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El momento es ahora y el vehículo la Unidad Popular

Revisar la historia no es malo, ya que muchas veces ahí están las mejores respuestas.

La Unidad Popular no solo es factible, sino necesaria.

En política las absorciones pueden ser indigestas.

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Hoy más que nunca, conviene recordar aquello que llevó a Salvador Allende a ocupar la presidencia de Chile y, en consecuencia, a un lugar privilegiado en la historia de Chile y de los movimientos populares, instaurando la vía chilena al socialismo. En esencia, su gran acierto consistió en saber leer la realidad histórica que le tocaba vivir; comprender que era un momento de sumar y no de restar o dividir; y, sobre todo, que la única forma de transformar la realidad pasaba por impedir que determinados intereses personales hiciesen fracasar la construcción de una base unitaria que hiciera realidad los anhelos de cambio de millones de ciudadanos.

La forma de conseguir el triunfo electoral pasa -tanto en el Chile de Allende como sucede en la España actual- por la creación de la Unidad Popular que se estructuró sobre la base de una serie de partidos de izquierda que pactaron un concreto programa electoral. El programa partía estableciendo que: "Los partidos y movimientos que integran el Comité de la Unidad Popular, sin perjuicio de mantener cada cual su propia filosofía y sus propios perfiles políticos, coinciden plenamente en la caracterización de la realidad nacional expuesta a continuación y en las proposiciones programáticas que serán la base de nuestra acción común y que entregamos a consideración del pueblo."

La mera lectura de la introducción al programa de la Unidad Popular es una clara lección de altura política, entendimiento de la realidad y asunción de responsabilidades por parte de partidos diversos, cada uno con sus propias dinámicas internas, problemas, egos y egoísmos. Estoy seguro que no fue fácil llegar a un acuerdo como ese, pero en todos aquellos que participaron en su consecución primaba un objetivo o fin superior: hacer realidad el cambio social, político, económico y cultural que reclamaban entonces, y de forma mayoritaria, los chilenos, tal y como hoy lo hace una parte importante de la sociedad española. En definitiva, primó el interés general sobre el particular.

Decía también ese programa de unidad, resumidamente, que: "Chile vive una crisis profunda que se manifiesta en el estancamiento económico y social, en la pobreza generalizada y en las postergaciones de todo orden que sufren los obreros, campesinos y demás capas explotadas, así como en las crecientes dificultades que enfrentan empleados, profesionales, empresarios pequeños y medianos y en las mínimas oportunidades de que disponen la mujer y la juventud. Los problemas en Chile se pueden resolver (...) ¿Qué es entonces lo que ha fallado? Lo que ha fracasado en Chile es un sistema que no corresponde a las necesidades de nuestro tiempo. Chile es un país capitalista, dependiente del imperialismo, dominado por sectores de la burguesía estructuralmente ligados al capital extranjero, que no pueden resolver los problemas fundamentales del país, los que se derivan precisamente de sus privilegios de clase a los que jamás renunciarán voluntariamente. Para unos pocos, vender a diario un pedazo de Chile es un gran negocio. Decidir por los demás es lo que hacen todos los días. Para la gran mayoría en cambio vender a diario su esfuerzo, su inteligencia y su trabajo es un pésimo negocio, y decidir sobre su propio destino es un derecho del cual, en gran medida, aún están privados".

Seguro que gran parte de este análisis nos resulta conocido, incluso muy actual.

