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Piedras de papel es un blog en el que un grupo de sociólogos y politólogos tratamos de dar una visión rigurosa sobre las cuestiones de actualidad. Nuestras herramientas son el análisis de datos, los hechos contrastados y los argumentos abiertos a la crítica.

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Aina Gallego - @ainagallego

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2020 en 12 gráficos

EFE/Gustavo Amador/Archivo

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El 2020 será para los analistas el año en el que reventaron todas las series temporales. Además de las dolorosas cifras de fallecidos, la COVID-19 y las restricciones a la movilidad para parar el contagio también se han hecho sentir en la economía, con las principales variables tomando valores que en muchos casos no se veían desde la Segunda Guerra Mundial. En el balance del año que presentamos aquí se puede apreciar, en algunos de los 12 gráficos seleccionados, el gran impacto que ha tenido la pandemia en muchos ámbitos. Otros de los gráficos no tratan específicamente del coronavirus, pero creemos que han formado parte de los hitos que han marcado este año a nivel nacional.

1.   El sangrante número de víctimas de la pandemia

La COVID-19 se ha esparcido por el globo. Desde que aparecieron los primeros brotes en China, todos los países de todos los continentes han ido sucesivamente pasando por las mismas curvas de contagios y muertes, uno detrás de otro. Países que en algún momento destacaron como modelos han acabado sucumbiendo al mismo destino que los demás. A mediados de noviembre se superó la trágica cifra de 10.000 muertes por coronavirus al día en el mundo. Esta expansión tan rápida de la pandemia denota un mundo altamente interconectado y sin demasiados cortafuegos a problemas de esta naturaleza. Salvo honrosas excepciones, la reacción de los países ha sido lenta y parcial, cuando no abiertamente negligente.

En marzo en Europa aún mirábamos con una mezcla de asombro y arrogancia las medidas draconianas que implementaba China para atajar la expansión del virus, cuando este nos golpeó de lleno. Y si la primera ola nos pilló desprevenidos, la segunda ola ha sido mucho peor. De hecho, si miramos los datos entre febrero y marzo, que corresponden en su totalidad a China, vemos una curva que es una nimiedad respecto a lo que ha pasado después en el resto del mundo. Es cierto que el viejo continente era más vulnerable por su demografía y fue de los primeros en ser golpeado, sin tener mucho margen de reacción. Pero el esfuerzo masivo para aplanar la primera ola se ha tirado por la borda con el desconfinamiento del verano. Europa ha tenido una doble miopía: lo vimos tarde y nos convencimos de que solo habría una ola.

No se puede negar que a pesar de haber sido el origen del virus, China tuvo una reacción rápida y contundente, y seguramente pase a la historia como el que mejor supo gestionar la pandemia. Al otro lado del espectro están los cuasi-continentes de India, Brasil y EE.UU., con sus dirigentes populistas que no han querido poner medidas suficientes para atajar el contagio, y esto se ha visto reflejado en los datos. África, que es el continente más pobre, afortunadamente no se está viendo tan afectado por la pandemia, gracias a su jovencísima demografía y a su menor densidad de población.

2.   Los pobres van menos al médico (también) por coronavirus

Aún disponemos de muy pocos datos para valorar la incidencia que la pandemia está teniendo entre personas de distinta clase social o condición socioeconómica. A nivel agregado, un estudio de la primera ola del virus mostraba que la incidencia de este fue mayor en distritos con una renta más baja en Barcelona. Este dato iría en la dirección de algo que nos contaba Fabrizio Bernardi en este blog en abril: en general, los grupos socioeconómicos más bajos sufren con mayor frecuencia enfermedades crónicas. Las explicaciones y especulaciones acerca de esta relación entre enfermedad y clase social son múltiples y han ido apareciendo en los medios a lo largo de este 2020. Una hipótesis que no se ha prodigado mucho, sin embargo, es el hecho de que las personas de clase social baja pudieran recurrir menos al médico ante síntomas de la enfermedad, ya sea por carecer de información adecuada o por la presión provocada por situaciones sociolaborales más precarias.

