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Las compañeras vacas

Quim Monzó criticó la metáfora empleada por mujeres activistas para combatir la explotación de las "compañeras" de otras especies. En contra de sus argumentos, la realidad demuestra que la industria láctea es literalmente sangrienta pero el prejuicio especista evita la indignación moral por ello

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Terneros separados de sus madres nada más nacer en la industria láctea. Foto: Igualdad Animal

Terneros separados de sus madres nada más nacer en la industria láctea. Foto: Igualdad Animal

En un  reciente artículo en La Vanguardia, Quim Monzó ha arremetido contra quienes, defendiendo a los demás animales, luchan contra la industria láctea. La crítica ha sido ocasionada por su encuentro con un grupo de activistas, constituido sobre todo por mujeres, que protestaban en el centro de Barcelona y representaban en sus cuerpos el daño que supone para las vacas su explotación.

La acción consistía en establecer un paralelismo figurativo entre la violencia ejercida hacia los animales bajo explotación humana, en particular, las vacas, y la violencia machista de que son objeto las mujeres en un contexto heteropatriacal. Desde determinados enfoques feministas el patriarcado está basado de forma crucial en la explotación de los sistemas sexuales y reproductivos de las hembras humanas, del mismo modo que la explotación de los demás animales está, parcialmente, radicada en la explotación de los sistemas reproductivos de las hembras de otras especies. De ahí, el slogan “Feministas contra la explotación de nuestras compañeras”.

Sin embargo, no hace falta, en cuanto feministas, asumir tal compromiso teórico para aceptar el objetivo central de la acción: simplemente visibilizar el prejuicio especista que explica la actitud de indignación moral en un caso (cuando son los seres humanos los afectados) y la más absoluta pasividad en el otro (cuando son los demás animales). Si somos feministas debemos, efectivamente, rechazar toda la consideración y trato discriminatorio, así como luchar por el desmantelamiento de los patrones de opresión y subordinación que afectan a diferentes sujetos oprimidos por el heteropatriarcado, que se manifiestan, por ejemplo, en su cosificación, ya se trate de humanos o no humanos. El slogan se aplica, así, de forma más amplia y con igual fuerza.

Monzó considera, sin embargo, que la oposición a la industria láctea carece de sentido, por dos razones fundamentales. Por una parte porque, según el escritor, la “metáfora” de la explotación “sangrienta” de vacas y mujeres es, a la vez, inexacta e hiperbólica. Por otra parte, porque el hecho de que el ser humano sea el único animal que consume leche de otras especies es un argumento débil en contra de la explotación. Hay, sin embargo, diferentes problemas en su crítica.

En primer lugar, Monzó apunta a la falta de exactitud de la “metáfora” empleada por las activistas, identificando correctamente que “si tú ordeñas una vaca o a una mujer lo que sale es leche, no sangre.” Sin embargo, para que la metáfora funcione, basta con que aquello a ser comparado sea similar en aspectos relevantes desde el punto de vista de la comparación. En este caso, lo que es relevante para la comparación son aquellos aspectos que muestran la existencia de una opresión y discriminación estructural hacia ambos grupos explotados (humanos y no humanos), independientemente de los detalles de cómo esa opresión se manifiesta en la práctica. Además, está claro que la utilización de sangre (en vez de leche) no es más que el símbolo de las muertes y del sufrimiento que la industria láctea causa a las vacas, además del daño causado a otros animales igualmente afectados por ella.

Pero, ¿es la industria láctea efectivamente “sangrienta”? Los hechos así lo indican. Las vacas explotadas padecen una vida de sufrimiento que sólo termina con la muerte prematura en el matadero. Son sometidas a un proceso cíclico que empieza con la reproducción inducida artificialmente, pasando por la separación forzosa de la vaca y su cría y siguiendo con varios meses de ordeñamiento, el cual sólo finaliza cuando las vacas están listas para un nuevo embarazo inducido. Todo ello les causa graves daños físicos y psicológicos. Por ejemplo, la separación de la madre y sus terneros tras cada parto conlleva evidentes muestras de estrés para ambos.

