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Pakistán, el país en el que el honor de un hombre vale lo mismo que la vida de una mujer

Saba Qaiser es una pakistaní a la que su padre y un tío dieron una paliza, le dispararon un tiro en la cabeza y después, creyéndola muerta, la arrojaron dentro de una bolsa a un río

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Saba Qaiser.

Saba Qaiser.

No estamos tan mal, me dicen unos cualificados contertulios (periodistas, empresarios, publicitarios...) cuando escuchan mi rosario de quejas sobre la situación española. Por supuesto, no hay más que viajar un poco para darse cuenta. Incluso en países vecinos están peor que nosotros. Aquí, al menos, lo estamos viendo, ya hay muchos políticos en el banquillo, incluso algunos en la cárcel. Hasta la infanta Cristina ha tenido que incluir en su agenda cotidiana las largas jornadas del juicio por el caso Nóos. No estamos tan mal, accedo, claro que no, con trabajo, sueldo y comiendo tranquilamente en un estupendo restaurante de Barcelona.

Y es que es verdad, incluso los que aquí lo pasan peor siempre estarán mejor que otros, por ejemplo que Saba Qaiser, una pakistaní de la región del Punjab, a la que su padre y un tío dieron una paliza, le dispararon un tiro en la cabeza y después, creyéndola muerta, la arrojaron dentro de una bolsa a un río. Pero Saba solo estaba herida y logró agarrarse a unas ramas y pedir ayuda.

Saba Qaiser es una de las víctimas de los crímenes de honor que hay en Pakistán cada año (1000 mujeres muertas, según datos oficiales, más de 4000, según otras fuentes). Enamorada, con 18 años, en 2014 se había fugado de casa para casarse, pero su padre no lo aprobó y decidió lavar la deshonra familiar asesinando a su hija. Saba se salvó y su padre y su tío, también. Un vacío legal permite a las familias dejar en libertad a los involucrados en los llamados crímenes de honor. 

Saba es ahora la protagonista de un documental que ha sido seleccionado para los premios Oscar que se entregan el próximo fin de semana. Su cara rota por un disparo que por fortuna erró el blanco es el símbolo de millones de mujeres que son castigadas por no vestir al gusto de los hombres, por negarse a aceptar una boda de conveniencia, haber sido violadas o mantener relaciones fuera del matrimonio. En realidad, nada tiene esto que ver con el honor, son crímenes basados en considerar a las mujeres como objetos propiedad privada de alguien (sus padres, sus hermanos, sus maridos...).

Las cifras son atronadoras: una mujer muere cada 90 minutos víctima de crímenes de honor y el 70% de los autores de estos asesinatos se libran de la cárcel en Pakistán.

En España sufrimos la plaga atroz de los crímenes machistas. Pero claro, ni siquiera en esto estamos tan mal como en Pakistán. Es verdad, pero no me consuela. Ni para la corrupción, ni para la desigualdad, ni para la calidad de la democracia, ni para la de la educación, ni desde luego para la violencia machista es válido el argumento. Tenemos la obligación de rebelarnos por lo nuestro para que funcione mejor. También de apoyar las causas que eviten lo que tan horrorosamente mal funciona fuera. Por eso es importante ayudar a Saba y a las mujeres que como ella son aún, en pleno siglo XXI, víctimas en Pakistán de los llamados crímenes de honor.

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