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Sánchez está solo y parece que no le importa

Los españoles sabían qué le quitaba el sueño a Sánchez, un gobierno con Podemos, pero se han acostado sin saber qué aliados buscará para intentar ser presidente

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Pablo Casado, Pedro Sánchez, Santiago Abascal, Pablo Iglesias y Albert Rivera posan antes del debate a cinco.

Ricardo Rubio / Europa Press

Las encuestas vaticinan que hay todavía un 35% de españoles que no han decidido qué votarán el domingo. Este debate tal vez no les haya resuelto todas sus dudas pero sí ha permitido hacerse una idea de cómo encaran esta semana decisiva los candidatos de los principales partidos. Se habló y mucho de Catalunya pese a que los independentistas, que según los sondeos pueden obtener una mayoría en escaños inédita en unas generales, no estuvieron presentes. Al menos, físicamente.

Pedro Sánchez: El candidato del PSOE temía un todos contra él y estaba en lo cierto. Claro que si estamos hablando de este debate es en gran parte porque él decidió redoblar la apuesta y fiar su futuro a unas nuevas elecciones. Sánchez es un superviviente y no solo porque presuma de ello en un libro. El candidato socialista salió a competir con la derecha en dureza contra el independentismo y fue el único que propuso medidas concretas. El problema es que una ya existe (la cúpula de los medios públicos ya se escoge por dos tercios del Parlament, igual que en Euskadi o Andalucía), la otra es una asignatura con un nombre tan largo como inconcreto cuyo único propósito es combatir la cantinela del adoctrinamiento en las aulas que tanto gusta a la derecha. La tercera es prohibir los referéndums en el Código Penal y cabría preguntarse por qué hay que prohibir algo que según los socialistas ahora ya no es legal.

La partitura económica de Sánchez sonó a socioliberal y el anuncio del nombre de Nadia Calviño para ocupar una vicepresidencia económica hay que entenderlo como la muestra de que el PSOE interpreta una nueva sinfonía. Además, Sánchez se comprometió a penalizar la apología del franquismo y ese fue el momento en que estuvo más cómodo, cuando logró retratar al PP y a Ciudadanos donde están: al lado de Vox.

El candidato del PSOE no aclaró a qué puerta llamará para buscar aliados si tiene la opción de presentarse de nuevo a la investidura. ¿Pacto de izquierdas o abstención del PP? Los españoles sabían qué le quitaba el sueño, un gobierno con Podemos, pero se han acostado sin saber qué aliados buscará Sánchez para intentar ser presidente de nuevo.

Pablo Casado: Copiar el 'Rajoy style' y evitar que Vox sume más votos no es un equilibrio nada fácil. Torra, Otegi y Junqueras salieron a la primera de cambio. El candidato del PP buscó la bronca con Sánchez para reprocharle que en otro tiempo reconociese que España es plurinacional. Algo que es evidente, -solo hace falta leerse la Constitución y varios estatutos-, si no fuese porque a la derecha de este país la realidad importa poco. Casado acabó mezclando Torra, Bildu, Venezuela y hasta el viaje de los reyes a Cuba para arremeter contra Sánchez. 

Para defender sus recetas mágicas en economía, el líder popular recurrió a un clásico: asociar izquierda a despilfarro. No aclaró cómo pagaría él las pensiones. Hablar de lo mal que lo pasan los autónomos (otro clásico) sin concretar soluciones es un recurso habitual y estéril. Además, mintió con más de un dato. Uno de ellos fue el de la creación de empleo durante los gobiernos del PP. Habló de tres millones de nuevos puestos entre 2011 y 2018 cuando no fueron ni la mitad. Está claro que la relación del candidato del PP con la verdad no se limita a su máster.

Albert Rivera: El debate demostró que Lucas es solo un perro y no un "arma secreta" para ganar el debate. Rivera buscó la foto (si no no sería Ciudadanos) y se llevó un adoquín para atacar a Sánchez y un listado para acusar al PP de haber vendido Catalunya al nacionalismo. Propuso aplicar ya el 155 pese a que el Tribunal Constitucional ha dictaminado cuándo puede hacerse y en base a esa doctrina ahora no se dan las condiciones. A Rivera le faltó animar a Torra a liarla un poco más para que se pueda justificar la suspensión del autogobierno en Catalunya.

Quedó claro que el líder de Ciudadanos quiere bajar impuestos y su discurso en materia económica no se diferencia en nada al de Casado. Buscó al líder del PP para atacarle por el flanco más débil de los populares, la corrupción, y para ello recurrió a un ridículo cartel en el que podía leerse ICB, impuesto de la corrupción del bipartidismo. Qué sería Ciudadanos sin sus carteles. Casado se defendió como pudo insistiendo en que ganó las primarias para pasar página en la corrupción del PP. La realidad es tozuda y esta misma semana se ha sabido que la Fiscalía pide al Tribunal Supremo que reabra el caso Gürtel contra la cabeza de lista del PP por Cádiz para el 10N.

Pablo Iglesias: Ganó los debates de la anterior campaña y ha demostrado que es mejor batiéndose con los adversarios que negociando con ellos. Fue el único que pronunció la palabra diálogo para hablar de Catalunya. Se encaró con Abascal y demostró que el sentimiento español no consiste en envolverse en la bandera más grande. El candidato de Podemos estuvo más cómodo hablando de economía que de modelo de Estado pese a que no está nada claro que los números cuadren cuando soplan nuevos vientos de recesión.

El candidato de Podemos fue a asegurar su electorado, en especial el más preocupado por la precariedad laboral (falta le hace convencerlos viendo cómo van algunas encuestas para Podemos), enfrentando el IBEX a "las familias de los taxistas", y a intentar ganar en otros caladeros, incluidos los que van al Pacma y acaban desapareciendo al día siguiente de las elecciones por no obtener representación. Y no, no asumió ninguna culpa por la repetición electoral. Ni por esta ni por la anterior. Exigió claridad a Sánchez para que desvelase si apostaba por una alianza de las izquierdas. No obtuvo respuesta.

Santiago Abascal: Por primera vez la ultraderecha ha participado en un debate. Eso en sí ya es una noticia. Una triste noticia. Santiago Abascal, el único que iba sin corbata, tardó solo unos segundos ya en su primera intervención en pronunciar su palabra mágica: Catalunya. Vox insiste en que en ese territorio se vive "un golpe de estado permanente". Da igual que la justicia haya dictaminado que no se ha producido tal golpe porque a Abascal le da igual lo que pase en Catalunya (donde tiene un diputado). Le sirve solo como munición para ganar votos en el resto de España.

Vox promete ilegalizar partidos sin base para ello y lo peor no es que lo diga Abascal sino que nadie en el debate le reprochase que la democracia no funciona así. Da igual de lo que se hable porque para Vox la culpa de todo es del modelo autonómico. Y claro, mezcló delincuencia e inmigración como hacen sus referentes xenófobos en el resto de Europa. La verdad es que se echó de menos a Aitor Esteban para plantarle cara.

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