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Las heroínas del voto

¿Por qué las mujeres votan tanto o más que los hombres, si el ejercicio de votar es algo que ellas perciben más costoso que ellos?

Votar entraña costes de información para decidir a quién votar y costes relacionados con el acto mismo de ir votar el día de las elecciones, en términos de tiempo, esfuerzo, renuncia a hacer otras cosas, o incluso pequeños gastos monetarios. Sabemos que los costes de votar dependen de diversos factores objetivos y subjetivos, y recientemente hemos comprobado que las mujeres perciben el acto de votar como más costoso que los hombres. Si los costes son mayores para ellas, el modelo racional downsiano anticipa que no se molestarán en ir a las urnas en la misma medida que los hombres. Sin embargo, también sabemos que esto no es así. Pero no siempre el diferencial de participación electoral por género fue inexistente.

Los primeros estudios de comportamiento electoral demostraron que la participación de las mujeres era inferior a la de los hombres, aunque en países como Suecia la brecha de género comenzó a reducirse de manera temprana en los años 50. Ya en las décadas de los 80 y 90, las diferencias se amortiguaron o incluso se revirtieron en muchos países desarrollados y en algunos en vías de desarrollo.

A pesar de esta reducción de las diferencias, con la ayuda de la base de datos Making Electoral Democracy Work (MEDW), queremos comprobar si una percepción alta de los costes del voto reduce la propensión a votar. MEDW recoge la siguiente pregunta sobre los costes ("¿es difícil votar?") con cuatro alternativas ("votar es muy fácil, fácil, algo difícil, y muy difícil"), que han sido recodificadas de manera binaria (1, para quienes lo encuentran algo o muy difícil, y 0, para quienes lo ven fácil o muy fácil).

La Tabla 1 muestra que sí: los costes tienen un efecto negativo y estadísticamente significativo sobre la participación electoral, tanto para las mujeres como para los hombres. Este efecto es grande: la probabilidad de votar se reduce en 19,6 puntos porcentuales para los hombres (0,688-0,884) y en 16,7 (=0,689-0,855) para las mujeres. Aun así, la tasa de participación es similar para ambos.

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Es interesante reseñar que, aunque los anteriores resultados se mantienen en todos los países, existen diferencias que van desde los 6,7 puntos porcentuales en Francia a los 21,0 en Suiza.

La existencia de una brecha de género en relación a los costes del voto tiene una importante implicación normativa: si los grupos que perciben altos costes, y que por lo tanto se sitúan en un plano de desventaja política, muestran una menor propensión a ejercer su derecho al voto, el principio de igualdad política, uno de los principales pilares de la democracia, está siendo vulnerado. Pero incluso si terminan participando en la misma medida, asumiendo un exceso de costes, la igualdad política resulta comprometida. El hecho de que las mujeres en los países desarrollados participen tanto como los hombres indica que están dispuestas a soportar esos mayores costes. Pero ¿ocurre lo mismo con las mujeres en países no desarrollados? No olvidemos que es probable que, en dichos países, la administración electoral exhiba diversas deficiencias, plasmadas por ejemplo en una escasez de colegios electorales que, además, se pueden situar a larga distancia. De producirse esta situación, las principales perjudicadas serían las mujeres, que tienen menos recursos (coches para desplazarse) y, además, deben ocuparse de su numerosa prole.

En última instancia, tanto si hablamos de percepciones como de hechos objetivos, la realidad es la misma: el ejercicio del derecho más fundamental en democracia es más costoso para una de las dos mitades de la población. Que las mujeres, a pesar de estas dificultades, sigan ejerciendo su derecho a votar tanto o más que los hombres, las convierte, sin lugar a dudas, en las "heroínas del voto". Intuimos que este comportamiento "heroico" está conectado con la creencia de que votar representa un deber cívico o moral. La Tabla 2 muestra el efecto de la creencia de que votar es un deber sobre el voto. Este efecto es considerablemente mayor para las mujeres: los costes más altos que ellas perciben son compensados por el impacto desproporcionado del efecto del deber sobre el voto.

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Lógicamente, tal resultado plantea nuevas preguntas: ¿por qué tiene el deber un impacto tan grande para las mujeres? ¿podría ser que ellas fueran conscientes de su tardía (en relación a los hombres) conquista del derecho al voto y de la lucha que libraron por su obtención? ¿podría ser que piensen que ejercer tal derecho puede contribuir a reducir las brechas de género existentes? Necesitamos indudablemente de datos de encuesta actualmente no disponibles para contestar a tales preguntas.

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