A partir de los barómetros mensuales del CIS, en el gráfico mostramos que, efectivamente, desde mayo hasta noviembre las personas de clase baja han "tenido" que acudir en mucha menor proporción que las de clase media-alta y alta a los servicios sanitarios por síntomas relacionados con la COVID-19. Esto se ve de forma muy clara en las dos olas -en mayo y a partir de septiembre- pero no en los meses de menor incidencia -junio y julio. En noviembre, por ejemplo, el porcentaje de personas que se consideran de clase media-alta y alta que acudió a los servicios médicos por el virus fue diez puntos superior al de las personas de clase baja o pobres.

¿Quiere esto decir que el virus ha afectado más a las clases acomodadas? No parece que este sea el caso. Con otra de las preguntas mensuales del CIS podemos calcular qué porcentaje de personas de ambas clases fueron diagnosticadas con el virus tras acudir al médico y hacerse la prueba. En este caso prácticamente no hay diferencias entre clases acomodadas y bajas. Por tanto, los datos apuntan a que, incluso si la incidencia fuera la misma, las personas de clase media-alta y alta estarían más dispuestas a acudir a los servicios sanitarios. Habrá que prestar especial atención a este dato en el 2021 por las consecuencias tan importantes que puede tener tanto para el diagnóstico de la enfermedad a nivel individual, como para su control a nivel poblacional. 

3.   El año en que nos dejamos de mover

Una de las formas más claras de visualizar el cambio en los patrones de comportamiento que ha supuesto la pandemia en nuestras sociedades es a través de los datos de movilidad que capturan las herramientas tecnológicas que ahora nos acompañan a todas partes. El gráfico recoge datos del proyecto de movilidad de Google, y muestra cómo con el confinamiento redujimos nuestra movilidad hasta niveles desconocidos. También se aprecia en la secuencia (primero Italia, después España, después Francia), la magnitud del confinamiento (especialmente duro en España, y con altísimas tasas de cumplimiento), el proceso de desescalada desde primavera, y las restricciones asociadas a la segunda ola (más suaves, y en este conjunto de países más concentradas en Francia).

4.   La protección al empleo como respuesta a la crisis

Esta crisis económica se ha diferenciado en muchas dimensiones a la anterior de 2008. La principal, las autoridades monetarias y fiscales han respondido de manera más contundente y coordinada. Pero otra gran diferencia es cómo los países han desplegado políticas de protección al empleo (en el caso español, los ERTE), destinadas a evitar que una crisis transitoria de oferta y demanda se tradujera de manera automática en una crisis de desempleo. Y así, a diferencia de crisis pasadas, la magnitud de la caída del empleo ha sido significativamente más contenida que la del PIB.

5.   El privilegio del teletrabajo

Una de las formas más comunes y discutidas del impacto de la crisis por COVID-19 en las condiciones laborales desde el primer confinamiento, ha sido la capacidad de adaptar los puestos de trabajo a una situación tan extraordinaria como la que se vivió desde mediados de marzo de 2020. De entre ellas, el "teletrabajo" es quizás una de la que más atención ha recibido tanto por su impacto en la salud mental de los trabajadores, como en su productividad y en la conciliación de la vida laboral y familiar.

Aunque deslocalizar a los trabajadores y digitalizar sus tareas o la comunicación de los equipos responde a una visión solo parcialmente relacionada con lo que en recursos humanos se denomina teletrabajo, lo cierto es que la rápida reacción de muchas empresas y administraciones permitió a un gran número de trabajadores desempeñar sus funciones en la distancia y, así, preservar sus empleos al menos en la primera fase de la crisis.

Sin embargo, como en tantos otros aspectos, el mayor golpe resultante de la crisis ha recaído en los hogares con rentas bajas en los que se concentran los trabajadores con un menor perfil formativo y que, casi siempre, acumulan otras fuentes de desventaja relacionadas con la estructura de sus hogares o su origen.

