El juicio a Manuel Blanco Romasanta que convirtió al primer asesino en serie español en leyenda del hombre lobo

El vendedor ambulante que convirtió la mentira en su escudo

Héctor Farrés

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Los aldeanos se reunieron al borde del bosque con faroles de aceite y perros ladrando. El aire olía a humedad y cera derretida, y alguien murmuraba que había huellas frescas en el barro. Detrás de los matorrales, un ruido seco rompió el silencio. No era el viento. Una sombra menuda se movió entre los árboles, y un anciano dijo que esa noche la luna estaba llena y que el peligro andaba suelto.

A la mañana siguiente, el rumor era unánime: el hombre que decían que se transformaba había vuelto a matar, pero pronto se sabría que ni los colmillos ni la maldición eran reales, solo el miedo y la mentira que él mismo había alimentado.

Manuel Blanco Romasanta acabó juzgado por creerse un hombre lobo

El caso de Manuel Blanco Romasanta, conocido como el Hombre Lobo de Allariz, se convirtió en el primer proceso judicial español en el que un acusado fue juzgado por licantropía. Nacido en 1809 en Regueiro, Ourense, Romasanta medía poco más de 1,30 cm y trabajaba como tejedor y vendedor ambulante.

Entre 1846 y 1852, sus crímenes se extendieron por pueblos gallegos donde atraía a mujeres y niños con falsas promesas de empleo. Confesó trece asesinatos, aunque solo se probaron nueve, y aseguraba extraer grasa humana para venderla como ungüento, lo que lo llevó a ser conocido como sacamantecas.

En 1852, Romasanta declaró entre jueces y curiosos que una maldición lo obligaba a transformarse en lobo

La sentencia que inicialmente lo condenó a muerte se transformó en cadena perpetua por orden de Isabel II en 1854. La intervención de un hipnólogo francés, el doctor Philips, resultó determinante: consideró que Romasanta no era plenamente consciente de sus actos y padecía una enfermedad mental. Ese informe persuadió a la reina de que el reo debía ser internado, no ejecutado. Romasanta fue enviado al penal de Ceuta, donde murió en 1863 a los 54 años.

En el juicio aseguró que una bruja lo había condenado a convertirse en lobo

Durante sus años de actividad, Romasanta actuó en zonas rurales de Galicia, sobre todo en Allariz y Redondela. Se ganaba la confianza de las víctimas y las llevaba a lugares apartados donde las mataba, a veces estrangulándolas, otras degollándolas. Después enviaba cartas a las familias fingiendo que las mujeres habían encontrado trabajo o emigrado, un método que mantenía la sospecha lejos de él durante meses. Los vecinos empezaron a hablar de un hombre capaz de devorar a sus víctimas y de vender sus restos como grasa animal.

En el juicio, celebrado en 1852 bajo el nombre Causa contra el Hombre Lobo, Romasanta declaró haber actuado bajo una maldición. Afirmó que una bruja lo había condenado a convertirse en lobo durante las noches de luna llena y que cazaba junto a otros dos hombres, Antonio y don Genaro. “La primera vez que me transformé fue en la montaña de Couso”, explicó ante el juez. “Me revolqué tres veces en el suelo y me convertí en un lobo”. Sus palabras sorprendieron al tribunal y marcaron un precedente en la historia judicial española.

El impacto del caso se extendió por toda Europa. La historia del supuesto licántropo apareció en periódicos y estudios de la época. En Galicia, el personaje pasó a ser parte del folclore popular y con los años inspiró relatos, cómics y ensayos.

Antes de sus crímenes, Romasanta ya tenía antecedentes: en 1844 había matado a un hombre en León y escapó de prisión. Su experiencia como guía de caminos le permitió moverse sin control por las montañas gallegas. Esa movilidad le dio ventaja para desaparecer tras cada asesinato y reanudar su vida de vendedor ambulante, hasta que fue detenido en Toledo tras una larga persecución y devuelto a Galicia. El proceso no solo sacó a la luz las dos caras de Romasanta, también hizo que se empezara a hablar en serio de hasta qué punto alguien enfermo puede ser responsable de lo que hace.

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