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¿Qué aporta Alberto Garzón a IU? Lo que dicen las encuestas

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Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”,

aconsejaba Giuseppe Tomasi di Lampedusa en la novela “El Gatopardo” a cualquier conservador pragmático.

 

El poder es siempre conservador”,

se lamentaba Robert Michels un siglo atrás al ver que las élites del SPD Alemán cambiaban sus objetivos originales por otro mucho más conservador: permanecer en el poder.

 

A veces cuesta admitirlo, pero incluso los dirigentes de los partidos más “progres” acaban a menudo formando parte de una oligarquía conservadora cuyo objetivo principal se reduce a mantenerse en el poder. Y este afán por permanecer en él puede llegar a ser letal en momentos convulsos en los que existen ansias de cambio en la sociedad. En coyunturas como la actual, cualquier dirigente conservador pragmático debería haber sido consciente de que el cambio era la única fórmula para que nada cambiara; el cambio era el precio a pagar para que se mantuvieran inalteradas las estructuras de poder.

Durante estos años de crisis económica y política, nuestras élites han demostrado ser marcadamente conservadoras, pero –lamentablemente para ellas- muy poco pragmáticas. Todas las formaciones políticas de ámbito nacional, sin excepciones, decidieron afrontar la enorme desafección ciudadana como meros espectadores, como si la cosa no fuera realmente con ellos, esperando sosegadamente a que amainara el temporal y todo volviera a la normalidad.

Pocas recetas pueden ser más dañinas que la combinación de conservadurismo y falta de pragmatismo. A pesar de ello, esta ha sido la actitud imperante no sólo en el PP y el PSOE sino también en esos partidos pequeños que a priori estaban llamados a ser los principales beneficiados de la debacle del bipartidismo. Rosa Díez fue muy hábil en lastrar las bases socialistas y populares cuando lo que estaba sobre la mesa era cuestión nacionalista. Sin embargo, la líder de UPyD decidió aferrarse al poder aún consciente de que la nueva coyuntura le pedía dar un paso atrás. Con ella al frente, el discurso “anti-establishment”, opuesta a la política tradicional no podía ser, de ningún modo, creíble.

Algo similar ha ocurrido en IU. Ya antes del fenómeno PODEMOS escribíamos en Piedras de Papel (aquí y aquí) que la opinión pública no veía a los dirigentes de IU como solución a la desafección política sino más bien como parte del problema. Debido a su inmovilismo, IU vuelve a estar en un escenario que, por desgracia, le es muy conocido: la lucha por la supervivencia.

Pero olvidemos las miserias del pasado y miremos hacia el futuro. Si lo hacemos, muchos coincidimos en creer que la principal baza de IU es Alberto Garzón. En los últimos meses sabemos que por fin muchos líderes de este partido han entendido que deben cambiar de caras y de discurso para mantener la organización a flote. En cierto sentido, IU tiene suerte de tener un referente atractivo a quien poder pasar la patata caliente, pues no todos los partidos se encuentran en la misma situación.

Dejemos las valoraciones subjetivas y vayamos a los datos, que seguramente es lo que más le interesa al lector de Piedras de Papel: ¿Es realmente Alberto Garzón un activo para el partido? ¿Hasta qué punto su liderazgo puede ayudar al IU a amortiguar su debacle electoral? Veámoslo con los datos de encuesta disponibles hasta la fecha.

Alberto Garzón es un candidato conocido

Este es probablemente el mejor activo que tiene Garzón en su haber. Según los datos de encuesta, alrededor del 70% de los españoles aseguran saber quien es Alberto Garzón. A pesar de ser (aún) un diputado raso, estos niveles de conocimiento se acercan mucho a los que goza el actual líder del partido, Cayo Lara. De hecho, Garzón se enfrenta a este año electoral con unos niveles de popularidad superiores a los que gozaba Cayo Lara durante la campaña electoral de 2011. Si nos fijamos en el primer gráfico podemos constatar que las diferencias de conocimiento entre Alberto Garzón y Cayo Lara se concentran muy especialmente entre la derecha. Sin embargo entre su potencial electorado (los votantes de izquierda) las diferencias entre ambos candidatos son prácticamente irrelevantes.