El teletrabajo ha sido un recurso al que han podido recurrir muy mayoritariamente los trabajadores que vivían en hogares con rentas más altas. El gráfico muestra el porcentaje de encuestados que trabajaba en la ciudad de Madrid según si recurrieron o no al teletrabajo en abril de 2020 según el nivel de ingresos anterior a marzo de 2020 en el conjunto del hogar. Naturalmente, muchas de las ocupaciones que aportan ingresos a los hogares de rentas bajas son manuales y su deslocalización es imposible. Sin embargo, llama la atención la pendiente de este efecto y la diferente distribución de ingresos de los de las personas que pudieron recurrir a esta adaptación para preservar su empleo. Todo ello es una prueba de que la capacidad de adaptarse para encajar los golpes que dejan las crisis del siglo XXI es muy diferente en distintos puntos de nuestro sistema de estratificación social.

6.   El impacto de la pandemia sobre la Seguridad Social

El sector público ha sido la garantía de último recurso de los ingresos de trabajadores afectados por cierres o reducciones temporales de la actividad de sus empresas, a través de los ERTE, que han reducido, pero no evitado, el aumento considerable del desempleo. Entre regulaciones de empleo y desempleados, en pocos meses de 2020 la Seguridad Social se hizo cargo de los ingresos de casi 5 millones de trabajadores (gráfico izquierdo).

El modelo de crecimiento español, sesgado hacia sectores de bajo valor añadido, intensivos en trabajo, y el estancamiento de la productividad, configuran un mercado laboral con un nivel de desempleo estructural elevado y muy sensible a fluctuaciones de la actividad económica, de manera que, lamentablemente, esta cifra tan elevada de parados no es desconocida para nuestro país. Sin embargo, la evolución del mercado laboral en 2020 destaca por su magnitud muy puntual y concentrada en el tiempo.

 La otra cara de la moneda de las cifras de fallecidos de la pandemia, que ha afectado muy especialmente a la gente mayor, se ve reflejada en otra de las principales partidas de la Seguridad Social: el pago de las pensiones. El número de pensiones que paga cada mes la Seguridad Social, que en circunstancias normales sigue una tendencia ascendente constante, reflejando tendencias demográficas, ha sufrido un frenazo importante este 2020. El mes de mayo fue el mes en el que más cayeron proporcionalmente las pensiones pagadas desde que existen estadísticas (gráfico derecho).

7.   Y con la pandemia…llegó el pesimismo

Con la COVID-19, no sólo llegó una crisis sanitaria. También llegó una crisis económica que nos llevó a la mayor caída instantánea del PIB que hemos conocido. En esta situación, con empresas cerrando y la economía parada, el desánimo y el pesimismo sobre la situación económica se extendió muy rápidamente.

El gráfico muestra cómo se redujo el optimismo sobre el futuro de la economía española a raíz de la crisis sanitaria. En concreto, el gráfico muestra los datos de una encuesta realizada en agosto de 2019 y otra encuesta realizada en mayo de 2020 a las mismas personas. A la pregunta de cómo de optimista o pesimista eran respecto al futuro económico de España en los próximos cinco años, en agosto de 2019 un 32% de los españoles se mostraba optimista. Nuestro país parecía dejar atrás los fantasmas de la crisis financiera y con paso seguro parecía consolidar su recuperación. Solo nueve meses después, y con la crisis del coronavirus todavía dando sus primeros pasos, un 81% de los españoles era pesimista sobre al futuro económico. De ellos, casi un 30% era muy pesimista. Este entorno de incertidumbre económica y pesimismo que emergió desde un momento muy inicial ha facilitado, además, que la división política sobre cómo gestionar la crisis y su día después irrumpiera muy pronto en comparación con otros países.

