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¿Un mundo feliz?

Dirimir quién sale más o menos caro a la sociedad es tan inconsistente como argumento, que es cuando siento que es ridículo prestarle atención siquiera al asunto

Son pensamientos más propios de alguien poco evolucionado. La evolución es aceptación de la diversidad. Hoy las personas con discapacidad trabajamos, pagamos impuestos y aportamos nuestra forma de ser y estar

Emerge de vez en cuando. Sale a flote como un desperdicio en el mar. Asoma, ensucia y se vuelve a perder en la profundidad. Son opiniones que consideran a las personas con discapacidad como una carga económica y social, que responsabilizan a los padres de traerlas al mundo, lastrando a todos por ello. Opiniones que asocian discapacidad con inmoralidad, con indignidad. Son opiniones de personas que, presumo, aspiran a la sociedad perfecta, al estilo de Aldous Huxley.

Me pregunto si son conatos de una opinión más generalizada de lo que creemos, la punta de un apestoso iceberg que permanece bajo las aguas, escondido por vergüenza de quien lo piensa y velado por lo políticamente correcto. Sí, me refiero a comentarios como los realizados por el periodista Arcadi Espada. No, no fue una mala transcripción del equipo de redacción del programa de Risto Mejide. Lo escribió. Más allá de que considere a estos hijos tontos y peores –no ofende quien quiere, sino quien puede, lo que me parece peligroso y, hasta ridículo, es pasar la cuestión por el tamiz de lo económico. Podríamos hacer un ránking de quiénes gastan o suponen mayor gasto al Estado y así vamos eliminando a los más gravosos. Por cierto, la mayor parte del coste que conllevan las discapacidades las soportan las familias.

Cartel de la versión cinematográfica de 'Un mundo feliz'

Cartel de la versión cinematográfica de 'Un mundo feliz'

La discapacidad se hace más llevadera con dinero, por supuesto que sí, pero el argumento económico no se lo puedo comprar a Arcadi, ni a nadie. Metámonos todos en un pozo y sellémoslo, porque vivir, en general, conlleva unos costes, y, por eso mismo, todos contribuimos, o deberíamos contribuir, a sufragarlos. Tirar de la cadena cada vez que vamos al baño tiene un coste, está contemplado, y para eso pagamos los impuestos, entre otras cuestiones menos escatológicas. A partir de ahí, la libertad del individuo para ser y estar. Con su normalidad y con su discapacidad.

Dirimir quién sale más o menos caro a la sociedad es tan inconsistente como argumento, que es cuando siento que es ridículo prestarle atención siquiera al asunto. Es como si me preguntara qué coste tiene, por el lastre hacia el progreso que conlleva, estos pensamientos que fantasean con el concepto de eugenesia. Son pensamientos más propios de alguien poco evolucionado. La evolución es aceptación de la diversidad. Hoy las personas con discapacidad trabajamos, pagamos impuestos y aportamos nuestra forma de ser y estar.

Hace cuarenta años, una persona con síndrome de Down permanecía recluida en su entorno familiar. Hoy esto ha cambiado. Ahora disfrutan y sufren la vida como otros. El sufrimiento no es intrínseco a la discapacidad. Me vienen a la cabeza al menos dos personas de mi entorno sin discapacidad reconocida, que no dejan de sufrir por su incapacidad de buscar soluciones a los problemas del día a día. Hablar de eugenesia suena maravillosamente a ciencia ficción, y tan peligroso para el bienestar futuro que asusta. Por eso, por eso le prestamos atención a las palabras de Arcadi.

Traer hijos al mundo, o no, es muy personal. Cada persona trazará su línea roja, según sus creencias, convicciones, fortalezas, etc. Las leyes y las regulaciones deben garantizar que los ciudadanos podamos actuar y tomar nuestras propias decisiones. Que exista una ley para el aborto no implica obligatoriedad de cumplimiento. Pero debe existir, regulada, para quien la necesite, para cuando lo necesite.

Caminamos hacia una comprensión de la diversidad, a menos que queramos cambiar el modelo de sociedad en la que vivimos y nos lancemos al vacío de un mundo feliz, tan irreal y artificial como el de Huxley.

"¡Oh, qué maravilla!

¡Cuántas criaturas bellas hay aquí!

¡Cuán bella es la humanidad! Oh, mundo feliz".

William Shakespeare, La Tempestad.

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