Pero no se quedaba en ello el análisis que hacían el conjunto de partidos integrantes de la Unidad Popular. También decían lo siguiente: "En Chile las recetas “reformistas” y “desarrollistas” que impulsó la Alianza para el Progreso e hizo suyas el gobierno de Frei no han logrado alterar nada importante. En lo fundamental ha sido un nuevo gobierno de la burguesía al servicio del capitalismo nacional y extranjero, cuyos débiles intentos de cambio social naufragaron sin pena ni gloria entre el estancamiento económico, la carestía y la represión violenta contra el pueblo. Con esto se ha demostrado una vez más que el reformismo es incapaz de resolver los problemas del pueblo". Además, a ello se añadía: " El desarrollo del capitalismo monopolista niega la ampliación de la democracia y exacerba la violencia antipopular. El aumento del nivel de lucha del pueblo, a medida que fracasa el reformismo, endurece la posición de los sectores más reaccionarios de las clases dominantes que, en último término, no tienen otro recurso que la fuerza", porque "la explotación imperialista de las economías atrasadas se efectúa de muchas maneras: a través de las inversiones en la minería (cobre, hierro, etc.), y en la actividad industrial, bancaria y comercial; mediante el control tecnológico que nos obliga a pagar altísimas sumas en equipos, licencias y patentes; de los préstamos norteamericanos en condiciones usurarias que nos imponen gastar en Estados Unidos y con la obligación adicional de transportar en barcos norteamericanos los productos comprados, etc. Para muestra un solo dato. Desde 1952 hasta hoy, los norteamericanos invirtieron en América Latina 7.473 millones de dólares y se llevaron 16.000 millones de dólares. Dijeron que los préstamos y compromisos con los banqueros internacionales podrían producir un mayor desarrollo económico. Pero lo único que lograron es que hoy día Chile tenga el récord de ser uno de los países más endeudados de la Tierra en proporción a sus habitantes".

Nada impide actualizar datos y sustituir nombres o palabras para poder adaptar este análisis a la realidad actual que estamos viviendo. Cuando algunos hablan de casta, ya en 1969 otros pactaban sobre la base de que: "en Chile se gobierna y se legisla a favor de unos pocos, de los grandes capitalistas y sus secuaces, de las compañías que dominan nuestra economía, de los latifundistas cuyo poder permanece casi intacto. El grupo de empresarios que controla la economía, la prensa y otros medios de comunicación; el sistema político, y que amenaza al Estado a favorecerlos, le cuesta muy caro a todos los chilenos".

El programa abarcaba mucho más que todo esto. Continuaba diciendo cosas como que " el crecimiento de nuestra economía es mínimo. En los últimos lustros hemos crecido, en promedio, apenas a razón de un 2% anual por persona; y desde 1967 no hemos crecido, más bien hemos retrocedido, según las cifras del propio Gobierno (ODEPLAN). Esto quiere decir que en 1966 cada chileno tenía una mayor cantidad de bienes de la que tiene hoy. Ello explica que la mayoría esté disconforme y busque una alternativa para nuestro país".

Parece que el diagnóstico que hizo la izquierda chilena era muy similar al que se puede hacer, casi 50 años después, aquí en España. La diferencia radica en que allí, en ese momento, confluyeron una serie de políticos con estatura de estadistas; personas responsables, honestas y entregadas que estuvieron de acuerdo en ceder protagonismos, compartir poder y arriesgarlo todo en pos de un futuro mejor. Cosa distinta es la reacción que se produjo, desde el capital y la burguesía más rancia, para terminar por la fuerza con un gobierno legítimamente elegido.

España no es Chile -ya lo sé- y, además, aquí pocos parecen querer estar a la altura del desafío al que nos enfrentamos. No es momento de juegos, ni siquiera los de Tronos, y tampoco es tiempo de conceder espacios inmerecidos a imitaciones baratas de King Joffrey, el malo malísimo de la serie. Estamos ante un escenario de cuyo resultado deberemos responder todos, en la medida de nuestras respectivas responsabilidades, porque las generaciones futuras tendrán derecho a preguntarnos: ¿Por qué no hicieron lo correcto?, ¿por qué perdieron una oportunidad única? Y lo triste sería decirles: "no supimos leer la realidad ni entender lo que los ciudadanos pedían y, además, quisimos experimentar".

Si las gentes de izquierdas realmente pensamos que estamos ante un momento único, si pensamos que existen unas condiciones objetivas y subjetivas para el cambio, entonces el momento es ahora y el vehículo es la Unidad Popular.

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