8. El CIS, la Monarquía y otros gráficos imposibles

El Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) nos obliga a proceder sobre la realidad contemporánea como arqueólogos ante un mosaico fragmentado, como lectores de tablillas que se han perdido en su mayor parte pero que el capricho del tiempo nos ha dado en fragmentos. Más que un diseño intencionado para esconder los hechos, su legado se parece a los azares del sol y el viento, a los destrozos del fuego, que se confunden, como en algunas tumbas faraónicas, con tal o cual inepta estratagema para cambiar las cosas de sitio.

Las calvas en las series de datos del CIS -y eso cuando nos deja cosas que parecen series y no perdigonadas- nos llevan a reclamar, una y otra vez, que el CIS planifique y ordene sus investigaciones de forma que sean útiles para la sociedad. Lo importante en el estudio de la opinión pública es siempre la comparación. Repetir las mediciones con el mismo instrumento es lo único que podemos hacer cuando tenemos instrumentos tan imperfectos como las encuestas. Los tiros sueltos, en general, sirven de poco en cuestiones de opinión.  

Uno de cientos de ejemplos de la arritmia metodológica del CIS, que cada vez va a peor, es la serie de confianza en las instituciones, entre las que se cuenta la traída y llevada pregunta por la Monarquía. Habría cosas que aprender: la fuerte correlación entre todas las instituciones. La mayor confianza en la Monarquía que en el resto. El declive secular acelerado con la recesión y el comienzo de la recuperación a partir de 2013-2014 (cuando, en las elecciones al Parlamento Europeo, comenzó el fin del bipartidismo), la apreciable mejora en la confianza en el Parlamento tras las elecciones generales de 2016. ¿Pero qué pasa con las demás?; ¿qué pasa después? Solo podemos imaginarlo.  

Fíjense que el ritmo es de aprendiz de tamborilero. En 1994 se pregunta dos veces, ninguna en el 95, dos veces seguidas en el 96; luego calla en el 97, pero vuelve en febrero del 98 y se repite diez meses más tarde: ahí queremos imaginar a un director o directora de investigación tratando de mantener un pulso suficiente, pero inútil, pues luego desaparece hasta 2003; después salta a 2006, luego parece que va a ser cada dos años, luego se repite en un año, luego vuelve a bienal, luego se extingue, de momento, durante cinco años. ¿Volverá? Ojalá, pero no lo vemos cerca. En los últimos años, se han borrado cada vez más series. Y no va a colar que ha sido el viento.

9. El gobierno débil se hace fuerte

En el ámbito político, 2020 comenzaba en España con un recién estrenado gobierno del Partido Socialista y Unidas Podemos, el primero de coalición que se formaba a nivel nacional en la reciente etapa democrática.  El 7 de enero, tras una votación in extremis, Pedro Sánchez conseguía ser investido Presidente del Gobierno por el Congreso de los Diputados, con la mayoría más ajustada de la democracia, apenas dos votos de diferencia: 167 "síes", frente a 165 "noes". Con ello, se ponía fin a un período previo de 10 de meses de impasse político, que había estado marcado por la provisionalidad de un gobierno en funciones y la repetición de las elecciones generales.

Ahora bien, el nuevo ciclo político y el año comenzaban con una gran incertidumbre sobre la duración de la legislatura. Frente a un aparente bloque de oposición de derecha (PP, VOX y Ciudadanos) compacto y fuerte (a 4 escaños de la suma PSOE-UP), generaba muchas dudas cuál sería el grado de unidad dentro del gobierno entre socialistas y morados, y cómo podría gobernar éste en una situación de minoría en el Congreso más polarizado y fragmentado de la democracia.

Once meses después, en el contexto de la pandemia, el gobierno acaba el año exhibiendo mayores apoyos parlamentarios que con los que contaba al comienzo del mismo. En concreto, un total de 21 apoyos más, materializados en la trascendental votación sobre los Presupuestos Generales del Estado de 2021 que tuvo lugar en el Congreso el pasado 3 de diciembre.