Es ciertamente poco común que un político que aún no tiene la condición de candidato o de líder de un partido goce de semejante notoriedad. Y es que, en la era de la tertuliocracia, la fama se consigue más en los debates, tertulias y otros shows televisivos que en los titulares de los periódicos que te confieren la condición de líder del partido.

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En suma, IU puede congratularse por la elevada popularidad de Alberto Garzón incluso antes de ocupar la primera línea del partido. Se trata de un poderoso activo que raramente se encuentra cuando tiene lugar un reemplazo de liderazgo.

Alberto Garzón es más popular, pero…

En términos generales, Alberto Garzón es más popular que Cayo Lara. Así lo avalan los datos de encuesta: si bien el primero roza el aprobado (4.6) el segundo obtiene un claro suspenso (3.5). Aparentemente los datos sugieren que el reemplazo de liderazgo en IU podría ayudar a la formación a amortiguar su declive electoral. Sin embargo, una lectura algo más detallada de las encuestas ponen un matiz importante a esta conclusión. El gráfico 2 muestra la valoración de los dos líderes según la ideología de encuestados. Los datos indican que la mejor imagen de Garzón se produce muy especialmente entre aquéllos votantes con pocas probabilidades de votar a IU, al margen de quien sea su candidato. En cambio, entre los votantes de izquierda (de donde procede la gran mayoría de los votos de IU) la valoración de ambos candidatos es idéntica.

Las encuestas sugieren, pues, que la figura de Cayo Lara es más divisiva. Si bien consigue un aprobado entre la izquierda, su nota se desmorona entre los votantes de centro y derecha. En cambio Alberto Garzón goza de una imagen más uniforme a lo largo del espectro ideológico. Incluso los votantes de derecha lo valoran con notas muy cercanas al aprobado.

Cualquier político sabe que sus esfuerzos deben dirigirse a ser atractivos entre sus potenciales votantes sin importar demasiado la opinión que tienen aquéllos que no le votarían en ninguno de los casos. No hay duda de que el espacio electoral de IU ha sido siempre la izquierda. Según encuestas recientes, si se produjeran unas elecciones mañana alrededor de dos de cada tres votos de esta formación procederían de ese espacio ideológico. IU sabe bien que su capacidad de arañar votos del centro y , sobretodo, de la derecha es muy escaso. En este sentido, el atractivo electoral de Alberto Garzón es menor del que podríamos esperar a primera vista, pues su ventaja con respecto a Cayo Lara se concentra justo entre los votantes que seguramente nunca cogerían una papeleta de IU.

 

garzon2.jpg

No es mi objetivo negar que la figura de Alberto Garzón sea un activo electoral para IU, sino más bien rebajar ciertas expectativas que se podrían derivar de una lectura superficial de las encuestas. Aún así (y aunque las pocas observaciones en las encuestas nos obligan a ser extremadamente cautos), hay indicios de que Garzón gozaría de una mejor imagen con respecto a Cayo Lara entre los que votaron a IU en 2011 pero no volverían a hacerlo en el futuro. Quizás Alberto Garzón no pueda arrebatar nuevos votantes procedentes de izquierda, pero sí podría ayudar a amortiguar algo el alud de deserciones que está sufriendo en los últimos meses. Algo es algo.

Déjenme que termine con una advertencia. Lo expuesto aquí es una reflexión sobre lo que podría aportar Alberto Garzón exclusivamente como candidato, sin tomar en consideración los cambios orgánicos y programáticos que sin duda irán acompañados a su liderazgo. Tales cambios podrían conllevar una mejoría de las expectativas electorales de IU. Pero para saberlo con certeza deberemos esperar a que Alberto Garzón tome oficialmente las riendas del partido.

 

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Nota: Los datos usados son la encuesta del CIS de octubre de 2014 (para las valoraciones de Cayo Lara) y la encuesta de GESOP para El Periódico de diciembre de 2014 (para las valoraciones de Alberto Garzón)

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