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Juventud perpetua

Cumplimos 30 años y nos enfrentamos a un futuro tan incierto como a los 18.

Nuestro futuro es el futuro de toda la sociedad, un futuro que no conseguimos hacer presente.

Este es el primer artículo de una serie de testimonios que recogen también la perspectiva de los que se quedan.

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Marina Rodríguez Baras en un viaje

Marina Rodríguez Baras durante un viaje.

Mi generación cumple treinta años y no sabemos qué hacer con ellos. Llevamos más de una década disfrutando una juventud que nos ha dado muchas cosas buenas, formativa y personalmente, y muchas cosas malas, porque hemos asumido paro, exilio y precariedad como forma de vida en estos años de crisis. Pero ahora que llegamos a los 30, ¿seguimos siendo jóvenes? Porque la juventud, más allá de un sentimiento o una actitud, es una fase de la vida con unas determinadas características, ventajas y preocupaciones que en general la hace diferente de las demás. Nosotros la hemos vivido y disfrutado tanto como nos han dejado, pero es momento de dar un paso más allá, y no nos dejan darlo.  
 
Si le preguntamos a las generaciones anteriores, la treintena implica un cambio de etapa, por mucho que sigas siendo joven. Has pasado ya la fase formativa, con la Universidad si es que fuiste a ella, y la de los primeros empleos, e incluso las dudas existenciales sobre qué querías hacer en la vida y empiezas a tenerlo todo un poco más claro. Has empezado a tomar decisiones sobre proyectos de vida. Has decidido formar una familia, o no formarla. Has decidido comprarte un piso, o no comprarlo. Has decidido de momento dónde quieres vivir y con quién. Tienes ya suficiente experiencia laboral como para saber en qué quieres trabajar e incluso puedes plantearte tomar iniciativas laborales. Eres joven pero has empezado, en definitiva, otra etapa. Ni mejor ni peor, simplemente diferente y apasionante a su manera. La etapa de las decisiones tomadas y los proyectos de vida comenzados.
 
Pero aquí estamos nosotr@s, las decisiones fuera de nuestro alcance, y los proyectos de vida ya ni te cuento. Porque ¿qué puedes decidir, cuando el sueldo del mes es de 400 euros, y un mes más tarde puedes estar en la calle? La vida nunca fue fácil, siempre requirió un esfuerzo construírtela a tu manera. Pero antes de alguna forma se hacía camino, y si un trabajo te salía mal empezabas en otro, y cuando se cerraba una puerta se abría una ventana. Ahora, cuando se cierra una puerta te arriesgas a la nada. Y no es una apreciación subjetiva, sino que lo ves en la gente a la que desahucian, o en los que vuelven a casa de sus padres, o en los que no pueden alimentar adecuadamente a sus hijos, o en los que viven de la pensión de los abuelos, porque se cerraron las puertas y no se abrieron las ventanas. No te arriesgas, no te lo puedes permitir, porque después del riesgo puede estar el vacío.  
 
La otra opción es irte, claro. Buscar el sitio donde los proyectos de vida sí puedan ser algún día posibles, a costa de un duro proceso de adaptación y de renunciar a la cercanía con todo lo que hasta ahora ha sido la base de tu vida. Pero se paga un precio muy alto, que además ni mucho menos es garantía de nada.  
 
Nos quedamos por tanto aprisionados en una juventud perpetua, pero no esa juventud dorada e idealizada de nuestra sociedad, sino una juventud angustiosa en la que la precariedad, la dependencia familiar y la falta de posibilidades nos dejan fuera del alcance nuestro propio desarrollo personal. Y encima nos quieren hacer sentir culpables, nos insultan llamándonos ninis y nos dicen que quienes se exilian son grandes aventureros, y quienes se quedan entonces deben ser cobardes, y nos degradan con contratos esclavistas en los que encima tienes que ser el mejor por encima de todo y todos, el más entregado, motivado, cumplidor y conformista, porque si no el mes que viene no tienes ni el lujo de ser esclavo.  
 

Nos quedamos por tanto aprisionados en una juventud perpetua, en la que la precariedad, la dependencia familiar y la falta de posibilidades nos dejan fuera del alcance nuestro propio desarrollo personal.

 
No es mi culpa que con 30 años tenga el futuro tan incierto como a los 18. Que el año que viene, después de acabar un doctorado, no sepa si me exilio o si tengo que volver a casa de mi familia. Que cuando hablo de tener niños con amigos o con mi pareja lo veamos como un imposible, salvo que nos toque la lotería. No. Ni tampoco son culpables el amigo con crisis de ansiedad porque se le acaba el paro y no encuentra absolutamente nada, ni la amiga que a los 30 se matricula en otra carrera porque con la que tiene ha ganado 3000 euros en los últimos 8 años, ni la otra amiga que, al no encontrar nada relacionado con su profesión, intenta montar una empresita de fotografía y no puede porque no consigue asumir los costes que le supone el proceso. Somos gente anclada a la que nos están impidiendo desarrollar nuestras vidas, que vemos en la televisión cómo medra el Pequeño Nicolás o el sueldo que sigue manteniendo Carromero, mientras nosotros seguimos apenas sobreviviendo mes a mes o volvemos a depender de nuestros padres.  
 
Nuestros proyectos no son solo nuestro derecho personal al propio desarrollo y la felicidad, son también un bien colectivo. Nuestras futuras familias, futuros negocios, futuras creaciones, futuras investigaciones, etc, son también el futuro de toda la sociedad, un futuro que no conseguimos hacer presente. Somos otro sector más de una sociedad bloqueada por culpa de una minoría que considera que se lo debe todo a sí misma y nada a nadie más, y que para mantener ese estatus necesita generar una gran base social de gente que apenas pueda vivir, sino solo sobrevivir. Somos parte de una sociedad que no se puede permitir no avanzar. Nosotr@s somos una generación que sigue siendo juventud, y que está harta de que nos sigan robando el futuro.  
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