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A Rafael Escudero

¿Es Podemos un nuevo avatar de la UCD?

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Querido amigo, si tú dices que “ solo saliéndonos de este marco constitucional será posible reparar integralmente a las víctimas del franquismo y terminar con la impunidad y la herencia de la dictadura”, no hay duda de que tienes razón. Basta leer tu Modelos de democracia en España 1931 y 1978 para comprobar que sabes de lo que hablas.

Me sorprende, empero, que te sumes al uso de la etiqueta que habla del “Régimen de 1978”. ¿Cuándo se ha producido aquí un cambio de Régimen? A mí modo de ver, la II Restauración borbónica de 1975 no es más que una puesta al día de la primera, la que en 1874 llevó a cabo Cánovas. Con el mismo resultado, claro está: partidos turnantes, corrupción y caciquismo y como menú de la casa un sistema oligárquico servido en vajilla democrática. Como en el XIX, la clave de bóveda de la Restauración del XX fue la expulsión de la clase trabajadora de la política, llevada a cabo mediante la desactivación de la izquierda, es decir el PCE, el único partido que contaba con el patrimonio de la oposición a la dictadura. Para ello, como es natural, se eliminó la lucha de clases (y se volvió a hablar de generaciones), el PSOE renunció al marxismo y el PCE al leninismo, y la Transición se presentó como una opción entre dictadura o democracia, y no entre izquierda o derecha.

Qué curioso que sean exactamente las mismas palabras que utiliza ahora Podemos, ¿verdad?

Para mí, uno de los más fastidiosos problemas de este país es la alargada sombra de Ortega y Gasset. Aún se proyecta en la política actual, que vuelve a hablar de “regeneración”. Más espesa y siniestra es la sombra de Ortega cuando oscurece la lucha de clases, tapándola con la “teoría de las generaciones”. La Transición habría sido, vista con las gafas orteguianas, un cambio generacional. Ahora se usa ( tu quoque…) la expresión “Régimen de 1978”, que se entiende también como relevo generacional. Basta con leer la prensa, que escenifica el enfrentamiento entre “la generación de la Transición” (posibilistas que renunciaron a demasiadas cosas a cambio de la democracia) y una nueva generación que se propone hacer otra Transición: de la dictadura bipartidista a la “verdadera” democracia.

Eso sí, sin entrar “en el juego de izquierdas y derechas”, como dice Pablo Iglesias, sino ocupando “la centralidad del tablero” ( sic por lo de centralidad, cuando centro habría sido suficiente).

¿No te parece estar oyendo a Suárez? Esa es la pregunta que te hago: ¿tú no ves a Podemos como la nueva UCD de una Transición que transigirá con todo?

Parten del mismo principio: la sacrosanta democracia. Han llegado a decir, como Suárez, que se trata de elegir, no entre derecha e izquierda, sino entre dictadura y democracia. Tienen las mismas expresiones totémicas: la voz de la calle y los movimientos sociales (como Suárez hablaba de lo que era “normal a nivel de calle”), el centro, que los españoles decidan de verdad por sí mismos (ahora lo llaman “empoderamiento”). Tienen la misma alergia orteguiana a hablar de lucha de clases y de transformación social. Iglesias se considera ajeno a “la casta”, igual que Suárez se definía a sí mismo como “un chusquero de la política”.

Eso sí, admito que el guardarropa es diferente: no me imagino a Suárez con coleta ni a Pablo Iglesias con traje y chaleco. Los tiempos cambian, pero el nuevo Suárez sigue siendo un yerno ideal.

El propósito es el mismo, claro está: expulsar a la izquierda de ese tablero cuyo centro (o centralidad si así lo prefieren) pretende ocupar Pablo Iglesias. En otras palabras: impedir una transformación revolucionaria sustituyéndola por una “fiesta de la democracia” o algo así de amable, que “empodere” por fin a la gente: “ habla, pueblo, habla...

A eso me refiero cuando digo: de buenas intenciones de voto a Podemos está empedrado el infierno de la victoria de la derecha.

No hubo ningún Régimen de Cánovas, ni tampoco un Régimen de 1978. No se trata de generaciones orteguianas. Las dos restauraciones monárquicas fueron la defensa del mismo orden social que ahora se hace necesario defender con una nueva Transición. Se trata, una vez más, de corregir el impulso suicida de la explotación capitalista, para mantenerla viva y en mejor forma. La tarea clásica de los socialdemócratas.

¿Regenerar la democracia? En fin, a mí ningún Felipe ni ningún Carrillo me han obligado a renunciar al marxismo ni al leninismo, así que defender esta democracia burguesa se me da un ardite. Tampoco me voy a dejar arrinconar en la opción entre dictadura o democracia. Eso es como si te dan a elegir entre azotarte con un látigo o con una vara.

En fin, amigo Rafa, esto es para hablarlo por lo largo, copas mediante, pero te hago la pregunta para que me digas, como de costumbre, qué es lo que no estoy viendo.

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