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¿Y si las palabras salvasen vidas?

La reciente muerte de Ekai, un adolescente trans, muestra la urgencia de cuestionar la tiranía del dualismo sexual

Necesitamos nuevos imaginarios y lenguajes que incluyan la diversidad de género, porque el binarismo es una ficción que provoca sufrimiento

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Concentración en memoria de Ekai y contra la transfobia, en Bilbao.

Concentración en memoria de Ekai y contra la transfobia, en Bilbao. Ecuador Etxea

¿Os acordáis de la polémica en redes sociales cuando Leticia Dolera ironizó con “el campo de nabos feminista precioso” que les había quedado a los presentadores de la gala de los Goya? En Twitter, algunas voces señalaron que ese tipo de expresiones son desacertadas porque establecer esa correlación entre penes y hombres sigue una lógica que invisibiliza a las personas trans; en concreto, a las mujeres con pene.

Leticia Dolera rectificó en Twitter, lo cual no gustó nada a un sector del feminismo. Yo publiqué un reportaje en Pikara en el que tres mujeres trans opinaban sobre ese tipo de expresiones tan socorridas para las feministas (incluidas consignas como ‘Polla violadora a la licuadora’), y tampoco gustó nada a cierto sector del feminismo. Nos dijeron que somos las defensoras de los nabos (me pregunto qué opinarán los machinazis de esto). Las más desacomplejadamente transfóbicas nos dijeron que somos las amigas de los hombres con vestido.

Os voy a contar un secreto: cuando, la mañana después de la gala de los Goya, vi el revuelo que se había formado por las palabras de Leticia Dolera, escribí airada en mi Facebook: “Pues yo voy a seguir diciendo ‘campo de nabos’. #hastaelcoñoya”. Estaba convencida de que apelar al falo como símbolo del poder patriarcal era efectivo y adecuado. Además, había asistido a situaciones que me habían indignado, como cuestionar que el feminismo utilice la vulva como símbolo de las mujeres o reivindique las tijeretas y los cunnilingus. Atribuía yo esas críticas al gusto millenial (nótese el adultismo de treintañera en mi prejuicio) por el despelleje cibernético que también se traslada a las asambleas y a las calles.

El caso es que, como llevaba meses con ese runrún, me pareció el momento perfecto para hacer ese reportaje que tenía pensado desde hace tiempo. Después de dudar un poco, decidí que las fuentes fueran únicamente mujeres trans feministas. Y aquí viene la segunda confesión: una parte de mí esperaba que el reportaje resultante confirmase mi posición de partida. La primera a la que entrevisté fue a Alana Portero, una de las tuiteras que criticó la expresión de Dolera (y que después aplaudió su reacción). Me gustó mucho escuchar su planteamiento por notas de audio: en resumen, que si entendemos que lo que se nombra no existe, seamos conscientes de las expresiones que construyen imaginarios que excluyen a las personas trans o que incluso las asocian a un estigma (cuando se habla de pollas violadoras, por ejemplo). Que está muy a favor de que las consignas y símbolos feministas celebren la vulva o el clítoris, pero que agradecería que incluyeran también referencias a otras anatomías: “Vivan las vaginas y vivan los penes de chica”.

Después, la maravillosa cantautora Alicia Ramos, al mismo tiempo que reconocía que ella usa sin complejos esas expresiones sin darse por aludida porque se refieren a los hombres machistas, me explicó que romper con la identificación atávica entre genitalidad e identidad sexual es un frente importante de la lucha por la despatologización de la transexualidad. En la misma línea, la sexóloga Aitzole Araneta señalaba que “asociar unos genitales a una identidad no es un error sólo porque pueda ser doloroso a las personas trans; es un error porque es mentira. Hay chicas con pene o chicos con vulva, hay personas con genitales intersexuados y personas que tienen accidentes que afectan a sus genitales, que no dejan de ser las personas que eran”.

Sentí la tentación de seguir entrevistando a mujeres trans hasta que alguna dijera lo que yo de entrada quería oír. En vez de eso, decidí comprender. Probablemente siga diciendo “campo de nabos”, al igual que muchas veces no me reprimo un “coñazo”, pero ahora soy consciente de su carga. Así como, cuando digo que alguien es un hijo de puta, me corrijo inmediatamente: “Las putas aclaramos que no somos su madre”, que dirían Hetaira.

La transfobia mata

El pasado viernes, una semana larga después de publicar el reportaje, supimos de la muerte de Ekai, un chico de Ondarroa de 16 años. Ekai tuvo que desgastarse en demasiadas batallas para que su vida fuera vivible: la batalla por recibir un tratamiento hormonal, la batalla por cambiar su nombre en el registro civil, la batalla por que en su instituto se formase al profesorado sobre transexualidad. Recojo las palabras de Chrysallis Euskal Herria:

“Esta batalla la hemos perdido como sociedad y a Ekai nadie puede devolverle ya la vida. Pero vamos a seguir luchando. Por la memoria de Ekai. (…) Por todas esas niñas, niños y jóvenes a quienes se les está negando una y otra vez su identidad. (…) Por una sociedad informada que comprenda y acepte los hechos de diversidad y en la que estas chicas y chicos puedan crecer, puedan desplegar todo su potencial, puedan vivir”.

