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INTERNACIONAL

OPINIÓN

Si hay un 'inmigrante' que no sabe integrarse en EEUU, es Donald Trump

¿Qué le pasa a este estadounidense de origen alemán que cree que puede decirles a ciudadanos nacidos en EEUU qué deben decir y cómo comportarse?

El presidente Donald Trump sale del Marine One a su llegada a la Casa Blanca.

El presidente Donald Trump sale del Marine One a su llegada a la Casa Blanca. White House / Flickr

¿Por qué Donald Trump odia tanto Estados Unidos? ¿Qué le pasa a este estadounidense de origen alemán que cree que puede decirles a ciudadanos nacidos en EEUU qué deben decir y cómo comportarse?

"Es interesante ver a congresistas demócratas 'progresistas', que provienen originalmente de países cuyos gobiernos son un completo desastre, los peores, los más corruptos e ineptos del mundo (y eso si llegan a tener un gobierno funcional), decirle e insistirle al pueblo de EEUU, la nación más poderosa de la Tierra, cómo debemos llevar adelante nuestro Gobierno", tuiteó Trump.

Parece que Trump se acaba de dar cuenta de un nuevo fenómeno en el que el Congreso le dice al Poder Ejecutivo cómo comportarse. Esperemos que no sepa lo que es el Tea Party.

Es cierto que una de las mujeres "progresistas" a las que Trump se refería es una ciudadana estadounidense nacida en Somalia. Tucker Carlson, de Fox News, también señaló lo mismo sobre esta congresista que se atrevió a criticar al Gobierno. Sin embargo, las otras tres diputadas nacieron en EEUU, donde de hecho el Gobierno es "un completo desastre", como dice Trump.

Lamentablemente, Trump tiene razón cuando dice que el Gobierno de los países de estas congresistas es uno de "los peores, los más corruptos e ineptos del mundo (y eso si llegan a tener un gobierno funcional)". Porque se trata de su propio gobierno. Esto lo afirma toda la ciudad de Washington, entre ellos el pobre embajador británico.

"¿Por qué no regresan y ayudan a reparar esos sitios totalmente rotos e infestados de crímenes de donde provienen? Entonces sí, que vuelvan aquí y nos digan cómo hacer las cosas", tuiteó Trump en referencia a unas congresistas estadounidenses, incluyendo a algunas nacidas en el Bronx, en Detroit y en Cincinnati.

Ese es el problema de las familias de inmigrantes, como la de Trump: no respetan nuestras tradiciones ni nuestros representantes electos. Odian tanto nuestras libertades que quieren convertirnos en algún tipo de dictadura europea como las que tenían en sus países de origen. Cuando hablan de 'nuestra bendita constitución', pareciera que ni siquiera se han molestado en leer un resumen.

El viernes, Trump insistió en que es inmune a toda este tema con Rusia porque su propio fiscal general afirmó que no se ha violado la ley. Debe ser que las leyes funcionan así en los países de estos inmigrantes.

"Mirad otro tema", le dijo Trump a los periodistas, explicando que no hay forma de que se le acuse formalmente de obstrucción a la justicia. "Hay una cosa llamada Artículo 2. Nadie menciona nunca al Artículo 2, que me da una serie de derechos a un nivel que nadie nunca ha visto. Nunca hablamos del Artículo 2".

El Artículo 2 de la Constitución hace tiempo que está dando vueltas. Desde que existe la Constitución, de hecho. El que no lo conoce, debe ser un inmigrante proveniente de un país sin constitución. Es verdad que el Artículo 2 establece las funciones y poderes del presidente. Pero también habla de una incómoda cosilla llamada 'impeachment'.

¿Pero qué podemos esperar de recién llegados que acaban de bajarse del barco, con esposas inmigrantes con nombres como Melania e hijos con nombres extranjeros como Ivanka? Lo único que quieren es codearse con líderes extranjeros, en lugar de llevarse bien con los verdaderos estadounidenses electos en el Congreso.

Les das la mano y te cogen el brazo, arrebatándote todos tus derechos estadounidenses otorgados por la primera enmienda de la Constitución.

"Para mí, la libertad de expresión no es ver algo que está bien y a propósito decir que está mal", le dijo Trump a un grupo de hackers de derechas en la Casa Blanca la semana pasada. "Para mí, ese es un tipo de discurso muy peligroso y que hace enfadar. Eso no es libertad de expresión".

Trump habla mal a propósito, como lo hacen los inmigrantes. Además piensa que la libertad de expresión es expresarse feliz y que expresarse enfadado es algo malo.

Esto resume su actitud hacia las cuatro congresistas que casualmente son mujeres racializadas que hicieron ejercicio de sus derechos otorgados por la primera enmienda y por el Artículo 1 que regula el Poder Legislativo. Él feliz, ellas enfadadas.

Algunas personas señalan que el racismo de Trump se va volviendo más obvio y ofensivo a medida que se acercan las elecciones de 2020. Esas personas se deben de haber olvidado de la forma en que Trump armó su campaña de 2016, a base de racismo contra el presidente Obama, los mexicanos y los inmigrantes en general.

Esas personas también se han olvidado de la incompetencia y la indiferencia que demostró Trump en Puerto Rico tras el huracán María. Y no han prestado atención a su política de separar familias y especialmente niños pequeños en la frontera sur del país, que ya lleva dos años.

Se ve que no recuerdan sus comentarios elogiosos hacia los neonazis de Charlottesville que querían eliminar a los judíos del país. O sus comentarios menos elogiosos sobre los inmigrantes de "países de mierda" que, casualmente, son en su mayoría personas racializadas. Lo único que se está volviendo más obvio en Trump es su indiferencia involuntaria respecto al arrepentimiento.

La catarata de tuits del domingo tenía como propósito provocar a los demócratas y generar división entre la presidenta del Congreso, Nancy Pelosi, y las cuatro congresistas progresistas, incluida Alexandria Ocasio-Cortez, que sugirió que Pelosi fue irrespetuosa al criticarlas.

Pero en lugar de separar a los demócratas, Trump ha hecho lo único que sabe hacer: unir a toda la oposición en su indignación. Ahora todos los demócratas están unidos en respeto mutuo y han condenado al inútil que dice ser comandante en jefe.

Hubo un tiempo, antes de enero de 2017, en que los presidentes y primeros ministros celebraban la diversidad y la inmigración como una de las fortalezas que caracterizaban a sus respectivos países. Ahora nuestros líderes quieren simular que sus propias familias no tienen nada que ver con la migración.

Pronto tendremos que ver a un presidente estadounidense de origen alemán haciendo piececitos con un primer ministro británico nacido en Nueva York, con raíces turcas y rusas, que de hecho lleva de nombre Boris.

Con tanto inmigrante dando vueltas, uno se pregunta dónde están los verdaderos nacionalistas para hablar de racismo. Estos extranjeros están robándole el trabajo a nuestros racistas de pura cepa. Deberían volver al sitio del que han venido.

Traducido por Lucía Balducci

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