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El violador eres tú (y tú, y tú, y tú...)

Un violador en tu camino, ese himno, su letra, su ritmo precipitado de los pies de miles de mujeres iracundas contra los suelos, es también el sonido que se precipita en la cabeza de una cuando piensa en el cuerpo de Lucía Pérez

Puedo entender que aún haya quien se sorprenda al escuchar el himno feminista de 'Las Tesis', porque demuestra hasta qué punto nuestra sociedad va a tardar en reconocer sus excesos

Imagen de la performance 'El violador eres tú' en Santiago de Chile.

Imagen de la performance 'El violador eres tú' en Santiago de Chile. Carla Motto / Facebook

La novelista Brenda Lozano –del movimiento de creadoras 'Mujeres juntas marabunta', que hace unos meses revolucionaron la escena cultural mexicana con el #MeTooEscritoresMexicanos– comparte en sus redes sociales la alegría de que, por primera vez en meses, absolutamente todas las grandes cabeceras periodísticas de su país se hayan hecho eco de las recientes marchas contra la violencia machista que han sacudido México. No es raro que además de este hecho, los titulares más repetidos hagan referencia a la letra de Un violador en tu camino, el himno que decenas de miles de mujeres han coreado en las últimas horas desde Ciudad de México, Madrid, Nueva York, París, Barcelona, Lima, Bogotá, Roma, Buenos Aires, y otras cuantas grandes y pequeñas ciudades del mundo, desde que el colectivo 'Las Tesis' lo popularizara el pasado 25N en Santiago de Chile.

Al mismo tiempo en que todas esas voces desgarradas, fortísimas y altísimas chillan y ríen y cantan, envueltas en ira, con el fin precisamente de detener la violencia que los hombres ejercen contra nuestros cuerpos, en Argentina se absuelve a los tres acusados de violar, empalar y matar en 2016 a Lucía Pérez. El de Pérez es uno de los casos de feminicidio más sonados de los últimos años, no solo por la brutalidad de los hechos, sino también por la conmoción que causó a nivel internacional. El rostro de la joven llenó las redes sociales, las noticias, inspiró poemas, canciones, mensajes de rabia y de reconocimiento, en un tiempo previo a la difusión del #MeToo.

Un violador en tu camino, ese himno, su letra, su ritmo precipitado de los pies de miles de mujeres iracundas contra los suelos de las avenidas o de los descampados, es también el sonido que se precipita en la cabeza de una cuando piensa en el cuerpo de Lucía Pérez; o cuando una atiende a las imágenes descorazonadoras de Carlota Prado al presenciar la horripilante escena de su violación permitida, facilitada y normalizada por Gran Hermano; o cuando una se atraganta de indignación y de asco al mirar los contadores de mujeres asesinadas, que no dejan de crecer, sino que se disparan en los últimos días de este año en el que algunos políticos nos han intentado vender que la violencia machista es el invento de unas cuantas "progres".

Se preguntan todavía algunos, en sus ganas de parecerse a esos políticos fascistas, si una "cancioncilla" como Un violador en tu camino no se parece más a una fiesta que a una lucha. Como si el hecho de cantar y de bailar vestidas, desnudas, juntas, separadas, ciegas o con los ojos muy abiertos fuera estéril. Como si el simple hecho de abrir la boca y corear no fuera un acto suficientemente político y revolucionario para ellos. Que cantar "el patriarcado es un juez", no va a parar las violaciones, dicen, tal vez creyendo que su actitud pasivoagresiva sí es la solución. Que decir "el violador eres tú" atenta contra su derecho a escaquearse con un #notallmen. Que decir "el violador es el Estado" demuestra nuestra paranoia, que se nos va de las manos, que esas chicas que cantan y bailan frente a las cámaras solo quieren llamar la atención.

En verdad, puedo entender que aún haya quien se sorprenda al escuchar el himno feminista de 'Las Tesis'. Puedo entenderlo porque demuestra hasta qué punto nuestra sociedad va a tardar en reconocer sus excesos, en marcarse una X en la piel con la culpa de haberlos permitido, de haberlos perpetrado. Puedo entenderlo porque aún se me eriza la piel al escuchar el ruido de las zapatillas contra el suelo. El estruendo de esos cuerpos que, después de haber sufrido tanto, tanto, tanto, tantísimo, todavía son capaces de alzar los brazos, afinar los pulmones, ponerse a declamar con decisión y con belleza, con solidaridad y ternura, con suficiente sangre fría como para afrontar lo que nos queda.

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