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Con altura... y con sigilo

Hay demasiados interesados en que esto no suceda y, sobre todo, los fascistas que han alcanzado el Congreso engañando a los votantes es lo último que quieren

Ese es en gran medida el reto. Atemperar el ruido, limpiar el espacio público, permitir que el debate político se centre sobre las cuestiones que importan y dejemos un éter adecuado para que sea este debate democrático el que ocupe los espacios televisivos y radiofónicos y la prensa y hasta las redes sociales

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Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se dan la mano tras firmar el acuerdo, observados por Adriana Lastra, Irene Montero y Alberto Garzón.

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se dan la mano tras firmar el acuerdo, observados por Adriana Lastra, Irene Montero y Alberto Garzón. EFE/Paco Campos

"Esto vamo' a arrancarlo con altura

El dembow lo canto con hondura"

Rosalía

Una de las lecciones que, sin duda, ha debido aprender ya Pablo Iglesias es que las negociaciones con luz y taquígrafos no van a ninguna parte. Así estuvimos muchos españoles, rogando por lo bajini, que no se sepa nada, que se callen, que negocien y no digan y... fue imposible antes del verano. Los enemigos de que este país salga del hoyo de la ingobernabilidad con otra solución que no sea la que ellos propugnan son tantos y tan poderosos que no hay otro remedio que reclamar cautela, sigilo y templanza. El primer movimiento no ha podido ser más acertado: hablar cuando ya hay algo que decir, tomar la delantera y dejar después que los demás se posicionen en función de premisas tan evidentes como dotar de un gobierno estable y posible al país y hacer un cerco democrático y de pura raíz democrática europea a la ultraderecha que supone la verdadera amenaza a nuestro estilo de vida y a nuestro modelo de convivencia.

La orgía de todos los apocalipsis reflejados en los medios de comunicación conservadores, desde que el pacto del abrazo fuera conocido, es difícil de glosar. Análisis sesgados, peligros inventados o deseados, los jinetes del hambre y la peste y hasta el racionamiento bolivariano y el comunismo cabalgando para destrozar España. En fin, lo que ya se sabía. El repaso por las hemerotecas buscando incongruencias en este último movimiento, como si la gran coalición o cualquier otra solución no estuviera llena de las mismas palabras que tragarse, tras cuatro años de una política de invectivas, insultos y falta de espíritu constructivo.

Por eso este nuevo gobierno -que ilusiona y alivia a millones de ciudadanos por mucho que algunos se olviden de reseñarlo- debe arrancarse con un pragmático sigilo en las negociaciones y, sobre todo, con altura de miras para intentar desembarrancar a este país del fango en el que lo ha metido una política pacata y narcisista durante los últimos años y para conseguir templar, suavizar, revitalizar, calmar y restaurar la convivencia ciudadana y la confianza de los ciudadanos y entre los ciudadanos. Es uno de los imperativos que un gobierno progresista debe de marcarse.

Tras el imperio de la confrontación como fórmula para hacer ruido, para no hablar de los verdaderos problemas, para separar a los ciudadanos en bandos, en españas, en trincheras, sólo cabe amansar la vida política y llevar el debate democrático al punto del que nunca debió salir. Hay demasiados interesados en que esto no suceda y, sobre todo, los fascistas que han alcanzado el Congreso engañando a los votantes es lo último que quieren. Agitarán los demonios en los que confían para destruir e intentarán que nadie pueda construir nada positivo. Ese es en gran medida el reto. Atemperar el ruido, limpiar el espacio público, permitir que el debate político se centre sobre las cuestiones que importan y dejemos un éter adecuado para que sea este debate democrático el que ocupe los espacios televisivos y radiofónicos y la prensa y hasta las redes sociales. Es difícil en este siglo que está virando, pero limpiar y sanar y abrir las ventanas para un debate político basado en datos veraces, sobre el que verdaderamente se asientan las democracias, no puede quedarse a un lado en las prioridades de un gobierno de progreso y de verdad.

La geometría necesaria para que este gobierno vea la luz no es imposible. Más allá de que cada partido tenga que efectuar los volantines necesarios para argumentar o razonar a su electorado por qué va a tomar una decisión, lo que es completamente lícito, todos saben que frenar a los que vienen a devorar las libertades y los derechos es algo tan radicalmente necesario que sus votantes lo entenderán. Oponerse a un gobierno en defensa de los valores democráticos, europeos y de los ciudadanos para votar junto a los que quieren reventar la España que conocemos para traer la España Gloriosa y Universal en la que sólo caben ellos, también tiene un trago.

Luego está lo que todos los demás podamos hacer. Y podemos. Todos podemos. Pueden los ciudadanos transmitiendo la normalidad democrática de esta opción. Pueden los llamados expertos, asumiendo que los empresarios o las bolsas no tienen más derecho de voto, ni de veto, que el que sus miembros ejercieron en las urnas como nosotros. Explicando y difundiendo que la Unión Europea quiere, sobre todo, un gobierno estable y que eso le importa más que quiénes lo conformen. Ya casi nada asusta en Bruselas. Han lidiado hasta con Amanecer Dorado y eso es mucho lidiar y han comprobado los resultados de Portugal y eso es mucho comprobar también.

Por último, todos debemos hacer un esfuerzo por defender los principios de la España en la que vivimos ante los verdaderos antisistema. Afirmar que un partido que va a recibir subvenciones públicas por su representación puede vetar o señalar a medios de comunicación cuya línea editorial no comparte -como insiste en hacer Vox- es ciscarse en el artículo 20 de la Constitución y en los principios básicos de las democracias liberales. No entiendo que los medios de comunicación y las empresas informativas no sean conscientes de la fuerza para marcar sus normas que tendrían si, como antaño, entendieran que ese veto antidemocrático no es para unos a los que les ha tocado sino para todos. Ante un veto así ningún medio debería cubrir las convocatorias de los ultraderechistas que rompen así las reglas del juego. En los años 80, cuando las organizaciones de la órbita de ETA vetaban a profesionales, todos los medios se levantaban y se iban. Así se conseguía el respeto y se defendían los principios de la profesión que no son sino los principios de la democracia.

Todos podemos ayudar a cauterizar heridas y a coser desencuentros. Todos podemos apostar por unos años de política en la que podamos volver a debatir con ideas y con calma sobre las cuestiones que de verdad importan al pueblo. Es obvio que ellos van a estar ahí para intentar dinamitarlo, pero no es una misión imposible. Por su parte, la altura de miras de los partidos que gobiernen debe pasar también por revisar, zona por zona, los motivos que han llevado a varios millones de españoles que antes eligieron a formaciones democráticas, a decantarse por la extrema derecha. Afrontar desde el progresismo esos problemas y demostrar que las soluciones existen más allá del fuego, la sangre, los gritos y las banderas, es una tarea que hay que afrontar con decisión.

Vamos a arrancarlo con altura...

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