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CRÓNICA DE DOS MESES DE PASIVIDAD

El presidente que quiere gobernar solo como si tuviera los votos del PSOE de hace 10 o 30 años 

Tenemos fecha de investidura, pero no tenemos un Gobierno con votos suficientes para ganar la votación ni una generación de políticos que haya aprendido a madurar

La duda es si Sánchez está haciendo gala de su autoconfianza o sufre de la progresiva desconexión con la realidad que contagia a los residentes en La Moncloa

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Pedro Sánchez en el segundo día de la cumbre de la UE en Bruselas.

Pedro Sánchez en una imagen en blanco y negro del segundo día de la cumbre de la UE en Bruselas distribuida por el pool de Moncloa. Borja Puig de la Bellacasa

Todos los líderes políticos tienen problemas de ego. Por tenerlo demasiado inflado. De otra manera, no habrían llegado a esos puestos. A veces, se cumple un cierto patrón cuando comparten origen generacional, aunque sea de forma aproximada. Pedro Sánchez, de 47 años, Pablo Casado, de 38, Albert Rivera, de 39, y Pablo Iglesias, de 40, son cuatro hombres que han superado situaciones difíciles en sus propios partidos en distintos momentos. Su respuesta final siempre ha sido intentar recuperar el poder absoluto cuanto antes. Eso se llama retrasar la crisis de la mediana edad a golpe de inyecciones de testosterona.

En primer lugar, Sánchez tenía motivos para creerse el rey del mundo. Frente al empuje de la triple derecha, ganó en abril 38 escaños más y se aseguró ser el único capaz de montar una mayoría estable en el Parlamento por difícil que pareciera. No existía una alternativa a la suya. Al día siguiente, se despertó triunfador, sonrió, se dio la vuelta en la cama y siguió durmiendo. Había que esperar un mes hasta las elecciones del 26 de mayo.

Su idea estaba clara. Aspiraba a gobernar en solitario, como le gusta a todo el mundo, pero lo llamativo es que ponía sus esperanzas en sus rivales políticos, no en sus socios potenciales: "Algunos partidos que hoy dicen 'no, nunca, jamás' revisarán sus estrategias", dijo en una de las pocas entrevistas que dio antes de los comicios de abril. Era una gran demostración de autoconfianza, pero también de la progresiva desconexión con la realidad que termina contagiando a los residentes en el Palacio de La Moncloa. 

Aun así, Sánchez decidió hacer algo. Convocó en Moncloa a los líderes de las otras fuerzas políticas como si fuera el rey (Rajoy había hecho lo mismo en 2016 hasta que el PSOE se quejó de que en ese momento él era el candidato, no el presidente, por lo que decidió cambiar el lugar de los contactos al Congreso). Rivera pasó sólo 50 minutos en Moncloa, que se le debieron de hacer eternos.

Iglesias quiere una relación formal

Pablo Iglesias confirmó lo que ya había apuntado en campaña. Se había acabado la etapa de noviazgo con Sánchez posterior a la moción de censura y ahora quería ir en serio y acabar en matrimonio con un Gobierno de coalición. Esta vez no cometió la chulería de 2016 de presentarse en el Congreso ante los periodistas rodeado por sus ministrables, un desafío que había dejado al PSOE temblando de ira por una ofensa que solo podía solventarse con un duelo a sable.

Todo ha pasado a ser más tradicional y respetuoso. El líder de Podemos presumió de su relación personal con Sánchez: "La clave de nuestra relación no es la confianza, aunque exista esa confianza que se ha construido a lo largo de los últimos meses". Iglesias lo tenía todo muy claro, porque estaba convencido de que los socialistas saben que "no tienen fuerzas ni números, ni sería justo un gobierno solitario, y creo que lo tienen interiorizado". Otro político que dice ser capaz de leer la mente de sus adversarios.

Lo que Sánchez tenía metido muy dentro era la idea conocida después de hacer una oferta que Podemos sí podía rechazar, un denominado "Gobierno de colaboración" en el que concedería algunas migajas: puestos de segundo escalón destinados a personas elegidas por Iglesias para que tuvieran el inmenso honor de servir a las órdenes de ministros designados por Sánchez.

Cualquiera diría que era la forma de pagar a Iglesias con la misma moneda que le envió en 2016 en la rueda de prensa que hizo famosa la expresión "la sonrisa del destino". 

Se acabó la paciencia de Rivera con los liberales 

Los que Sánchez pensaba que le iban a salvar el cuello contra todo pronóstico tenían sus propios problemas. Por primera vez en su vida, Albert Rivera dejó de sorprender con sus cambios de rumbo y se ató al palo mayor de la foto de Colón de febrero. Desde entonces, no ha cambiado la estrategia, a pesar de haber provocado la mayor crisis interna de su formación. Es más, ha avisado a los críticos que si no les gusta su proyecto de ocupar todo el espacio de la derecha, ya pueden montar otro partido que les guste más.

En su edición del sábado, El Mundo, gran partidario de Ciudadanos, se liaba la portada a la cabeza y titulaba: "Rivera elude la presión del Ibex y señala la puerta a los críticos". Si ese periódico es capaz de poner en primera línea la relación de Ciudadanos con las grandes corporaciones del Ibex –casi un meme tradicional en la izquierda tuitera–, cómo debe de estar la centralita de la sede de Cs.

En el tono de humildad que caracteriza a los líderes españoles, Rivera ha puesto su apellido a gran tamaño en la cabecera de su cuenta de Twitter con los colores de la bandera española. Si es cierto que ahora a liberal le ganan Valls, Roldán y Garicano, lo que está claro es que a español, no le gana nadie. Que Abascal se ande con cuidado en el ranking de exposición de colores patrióticos. 

En los últimos dos meses, hemos visto la versión más humilde de Pablo Casado. Ya no se va a comer el mundo y debe mirar de reojo a los barones del partido que le reprocharon su cercanía a Vox en campaña. Los pactos posteriores a las elecciones de mayo en ayuntamientos y autonomías le han dado algo de vida y está ganando confianza. No tanta como para que quiera que haya nuevas elecciones, tampoco hay que pasarse. De momento, ha vuelto a uno de los clásicos de su partido: en tiempos de tribulación, sacar el tema de ETA.

Absentismo laboral con sueldo en el Congreso

Han pasado más de dos meses desde las elecciones generales y todo sigue muy parecido al segundo día. El Congreso no tiene ninguna actividad que merezca ese nombre, pero los diputados cobran desde el día que tomaron posesión del escaño (y eso fue el 21 de mayo). El pleno de investidura ya tiene fecha –22 de julio–, elegida para que una posible repetición de las elecciones se celebre el 10 de noviembre. No se ha votado aún en el Congreso, pero ya sabemos en qué fecha nos podrían volver a abrir las urnas. El Gobierno tiene claro que la segunda opción puede ser muy atractiva si decide que no quiere a Iglesias en el Consejo de Ministros. 

Es el sino de los votantes españoles. Los líderes políticos les recuerdan en campaña que están obligados a votar para impedir que se produzcan terribles consecuencias. Luego, todos ellos son muy machos y no se fían entre ellos, con lo que no parecen nada dispuestos a asumir sus responsabilidades. Es una generación de políticos a la que le está costando madurar.

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