La primera autora de la historia fue una mujer: vivió en la antigua Mesopotamia y era sacerdotisa

Disco de Enheduanna, encontrado en el templo de Nin Gal.

Laura Cuesta

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Si preguntamos quién es el primer autor literario de la historia, seguro que muchos pensarán en Homero. El poeta de la Antigua Grecia, autor de la Ilíada y la Odisea, vivió, según la mayoría de los estudiosos, entre los siglos VIII y VII a. C, y durante un tiempo se pensó que fue la primera persona en firmar una obra literaria. Sin embargo, hoy sabemos que para encontrar a esta figura debemos remontarnos más atrás en el tiempo.

Concretamente, hasta la antigua Mesopotamia. Allí, hace más de 4.000 años, fue una mujer la primera persona que decidió poner su nombre en una obra. Hablamos de Enheduanna, una sacerdotisa a la que muchos no conocen porque, pese a su importancia en la historia, no suele aparecer en los libros de texto de los institutos ni en los cursos universitarios dedicados a la literatura. 

Enheduanna vivió en la ciudad-estado de Ur, en el sur de la región de Sumeria (lo que hoy es el sur de Irak), entre el año 2285 y el 2250 a.C. Destacó por dos motivos principales. Por un lado, porque fue Suma Sacerdotisa del Imperio Acadio, consagrada al dios lunar Nanna, una de las mayores deidades del panteón mesopotámico. Por otro lado, porque era hija del rey Sargón I de Acad, fundador del primer imperio mesopotámico. 

Sin embargo, más allá de sus títulos, Enheduanna es relevante porque escribió, firmó y dejó constancia de su autoría, convirtiéndose en la primera persona en hacerlo. “Descubrir a Enheduanna ha sido toda una revelación. Conocíamos El poema de Gilgamesh, de escritor anónimo, como el más antiguo jamás escrito, pero nunca nos habían hablado de esta mujer, que ostenta el inmenso valor de ser la primera firma de la historia”, empieza el libro Ella habla, las ciudades se derrumban (Ed. Espinas), centrado en dar a conocer esta figura. 

Las obras de Enheduanna

La exaltación de Inanna es la obra más importante que Enheduanna escribió. En el texto, dedicado a la diosa Inanna (asociada con la fertilidad, el amor, la sensualidad, la procreación y la guerra), la sacerdotisa habla en primera persona, relata su caída, su exilio y su posterior restitución. No fue la única obra que Enheduanna dedicó a esta diosa.

En el Himno a Inanna (también conocido como La señora de gran corazón), la autora ensalzó su figura por encima de todas las demás deidades. “Ante sus fuertes gritos, los dioses de la Tierra se asustan. Su rugido hace temblar a los dioses Anunna como una caña solitaria. Ante su estruendo, se esconden todos juntos. ¿Quién se opone a la señora que alza la cabeza y es suprema sobre las montañas?”, puede leerse en el texto.

Otros de sus textos más relevantes son los himnos del templo, un conjunto de 42 himnos dedicados a distintos templos y divinidades sumerias, por lo que tienen un gran contenido político y religioso. En ellos, Enheduanna reflexionaba sobre sus frustraciones personales, su devoción religiosa, su respuesta a la guerra y sus sentimientos sobre el mundo en el que vivía.

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