, sino si logras que se digiera tu relato. «El problema no es que los jueces tengan ideología, sino si son o no capaces, y hasta qué punto, de embridarla en razones jurídicas honestas y cabales.» (p. 187).

Miguel Pasquau, (Úbeda, 1959) ––un juez valiente “por casualidad”; progresista, «aunque no del todo»; novelista entre auto y auto; catedrático entre sentencia y sentencia; y mediático por pura vocación de oficio––, acaba de publicar el libro El oficio de decidir, dudas y certezas de un juez en activo (Debate, mayo 2025). Se trata de un libro curioso, de retórica vintage, en el que con una ambigüedad inquietante Pasquau surca las peligrosas aguas pantanosas de la justicia española, alimentando a Escila y tuneleando a Caribdis.

«Sí, es verdad que lo habitual es decidir el fallo y luego «vestirlo» de razones…» (p. 40); «Es un oficio en el que la posibilidad de error es muy grande» (p. 227); «Imaginemos que, como media, decides con un 85 por ciento de convicción […], tendrás una cohorte silenciosa y anónima de posibles perjudicados, aglomerada en ese 15 por ciento.» (p. 246)… Imaginemos un ingeniero cuyo puente se cae el 15% de las veces; los ingenieros no dicen “es el coste de hacer puentes”: rediseñan el sistema. Pasquau lo normaliza; normaliza la cohorte de perjudicados que cifra en el 15%. No es el derecho amigo, pero si el derecho de los daños colaterales.

La justicia es lenta, si, pero la productividad de Miguel Pasquau es milagrosa; parece no conocer tregua, y hasta lo contradictorio puede conjugarse en perfecto gerundio. Profesa el formalismo jurídico (derecho como sistema autónomo) salpimentado de garantismo jurídico (Ferrajoli), lo que implica una perspectiva conservadora o liberal-legalista de progresismo intermitente a conveniencia.

Pasquau idealiza el papel del juez reduciendo los mecanismos perversos del sistema judicial a simples “errores” o simples pecados veniales de la «acomodación rutinaria» o los «burladeros retóricos» (p. 109), fruto de «…la falta de tiempo de la falta de medios…» (p, 245).

Resumiendo, el libro El oficio de decidir, de Pasquau, construye un relato peculiar —una especie de neoplatonismo ingenuo—, en el que los jueces, ensimismados en su cueva de conciencia, creen ascender hacia la virtud mediante una introspección elitista. Mientras tanto, los justiciables se reducen a meras sombras proyectadas en el muro de la cueva: una cohorte silenciada de ignorantes patológicos, ahogada entre la verbosidad críptica de los letrados, la solemnidad de los procedimientos y la arrogancia de los togados. Una justicia que, en no menos del 15% de los casos, termina devorando a quienes debía proteger.

Así, en el ocaso tardío de la Ilustración —bajo el espectro de Trump, Putin, Milei, Netanyahu y otros demagogos—, Pasquau desentraña el perverso juego del juez iluminado en un teatro de sombras donde la justicia, en vez de liberar, consume a las personas. Poder judicial o caos. Esto es lo que hay. Para Pasquau la palabra del juez es sagrada «… esa decisión es la que vale … porque lo ha decidido quien está ahí para hacerlo» (p. 246).

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