Y aquí voy a hacer otra confesión. Cuando supe que un adolescente trans se había suicidado en Ondarroa, una palabrita se encendió en mi cabeza: “bullying”. No fui la única. Chrysallis ha sacado  un comunicado para matizar que en el instituto, tanto el profesorado como el alumnado aceptaron la identidad sexual y el nombre elegido de Ekai. Lo comenté con mi amigo Dau García Dauder, y le resultó sintomático. Las personas cisgénero no dimensionamos la violencia cotidiana y estructural con la que topan las personas transexuales y transgénero cada día en una sociedad binarista que las niega. También desde el adultismo, es más fácil imaginar una escena de acoso escolar que entender que la transfobia institucional y social puede quitar las ganas de vivir.

Dauder, como investigador especializado en intersexualidad, y como feminista trans, llama a revisar “la tiranía del dualismo” y a desmontar la ficción de que sólo hay dos sexos biológicos y que estos determinan la identidad. Para la teoría queer, tanto género como sexo son construcciones sociales. Para la corriente de la sexología que sigue Chrysallis, el sexo está entre las orejas, no entre los genitales. Sea cual sea el fundamento teórico que nos sirva, la cuestión es que la expectativa de que un bebé con pene crezca sintiéndose ‘niño’, lo cual implica sentirse cómodo en unas actitudes y roles determinados, y que un bebé con vulva crezca sintiéndose ‘niña’, cómoda con lo que esta sociedad espera de las niñas, provoca sufrimiento. Por eso son tan importantes las vallas publicitarias de Chrysallis constatando que hay niñas con pene y niños con vulva. Por eso es tan importante que gente como Dauder recuerde que los cuerpos son diversos en cuanto a la genitalidad, los cromosomas u otros rasgos. La despatologización de la transexualidad es fundamental porque el enfoque actual, en el que las personas, adolescentes y adultas, que quieran recibir tratamiento hormonal tienen que ser diagnosticadas con disforia de género, supone psiquiatrizarlas, lo cual agrava el sufrimiento. El mismo sistema médico que desconfía si una persona trans no siente aversión hacia su cuerpo (uno de los síntomas de la disforia de género) pone trabas para facilitar la hormonación a adolescentes que, en un contexto social tan complicado, sí que se angustian ante cambios corporales que sienten contrarios a su identidad.

Pero hay una tercera batalla a la que hacía alusión Chrysallis, la batalla para cambiar el nombre en el registro civil. Y esto me ha recordado otra noticia reciente: Euskaltzaindia, la academia de la lengua vasca, pidió el pasado enero al Ministerio de Justicia que flexibilice su política de prohibir los nombres “que hagan confusa la identificación y los que induzcan en su conjunto a error en cuanto al sexo”. Resumo la cuestión: en Euskal Herria hay muchos nombres que se han puesto a bebés independientemente de su anatomía (Lur, Odei/Hodei, Iraitz/Eraitz, Maren/Malen…). Me consta que incluso fuera de nuestra tierra, las personas que quieren poner a sus criaturas nombres sin marca de género encuentran en el nomenclátor vasco opciones interesantes. Euskaltzaindia pedía al Ministerio de Justicia que tuviera en cuenta que el euskara cuenta con características propias que dificultan la identificación de un nombre con un sexo. Se refieren a que las palabras no tienen marca de género: mientras que en castellano “tierra” es femenino”, en euskera “lur” no es ni femenino ni masculino.

Creo que es importante que este debate salga del País Vasco y se extienda. En un momento de visibilización de las infancias trans, es urgente revisar una ley como la del Registro Civil, que prohíbe nombres que puedan llevar a confusión sobre el sexo de las personas. La prioridad a corto plazo es ver por qué el registro civil obstaculiza el cambio de nombre de las personas trans. Pero a medio plazo, se trata de cuestionar una arquitectura administrativa para la que la superación de la tiranía del dualismo supone una amenaza. Es esa sociedad que impone a las personas un sexo al nacer y obstaculiza su vivencia libre de la identidad la que ha matado a Ekai. Esa sociedad para la que, la pregunta más importante ante un vientre gestante es ‘¿Será niño o niña?’.

Ekai topó con el mismo muro con el que topan las familias que no quieren asignar un género a su bebé cuando van al registro civil y les dicen que el nombre que elijan tiene que ser claramente de niño o de niña.

¿Y qué tiene que ver esto con lo del ‘campo de nabos’? Pues que las palabras importan. Que, como dice la filóloga Mercedes Bengoechea, necesitamos palabras nuevas para nombrar realidades nuevas (lo nuevo no es la transexualidad, sino la lucha por su despatologización y su reconocimiento). Que cuando se nos propone revisar expresiones o cuando se nos propone introducir un género neutro en castellano, en vez de reaccionar como reaccioné yo en mi Facebook, bien podríamos detenernos a escuchar y a comprender por qué esto es importante. Como decía Aitzole Araneta, no sólo por ocuparnos del sufrimiento que provoca la transfobia a las personas trans, sino para desmontar una falacia dualista que niega a tantas personas y que nos limita y empobrece también a las que nos sentimos relativamente cómodas con el sexo que se anunció cuando nacimos.

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