Aprobar estas cuentas públicas se había convertido en una especie de "prueba de resistencia" que el PSOE y Unidas Podemos necesitaban superar para mostrar primero su cohesión interna y después su capacidad para continuar gobernando el resto de legislatura. Pese a las críticas que ha recibido el ejecutivo de Sánchez, incluso entre las filas socialistas, por recibir los apoyos de Bildu, el logro de este objetivo, con una mayoría más holgada que la que consiguió en la investidura, ha servido para fortalecer su imagen. No obstante, contar con más apoyos parlamentarios no ha evitado que, a medida que los morados han ido marcando perfil propio, los roces entre los dos socios de gobierno hayan ido en aumento a finales de año. Algo que podría intensificarse en los primeros meses de 2021, de cara a la celebración de las elecciones catalanas previstas para el 14 de febrero.

10. La pandemia y el apoyo al gobierno entre los mayores

En su libro Democracy for Realists, el politólogo Larry Bartels cuenta que ante desgracias colectivas como sequías o inundaciones los votantes evaluamos la acción del gobierno no de una manera sofisticada, sino llenos de frustración y prácticamente a ciegas. Provistos de algún tipo de narrativa, somos capaces de atribuir a los gobiernos -sean del color que sean- la responsabilidad de dichos eventos sin trazar una línea nítida entre estos y la acción gubernamental. Las causas del brote de la COVID-19, como otros eventos inesperados, podrían entrar en esa categoría, en donde el gobierno no tiene otra opción más que la de encajar el golpe. No obstante, la gestión de la pandemia difícilmente pueda escapar a una escrupulosa evaluación retrospectiva por parte de los ciudadanos.

En España, el principal partido del gobierno (el PSOE) no ha registrado un desgaste electoral significativo desde el inicio de la pandemia. El partido de Pedro Sánchez ha mantenido una intención directa de voto (IDV) entre el 25% y el 20% entre marzo y diciembre según los barómetros del CIS. No obstante, como parece haber sucedido con Donald Trump en Estados Unidos, los votantes más mayores (particularmente vulnerables a los estragos del virus) pueden estar retirando su apoyo a los socialistas.

La línea más clara del gráfico muestra la evolución de la IDV para los votantes mayores de 65 años. Antes de estallar la crisis del coronavirus, un 35% de estos declaraban que votarían a los socialistas en caso de haber elecciones generales, pero este porcentaje cayó 10 puntos una vez atravesada la primera ola de contagios. La línea más oscura del gráfico evalúa dicha caída en términos comparados: representa la diferencia en IDV entre los más mayores y el resto de votantes. Si en enero y febrero de 2020, los mayores de 65 años tenían una mayor preferencia por el PSOE en comparación con los votantes de otras edades (casi 10 puntos porcentuales más), dicho sesgo en el apoyo a los socialistas cayó por debajo de los 5 puntos en abril y desde entonces se ha mantenido en ese margen. Los votantes mayores siempre han sido un gran activo para los partidos tradicionales. La merma de su confianza en el PSOE en un período tan corto de tiempo podría convertirse en un serio inconveniente para los socialistas.

11. El repunte centralista

Desde que entre el 2012 y el 2014 se produjera en España un aumento del centralismo (según los datos del CIS, durante ese periodo casi uno de cada cuatro ciudadanos prefería un modelo territorial sin Comunidades Autónomas) el apoyo a una total centralización del Estado se había ido reduciendo progresivamente, con la excepción de un ligero repunte en los meses que siguieron a la crisis catalana en otoño del 2017. Aunque el CIS no ha publicado datos sobre el modelo territorial durante la pandemia, algunas encuestas recientes indican que durante los últimos meses se ha producido un repunte del centralismo.

