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Educación, equidad y pandemia

Imagen de las dos niñas haciendo tareas escolares

José Saturnino Martínez García

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Para afrontar con equidad la situación educativa actual es necesario atender tanto a la justicia distributiva como a la de reconocimiento. La distributiva es la más obvia: no todas las familias cuentan con los mismos recursos, ni de acceso a Internet ni de disponibilidad de una vivienda en condiciones para seguir las clases a distancia. La cuestión tecnológica se ha intentado paliar con la distribución de equipamientos y tarjetas SIM por parte de diversas instituciones, pero poco se puede hacer para mejorar las condiciones físicas del hogar.

En la cuestión de reconocimiento son varias las dimensiones a tratar. Por un lado, no todas las familias cuentan con la misma familiaridad con la cultural escolar como para apoyar educativamente a sus hijos. Esta es una desigualdad que ya estaba ahí antes de la pandemia, y que el profesorado que hace bien su trabajo sabe paliar, dando el apoyo necesario a este alumnado. Menos escuela es más desigualdad educativa entre familias.

Otro problema es reconocer que no es lo mismo seguir docencia virtual con 16 años que con siete. Además, la propia naturaleza de las materias no se adapta por igual al mundo virtual. Quizá me equivoque, pero creo que es más fácil sustituir una clase de Historia por un vídeo apoyado con unos apuntes y tutorías que en el caso de una clase de Matemáticas, por no hablar de las prácticas en FP. Otra cuestión que debemos reconocer es que no es lo mismo diseñar un curso de forma deliberada para impartirse online y que el alumnado haya optado por esa modalidad, a que en unos pocos días deba improvisarse. Y lo más importante, reconocer que no se está estudiando en una situación normal, sino en una de catástrofe, con muchas familias golpeadas por la crisis sanitaria o por la crisis económica, con el trasfondo de una cuarentena que estresa y angustia.

Para afrontar de manera equitativa todos estos problemas debemos plantearnos qué es la educación, pues bajo una misma palabra se esconden realidades muy diferentes. ¿Es un medio para el desarrollo integral de la persona?, ¿o es un medio para etiquetar en el mercado de trabajo? Las respuestas varían según lo que se esté cursando. En todos los niveles educativos coexisten las dos dimensiones, la humanista y la instrumental. Enseñar a leer y escribir es parte del desarrollo integral, pero también es una preparación para el mercado de trabajo. Unas prácticas en un taller de automoción preparan para el mercado de trabajo, pero también enseñan solidaridad, compañerismo, responsabilidad… Pero creo que puede afirmarse que cuánto más bajo es el nivel educativo, más peso debe tener en su diseño su parte humanista y menos su parte instrumental, y viceversa.

Es necesario reconocer estas dimensiones de la educación para poder afrontar el reto educativo que tenemos por delante. Por un lado, la educación como desarrollo integral debe orientar este periodo excepcional en que el alumnado se sienta más acompañado que agobiado por su realidad escolar virtual. No se puede fingir demencia y seguir adelante con el temario y las formas de evaluación como si no pasase nada. Además, se debe tener en cuenta el exceso de contenido curricular de nuestro sistema, bajo el cual subyace la idea de que la cabeza del estudiante es algo así como una librería que se puede ir rellenando con los libros del curso, cuando más bien lo que sucede es que se aprenden conocimientos descontextualizados y procedimientos más o menos mecánicos de resolución de ejercicios que se olvidan poco después de superar el examen.

Por eso, cabe orientar este periodo más hacia las competencias básicas, como reforzar la comprensión lectora, la escritura, la capacidad analítica, y no simplemente rebajar el currículum. Pero esto se plantea como una tarea especialmente difícil en los cursos de fin de ciclo, en los que se insiste más en la adquisición de contenidos. Además, nuestro sistema educativo lleva desde su origen gravitando sobre contenidos enciclopédicos, no sobre las competencias.

Por otro lado, el verano y el comienzo del curso que viene tienen que diseñarse reconociendo que venimos de una catástrofe. Esto no quiere decir que el calendario académico se prorrogue durante la época estival, sino que deben diseñarse actividades educativas durante el verano que compensen la falta de normalidad educativa, si la pandemia lo permite. No se trata de dejar al profesorado sin vacaciones, sino de apoyar en esos meses al alumnado que más lo necesite. Y además, debería replantearse el comienzo de curso, para que no se dé por supuesto que el alumnado trae del curso pasado el mismo bagaje que en un curso normal. La tarea no es fácil, y como todo hasta ahora, no cabe más que improvisar, porque improvisar es lo único que se puede hacer cuando estamos ante una situación para la que no hay nada comparable.

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