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¿Qué ha hecho Rubén para merecer esto?

Un chico de León con síndrome de Down lleva cinco años estudiando en casa porque la administración le niega su derecho a una educación inclusiva.

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Rubén Calleja con sus padres ©Víctor Saura

Rubén Calleja con sus padres ©Víctor Saura

No salgo de mi asombro con la historia de Rubén Calleja Loma. Cada vez que alguna novedad me la devuelve a la conciencia me invade la incredulidad y la indignación. ¡Pero esto aún dura! La última noticia por fortuna es positiva, ya que como mínimo sus padres han sido absueltos de la acusación de abandono que pesaba sobre ellos. La Fiscalía se ha percatado a tiempo del despropósito y ha dado marcha atrás.   

Para quien no conozca el asunto, Rubén es un chaval que debe tener muchas cualidades a pesar de que la más visible sea la trisomía de su cromosoma 21. Que tiene síndrome de Down, vaya. El caso es que hasta cuarto de primaria cursó estudios en un centro ordinario de León, y todo había ido la mar de bien, pero entonces se topó con un tutor del siglo pasado, con el que no congenió, y, aún peor, con una burocracia educativa del diecinueve, a la que la Convención Internacional de los Derechos de las Personas con Discapacidad (ratificada por España en 2008) le debe sonar no sé si a herejía o a marcianada. Unos y otros quisieron enviar a Rubén a una escuela especial, para niños especiales (¿acaso no lo son todos?), pero ahí estaban sus padres, dispuestos a pelear para que su hijo disfrutase de una escolarización inclusiva, como manda el derecho (la Convención) y la lógica de los tiempos. Y en esa lucha siguen… ¡Mientras el chico lleva cinco años estudiando en casa! 

Ni el procedimiento contencioso iniciada por la familia (que va camino de Estrasburgo, porque el Constitucional se lavó las manos), ni el apoyo de Down España, ni las 150.000 firmas recogidas han doblegado la férrea tozudez de la Consejería de Educación de la Junta de Castilla y León y de su titular, don Juan José Mateos Otero, que algo bueno habrá hecho en esta vida pero que debería pasar a la historia como el último mohicano del segregacionismo escolar.

Por desgracia, el consejero castellanoleonés no es el único en este país que todavía concibe la educación como un proceso vertical y unidireccional, de aula cerrada (o encerrada) y alumnado uniforme (o incluso uniformado). Por estas latitudes vemos otros casos de chicos y chicas que son enviados a la red de educación especial bajo el supuesto pretexto de que es “lo mejor para ellos”, porque ahí “tienen más medios y especialistas”, y constatamos la apasionante versatilidad de la orientación pedagógica. Cuando los padres responden con firmeza porque consideran que, en realidad, lo mejor para sus hijos es que convivan, crezcan y aprendan con todo tipo de chicos y chicas de su edad, la administración suele dar su brazo a torcer. Y por arte de magia lo que parecía la mejor e incluso única opción deja de serlo.

En el caso de Rubén no ha sido así. Unos padres que defienden el derecho de su hijo a formar parte de esta sociedad, sin exclusiones, han chocado con una administración de vuelo gallináceo. Lo malo es que, cuando ganen, el mal ya estará hecho, nadie podrá devolverle a Rubén estos años; y a los padres sólo les quedará el consuelo de haber ayudado (y mucho) a que algo así no vuelva a suceder jamás. Y lo aún peor es que, cuando el señor Mateos Otero y sus adláteres pierdan, posiblemente les siga sin caer la cara de vergüenza.

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