De vuelta al abismo
Las sirenas resuenan en millares de paredes fantasma. Los gritos se suceden. Las explosiones sorprenden a los sentidos (sí, a todos), aquí y allá. Los niños ya no juegan. Los padres no trabajan. Corren, cargan, salvan, remueven, sudan, no beben, no comen, mueren. Pero ya no trabajan. Los abuelos se olvidan, se abandonan a su suerte. Lo aceptan, asintiendo gentilmente mientras una lágrima se esconde entre sus arrugas.
Andando por la calle en la que antes reverberaban los cantos de sirena de los mercaderes de la zona, un soldado busca. Es un animal de presa… No, un animal no, estos tienen alma. Es una bestia, una sombra de muerte, insaciable, sin emociones. Un autómata que solo busca volver a la guarida con la mayor de las cifras. Mira, olfatea, utiliza herramientas que a sus escondidas codicias les parecen las más aterradoras artes mágicas.
El soldado se detiene, mirando al frente. La respiración se agita en su pecho, impaciente, pugnando por desvelar el secreto. Es más que evidente la tensión. Una endemoniada sonrisa eleva la comisura de sus labios, mientras sigue mirando al frente petrificado. Sudando. No está asustado, no. Está emocionado, cree haber detectado otra madriguera. Gira despiadado y veloz y descarga toda la fuerza de sus armas sobre el rincón ensombrecido por los cascotes de un antiguo cine. Dispara, dispara, dispara y ríe.
Una mujer valiente salta corriendo, gritando auxilio a quien le escuche, aquí en la tierra o en el cielo. Implora perdón por un delito jamás cometido por ella ni por ninguno de los suyos. No puede parar de llorar abundantemente, nerviosa, sus nietos sin padres están allá abajo escondidos. Ella sin hijos está aquí para ofrecerse histéricamente como moneda de cambio. Ella ya ha vivido, repite una y otra vez. Ellos tienen mucho tiempo por delante, dice, rendida, una última vez.
El soldado se acerca, pisa con el pie derecho el brazo de una antigua silla y se acomoda el arma apuntando, febril, a la abatida mujer valiente.
Dice algo que ella no entiende, pero que yo les traduzco:
“Estoy seguro de que allá, en los hornos, mis abuelos no gritaron.” Y dispara.
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