El gráfico muestra el apoyo a distintas formas de organización territorial a partir de encuestas realizadas por Internet antes y durante la pandemia. En abril de 2020, en pleno Estado de Alarma y con la gestión de la crisis sanitaria centralizada en el Ministerio de Sanidad, uno de cada cinco ciudadanos prefería un modelo territorial sin autonomías, lo que representaba un aumento de casi 5 puntos respecto a mayo de 2018. En noviembre de 2020, cuando la gestión de la pandemia llevaba varios meses en manos de las Comunidades Autónomas, el porcentaje de ciudadanos a favor de opciones más descentralizadoras seguía reduciéndose, al mismo tiempo que aumentaba ligeramente el apoyo a una centralización total del modelo territorial.

El principal interrogante de estos cambios en la opinión pública tiene que ver con su duración. El repunte centralista puede ser la respuesta de una parte de la ciudadanía que prefiere, ante la aparición de cualquier crisis, reducir el número de actores políticos con capacidad de decisión para minimizar las ineficiencias derivadas de la cogobernanza. También puede ser el resultado de la experiencia de la opinión pública y su conocimiento de las dificultades que han existido en la coordinación intergubernamental. Durante el 2021 podremos comprobar si el repunte centralista va desapareciendo a medida que los desafíos territoriales en la gestión de la pandemia desaparecen o si, por el contrario, se convierten en la impronta que deja esta crisis sobre el modelo territorial.

12. Nos dejó UPyD, el primer partido que agrietó el bipartidismo

Durante este 2020 también nos ha dejado una formación política: UPyD. Después de trece años desde su fundación, y ante su incapacidad de hacer frente a sus deudas, el partido no tuvo otra opción que tirar la toalla y disolverse. UPyD irrumpió en la política española en 2008, cuando logró su primer escaño en el Congreso de los Diputados. En las siguientes elecciones generales de 2011 amplió su presencia hasta cinco escaños, obtuvo 4 diputados en el Parlamento Europeo, 10 diputados regionales y 152 ediles en toda España. Puede que estas cifras parezcan modestas si las comparamos con los logros posteriores de Podemos, Ciudadanos y Vox.  Sin embargo, UPyD fue la primera formación en romper el bipartidismo en España en un momento en que se encontraba aún en ascenso.

UPyD llegó a tener una notoriedad en la escena política muy superior a la fuerza que tenía en el Parlamento. De entre las distintas particularidades de este partido, nos gustaría destacar especialmente una: hasta la fecha, UPyD ha sido el único partido en la historia electoral de nuestro país que ha logrado presentarse ante el electorado como un partido de centro, sin un sesgo ideológico claro. En efecto, para una parte considerable (36%) de los ciudadanos, UPyD era un partido ubicado ideológicamente en el centro y había prácticamente tantos españoles que lo consideraba de izquierdas como de derechas. Se trata de un perfil ideológico singular, que no lograron otras formaciones políticas que tuvieron una vocación de ocupar el centro político.  En el gráfico se muestra el perfil ideológico según los españoles de UPyD en comparación con CDS y Ciudadanos. Estos últimos dos partidos, a pesar de presentarse formalmente de centro, eran percibidos por el electorado como marcadamente de derechas.

El proyecto de UPyD se estructuraba en torno a dos ejes: el nacionalismo y la regeneración democrática. Sin embargo, como contábamos en su momento en este blog (lean aquí) el atractivo de esta formación se centraba más en su discurso antinacionalista periférico que en la desafección política. Rosa Díez era un poderoso activo en la confrontación en el terreno nacionalista, pero fue incapaz de afrontar un nuevo escenario político marcado por la crisis política y por el descrédito de la clase política. En España se abría una nueva etapa política y los españoles no vieron en UPyD una opción que pudiera erigirse como portavoz de la desafección y la crisis de confianza política.  

En todo caso, UPyD fue la primera formación política que logró abrir una grieta al bipartidismo. Pero, paradójicamente, el partido quedó sepultado entre los escombros del viejo sistema de partidos.

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Publicado el
29 de diciembre de 2020 - 06:00 h

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