A menudo se ignora también que otro de los resultados de esta industria es el sufrimiento y la muerte de las crías. Las terneras hembra padecen el mismo destino que sus madres, perpetuando en el tiempo el sistema de explotación. Los terneros no considerados viables para consumo humano son inmediatamente matados tras nacer. Quienes sí son considerados aptos son, a su vez, separados, confinados y engordados. El objetivo, a menudo, es que su carne sea vendida como ternera, por lo que se les inmoviliza para evitar el endurecimiento de los músculos y se generan intencionalmente carencias de hierro y otros nutrientes para que su carne se mantenga blanda y pálida.

Incluso en la explotación no intensiva que recuerda Monzó de su infancia (mientras el vaquero le “rociaba [y deleitaba] con la leche caliente”), a las vacas se las mata cuando mantenerlas ya no resulta rentable y los terneros macho siguen acabando en el matadero con pocos meses de vida. Estos son solamente  algunas de las prácticas a la que son sometidas la mayoría de las vacas y sus crías y que distan enormemente del escenario de explotación idílica (oxímoron) sugerido por Monzó. Así, una vez nos enfrentamos a la realidad sin sesgos, nos damos cuenta que, como bien denunciaban las activistas, la industria láctea es literalmente sangrienta.

En segundo lugar, y no menos importante, Monzó sostiene que oponerse a la industria láctea sobre la base de que los seres humanos son los únicos mamíferos que consumen leche tras la lactancia es un argumento pobre. Y en este punto tiene toda la razón. Ocurre, sin embargo que éste no es el argumento en el que está basada la oposición a esta forma de explotación, sino en que la desconsideración de los intereses de los demás animales por el hecho de que no pertenecen a la especie humana constituye una forma más de discriminación injustificada ( especismo), semejante a otras como el racismo o el sexismo.

Considerando los hechos de la industria, resulta claro que no creeríamos que estas prácticas estuvieran justificadas si las víctimas fueran seres humanos, independientemente de sus características o capacidades. Lo que importa, pues, es que las vacas y los demás animales explotados son, al igual que los seres humanos, individuos sintientes, es decir, poseen la capacidad para sufrir y disfrutar de sus vidas.

Esto hace que tengan intereses básicos en no sufrir, en no morir y en disfrutar de sus vidas que deben ser tenidos en cuenta en la misma medida que intereses similares de seres humanos. Así, debemos rechazar el especismo y, por ello, oponernos a la explotación de vacas y del resto de animales no humanos.

Es verdad, como dice Monzó, que la ganadería (y otras formas de explotación) es legal en todos los países del mundo. Sin embargo, en una sociedad que reconociera a los otros animales consideración moral y derechos jurídicos a la vida y a no sufrir dejaría de serlo. Precisamente en eso trabajamos un número cada vez más grande de personas, en la universidad o desde las calles de Barcelona. Sabemos y nos preocupa que el principal obstáculo al avance hacia un mundo más igualitario para todos los animales humanos y no humanos es, en palabras de J. M. Cotzee, que “[h]ay personas que tienen la capacidad para imaginarse a sí mismas como alguien diferente, hay personas que no poseen tal capacidad […] y luego hay personas que tienen la capacidad pero eligen no ejercitarla”.

Firman los profesores y profesoras universitarias:
Alicia H. Puleo, Universidad de Valladolid
Catia Faria, Universitat Pompeu Fabra
Eze Paez, Universitat Pompeu Fabra
Marta Tafalla, Universitat Autónoma de Barcelona
Monsterrat Escartín, Universitat de Girona
Núria Almirón, Universitat Pompeu Fabra
Oscar Horta, Universidade de Santiago de Compostela

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