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El estruendo de las voces por la igualdad

La Ley de Igualdad, aprobada en 2007, habla de “presencia equilibrada” de mujeres y hombres en aquellas instancias a las que afecta y en las que es de obligado cumplimiento, pero no se proponen ni articulan medidas para ello

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Feminismo, elegida la palabra del año en 2017 por el diccionario Merriam-Webster

Feminismo, elegida la palabra del año en 2017 por el diccionario Merriam-Webster EFE

A principios de año, recibí una propuesta de participación en una encuesta pública para designar el ‘vasco del año’. Paso por alto lo poco inclusivo del nombre. La invitación se refería tanto a la propuesta de nombres como a la votación posterior. Entre los vascos, solamente un nombre era de mujer y, además, del ámbito deportivo. El ‘además’ tiene su origen en que el deporte, junto a la política y la economía, es uno de esos tres ámbitos más y mejor atendidos por los medios de comunicación –¿es necesario decir que marcan e imponen la agenda?-. Mientras, el resto de los muchos problemas sociales queda muy fuera de foco.

Si los intereses de los medios están tan focalizados en la política, la economía y el deporte, no es extraño que los nombres de agentes de otros ámbitos no suenen de nada e, incluso, sean personas absolutamente desconocidas. Por descontado que un 20% de presencia femenina resulta inaceptable para cualquier persona que tenga un mínimo interés por la igualdad entre los seres humanos. La suma de la baja presencia de mujeres unida a los temas de siempre me produce tal desgana que, si en ese instante, hubiera caído una pluma de ave, su estruendo me habría distraído.

Y eso que el patriarcado es, sobre todo, muy ruidoso; ruidoso y ensordecedor. Siglos, en sentido estricto, dando la matraca, tañendo en masculino y androcentrismo cuanto le toca y, a finales del segundo milenio de nuestra era, las mujeres se le suben a las barbas. En primer lugar, para que los derechos del hombre sean derechos humanos y, en segunda instancia, para que las leyes se ajusten a esa declaración de derechos y, además, se cumplan.

La Ley de Igualdad, aprobada en 2007, habla de “presencia equilibrada” de mujeres y hombres en aquellas instancias a las que afecta y en las que es de obligado cumplimiento. El problema es que no se proponen ni articulan medidas para que esa presencia equilibrada sea una realidad, de modo que queda a la voluntad de quienes toman las decisiones en organismos, instituciones, departamentos, asociaciones e, incluso, clubes de coleccionistas de la muñeca chochona.

Tanto yo como personas de mi entorno formulamos muy habitualmente quejas por la bajísima presencia de mujeres en cualquiera que sea el escenario. Por lo general, se producen dos reacciones: Un gesto de aburrimiento, cuando no directamente un bostezo, que viene a expresar con palabras o sin ellas algo así como ‘”¡Qué hartazgo!”, y va seguida de un silencio muy elocuente; la segunda suele reivindicarse a sí misma: “Pues resulta que la decisión la han tomado las mujeres de la empresa”. Como si eso explicara algo; más aún, como si lo justificara. Hay una tercera reacción, menos común: “No nos habíamos percatado, pero tomamos nota para la próxima”.

Yo me siento muy identificada con la irritación esa de la primera de las reacciones reseñadas, porque somos muchas las mujeres que estamos hartas de que ni se nos vea ni se cuente con nosotras y de que, en esas ocasiones en sí estamos, nuestra presencia sea puramente testimonial. Pero ojo, hay una diferencia entre el hartazgo de quienes no favorecen la presencia de mujeres y de quienes la reivindicamos y exigimos: la nuestra es una propuesta de igualdad y la igualdad es uno de los derechos humanos. ¿Qué proponen ustedes?, ¿o acaso creen que lograrán acallar el estruendo de las reivindicaciones feministas, que conseguirán enmudecer a las mujeres? Van aviados.

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