Con este curioso cancionero de 148 folios y 58 miniaturas se intentó buscar el favor de Juana I de Castilla
En el año 1502, en un momento de profunda incertidumbre dinástica para los Reyes Católicos, el poeta y escudero zaragozano Pedro Marcuello ideó toda una refinada estrategia de diplomacia… en miniatura. Aprovechando la llegada a la península de doña Juana I de Castilla y su esposo Felipe el Hermoso para ser jurados como herederos, Marcuello les dedicó todo un suntuoso manuscrito iluminado, conocido hoy como su Cancionero. Este obsequio no era un simple gesto de cortesía, sino una herramienta política diseñada para captar la atención de la futura reina en un contexto donde ella se había convertido en inesperada sucesora.
El autor de esta joya bibliográfica era un hombre bien conectado con la corte aragonesa, siendo sobrino de Juan Cabrero, camarero de Fernando el Católico, y habiendo servido como alcaide en localidades como Calatorao. Marcuello concibió el códice como un “tratado ystoriado” que recopilaba servicios literarios realizados a lo largo de veinte años, desde 1482 hasta 1502. A través de sus versos y ricas ilustraciones, el poeta no solo buscaba elogiar a la corona, sino asegurar su propia posición y, fundamentalmente, el futuro de su familia en el nuevo orden que se vislumbraba con el cambio de siglo. La obra física es una pieza de una belleza excepcional que consta de 148 folios de vitela y 58 miniaturas de gran calidad artística. Aunque en siglos posteriores se le conoció erróneamente como el Devocionario de la Reina doña Juana, el autor lo consideraba un tratado para celebrar a la familia real y la histórica conquista de Granada. El manuscrito destaca por su uniformidad estrófica, empleando mayoritariamente quintillas dobles, y por una decoración que incluye más de quinientas letras ornamentadas que embellecen el texto poético.
El objetivo primordial de Marcuello tras esta inversión de tiempo y recursos era obtener el patronazgo real para su hija, Isabel Marcuello. En diversas partes del volumen, el poeta presenta a su pequeña Isabel rogando a la Virgen y a los santos por el éxito de los monarcas, una táctica para introducirla visual y literariamente ante la realeza. El deseo explícito del autor era que su hija fuera recibida al servicio de la princesa Juana, una aspiración que ya había intentado concretar años antes, tras la guerra de Granada, sin éxito inmediato. Visualmente, el manuscrito refuerza esta petición de favor mediante la representación del propio Marcuello en actitud de humildad y vasallaje. El poeta aparece retratado en quince ocasiones, siempre en una escala reducida y arrodillado frente a los miembros de la familia real, simbolizando su deseo de entablar una relación de reciprocidad con el poder. En estas miniaturas, se le observa ofreciendo el libro a Juana y Felipe, e incluso solicitando la intercesión de la reina Isabel la Católica para que medie ante su hija a favor del poeta y su descendencia.
El contenido del Cancionero es, en esencia, una compilación de diversos trabajos poéticos que Marcuello había dedicado a los Reyes Católicos en décadas anteriores. El códice incluye tratados sobre la guerra granadina ofrecidos al rey Fernando en Teruel y a la reina Isabel en Talavera en 1482. Al reunir estas piezas antiguas con nuevas composiciones de 1502, Marcuello logró transformar un conjunto de servicios pasados en un nuevo y ambicioso proyecto de propaganda política adaptado a la figura de la futura reina Juana. Uno de los aspectos más curiosos del libro es el uso de juegos simbólicos y heráldicos, como el famoso emblema del “fenojo” e “ynojo”. Marcuello glosó la divisa de la mata de hinojo jugando con las iniciales de los monarcas, aprovechando que en Aragón se decía con “f” y en Castilla con “h” (o “y”), lo que servía como una metáfora de la unión de ambos reinos. Estos juegos nominales se extendían a otras invenciones reales, como el yugo y las flechas, demostrando la habilidad del poeta para integrar la emblemática cortesana en su discurso de lealtad.
De Zaragoza a Francia
Desde una perspectiva sociológica, el regalo de Marcuello seguía la lógica de la donación y contra-donación. Al entregar un objeto único y costoso, el autor creaba una deuda simbólica que, según las normas de la época, el receptor debía compensar mediante empleo, protección o remuneración económica. Era una apuesta de alto riesgo: Marcuello invirtió una suma considerable en el encargo de las miniaturas a un pintor profesional, esperando que la futura reina devolviera el gesto con la generosidad propia de una soberana. A pesar de la magnificencia del regalo, el destino final del manuscrito y las ambiciones de su autor sufrieron los avatares de la historia. No existen pruebas documentales definitivas de que el libro llegara a manos de Juana, aunque se sabe que pocos años después perteneció a la biblioteca de su sobrino, Hernando de Aragón. Tras la muerte de este en 1575, el códice pasó a la Cartuja de Aula Dei en Zaragoza, donde permaneció varios siglos antes de ser redescubierto por eruditos como Latassa en el siglo XVIII.
La trayectoria posterior del códice estuvo marcada por la turbulencia del siglo XIX, incluyendo la invasión francesa y la desamortización eclesiástica de 1835. Tras la exclaustración de los monjes de Aula Dei, el libro salió de España y fue adquirido en 1857 por el duque de Aumale, quien lo incorporó a la riquísima colección del Museo Condé en Chantilly, Francia, donde se custodia actualmente. Este periplo internacional permitió que la obra sobreviviera, aunque alejada del contexto para el que fue creada originalmente. Lamentablemente para las ambiciones de Marcuello, el favor solicitado nunca llegó a materializarse debido al trágico destino de la reina Juana. Tras la muerte de su esposo y su posterior encierro en Tordesillas por orden de su padre y su hijo, la capacidad de Juana para ejercer el patronazgo efectivo desapareció por completo.
El regalo quedó así como una promesa truncada, y no hay registros de que su hija Isabel lograra entrar en la servidumbre real de la forma que su padre tanto había anhelado en sus versos. En última instancia, el Cancionero de Pedro Marcuello permanece como un testimonio invaluable del arte y la política cortesana de la España de los Reyes Católicos. Aunque el poeta fracasó en su intento de comprar el favor real, su obra consiguió otorgarle una fama póstuma que el destino le negó en vida. El manuscrito funciona como un faro que ilumina las complejas redes de lealtad del pasado, demostrando que, a veces, la belleza de un mensaje puede sobrevivir mucho más tiempo que la estructura de poder a la que intentaba seducir.
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