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Para enterrar al escritor macho

El escritor macho, tal y como lo conocíamos, debe desaparecer. Porque si a un autor en 2019 le importa más el tamaño de su cama que la reflexión urgente sobre eso, significa que ya no tiene nada que decir

Le pregunté por la representación de la masculinidad en su libro, y me dijo que lo hacía "para provocarle". Aunque en un primer momento me reí —pensaba, de verdad, que aquella respuesta sólo podía ser una broma, una manera de decir que así es como reaccionaría un escritor macho— el resto de sus evasivas me confirmaron que no, que aquella charla iba en serio, y que el devenir de nuestra mesa de debate sobre un libro protagonizado por dos hombres perdidos en el mar dejaría de ser amable en ese mismo punto, o al menos dejaría de serlo para mí. Porque, cuidado, yo no tengo nada en contra de un libro carente de figuras femeninas —será que la Historia de la Literatura no nos haya dado ya muchos de esos—. Ni nada en contra de un escritor que opte por contar su angustia y su verdad desde lo más íntimo, como hizo el hombre que tenía a mi lado en el escenario del Santa Clara, en el Hay Festival de Cartagena de Indias, hace tan solo unos días. Lo que sí detesto es la posición altiva, paternalista y burlona de quien no sólo no es capaz de reflexionar sobre su propia obra carente de figuras femeninas sino, lo que es peor, la de quien insulta a su interlocutor en un contexto cómodo y festivo "porque yo no he venido aquí a hablar de eso".

Eso. Hablar de eso. Qué demonios significa ha-blar-de-e-so.

Reconozco que al regresar al hotel de la ciudad caribeña se me escaparon algunas cuantas lágrimas. Estaba tan sorprendida por lo que acababa de ocurrir que sentí impotencia. Quizá la culpa fuese mía, pensé, ¿me tenía que haber olvidado de mi feminismo para presentar a este escritor? ¿Acaso era verdad que de nosotras, las periodistas, escritoras, moderadoras, como quiera llamársenos, sólo se nos exige reflexionar sobre géneros cuando estamos hablando de nosotras mismas? ¿O cómo era posible que uno de los autores contemporáneos a los que más respeto por su mirada lúcida sobre los conflictos políticos que asolan nuestro mundo se olvidara tan fácilmente del gran motivo que este año vertebraba el festival?

Eso. Hablar de eso. No entiendo otra manera de luchar hoy que no sea a través de eso. Porque eso, precisamente, es sólo la primera piedra para cuestionar nuestro presente. Porque eso es lo que nos atraviesa a todos. Porque eso no debería incomodarnos, a no ser que reconozcamos que somos parte del problema. Y de verdad lo somos. 

Yo lo aprendí unas horas más tarde, después de dormir poco y mal pensando en lo ocurrido, cuando la escritora colombiana Carolina Sanín se arrimó hombro con hombro a la española Cristina Morales y juntas dieron una maravillosa conferencia sobre la necesidad de acabar con el escritor macho. Para Sanín, el gran mal de la literatura es que durante siglos se ha estado venerando a un solo tipo de autor, con un solo tipo de mentalidad y con un egoísmo que lo inundaba todo. La autora de Somos luces abismales —un conjunto de ensayos demencialmente honestos, líricos y críticos que aun no ha visto la luz en España, aunque debería, y pronto— bromeó con la idea de que el escritor macho colombiano es aquel que por su ausencia de creatividad e interés verdadero por la literatura prefiere malgastar sus horas frente a los espectadores compartiendo anécdotas sobre cuando conoció a Gabriel García Márquez. Sanín arremetió contra la anécdota, o mejor dicho, contra la anécdota-macho: esa que supuestamente es universal y supuestamente debería interesarnos a todos, aunque en verdad sea estéril. Tras el trauma, las voces de Sanín y Morales me calmaron, me hicieron sentir compañía y empuje. De la autora de Lectura fácil había anotado una frase: "como yo no tengo un fusil, lo que puedo hacer para combatir la autoridad es atacar el canon cuando escribo". ¿Que no queríais venir a hablar de eso?, pensé entonces. Pues ahora os vais a hartar.

No tengo las estadísticas, la presencia femenina de la edición de 2019 del Hay Festival de Cartagena de Indias superó con creces a la de otros años. No hablo sólo de Chimamanda Ngozie Adichie o Zadie Smith, las dos escritoras que llenaban los carteles y la alegría de nuestros corazones como lectores y espectadores, sino de una larga lista de firmas que casi por primera vez eran mayoría en muchas de las mesas más importantes del evento. Tampoco hablo de la presencia femenina como mero acontecimiento pasajero o como moda —esto lo llegué a escuchar en uno de los cócteles de las noches cartageneras, "¡la moda del feminismo llega al Hay!", ¡Yísus!— sino como un reconocimiento al trabajo que periodistas, novelistas y editoras muy importantes vienen haciendo en América Latina durante décadas: Diamela Eltit, Tamara Kamenszain, Piedad Bonnett, Alma Guillermoprieto, Ingrid Bejerman, Gloria Susana Esquivel, Dulce María Ramos o Nadia del Carmen Morales, por nombrar a algunas. Me fijé mucho en los conversatorios protagonizados por ellas, pero también en el modo en el que hablaban y debatían en los que aún sus nombres parecían anecdóticos. Me fijé en los detalles, porque quería estar atenta cuando pasara lo que casi asumí con normalidad en mi primera conversación con el hombre del mar. Al igual que Cristina Morales, yo tampoco tenía un fusil, pero sí una palabra con la que contároslo. Así que atendí. Atendí, y vi las alusiones al físico de algunas de las invitadas durante el acto —qué bien nuestra Paula Bonet rebelándose contra los que la llamaban bonita para deslegitimarla—, vi otra vez más la negativa a debatir sobre eso —cualquier cuestión de género, sexualidad, representación, identidad o violencia patriarcal—, e incluso escuché la lectura en voz alta de poemas de escritores macho cuyos textos sólo podían tratar sobre lo bien que están las amantes jóvenes, un tema muy interesante, por otro lado, pero que allí mismo, así pronunciado sobre los escenarios caribeños, sólo podía parecerse a una autoparodia de lo que Carolina Sanín ya avisaba en su charla.

Hablando de parodias, hace tan solo unas semanas, El País publicaba una columna de Juan José Millás sobre un festival ficticio en el que dos escritores-señores se peleaban por quién tendría la mejor habitación del hotel en el que se estaban alojando. No sé si era la intención primera del autor, pero su metáfora del ego a través de un jacuzzi me pareció la mejor representación de hasta qué punto el escritor macho, tal y como lo conocíamos, debe desaparecer. Es vital que desaparezca. Porque si a un autor en 2019 le importa más el tamaño de su cama que la reflexión urgente sobre eso, significa que ya no tiene nada que decir. Inevitablemente, me pregunto si alguna vez lo tuvo.

El último día del festival, cuando ya todos se marchaban, yo pude quedarme unas horas más en la ciudad, paseando con mi amigo Jorge y leyendo al sol el libro de poemas Bajo el fuego colombiano: cuatro poetas afrocartageneras, de donde subrayé un verso que podría definir no sólo mi viaje sino quizá lo que vibró en esta extraña e impresionante edición del Hay: "Todo cambia con la luz", escribe Dora Isabel Berdugo. Todo, incluso el escritor-macho al que ahora enterramos, pero no en la playa de Cartagena de Indias porque tal arena sólo puede ser testigo de eso que es nuestro gozo, nuestra pelea, nuestra verdad.

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