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Deslocalización y progreso

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"Te voy a contar un secreto, me pongo muy contento cuando me entero de una deslocalización. Personas que se morían de hambre en el Tercer Mundo van a tener trabajo, van a empezar a integrarse en un sistema económico. ¿Por qué debería ser menos solidario con los desgraciados de la India o Bangladesh que se mueren de hambre que con el tío que cobrará indemnizaciones aquí? Es el futuro del mundo lo que está en juego, la paz, la prosperidad. En cuanto al tipo que echan a la calle en Alençon, en vez de continuar cortando burdamente camisetas horribles, recibirá una formación, participará en productos que tendrán el doble de valor añadido, es la oportunidad de su vida. Vivimos en un sistema de la compasión, en el que hace falta drama por todas partes. ¿Me puedes decir por qué no se organizó una fiesta nacional el día en que se cerró la última mina? Tenemos carbón bajo los pies pero ya no hace falta enviar a pobres desgraciados seiscientos metros bajo tierra para intentar extraerlo mientras cogen la silicosis o se libran de una explosión de grisú. Es maravilloso. En vez de eso, tuvimos que soportar un discurso lacrimógeno del estilo es una parte de la historia de la clase obrera que desaparece. ¡Coño, pues tanto mejor! ¿Te gustaría tener a tus hijos en el fondo de una mina? Es extraordinario vivir en un país que tiene carbón bajo sus pies y que puede prescindir de ir a buscarlo, que ya no necesita mandar a personas a arrastrarse como ratas por los túneles y a dar martillazos a algo repugnante. El mundo mejora, nos guste o no".

Serge Othon Weil, uno de los personajes de la obra de Yasmina Reza: En el trineo de Schopenhauer. Anagrama, 2006.

Colgué esta cita en el blog hace ya siete años y hoy, a través de Roger Senserrich, la he vuelto a releer. No comparto la tesis y es probable que Yasmina Reza tampoco; no lo dice ella, solo un personaje de una de sus obras. Puede que eso de la "oportunidad" fuese verdad para aquellos obreros que se quedaban deslocalizados en 2006, pero hoy, con un 27% de desempleo, no hay duda de que no es así. Seguro que muchos parados preferirían estar hoy en el fondo de una mina –que hace tiempo que no son esos pozos de silicosis y grisú de la revolución industrial– que al final de la cola del paro.

Sin embargo, es cierto que el mundo progresa, aunque sea lentamente: los datos de los últimas décadas sobre reducción de la pobreza mundial son esperanzadores. Pero no está tan claro que no pueda progresar aún más, o que la única manera de industrializar a los países pobres sea así, al estilo de Bangladesh: cumpliendo con todos los pasos de explotación laboral que tuvimos durante el siglo XIX durante la revolución industrial y sin que ese proceso se pueda acelerar, a través de la presión de los propios consumidores y de la diplomacia de los países prósperos que pongan freno al trabajo infantil y a las condiciones infrahumanas de algunas fábricas.

También es cuestionable que las indeseadas consecuencias de la globalización no se puedan paliar: que el aumento de la desigualdad en el primer mundo y la perdida de poder adquisitivo de las clases trabajadores sean algo inevitable; que la precariedad que provoca la globalización en los países desarrollados no se pueda compensar por medio de políticas redistributivas que eviten dejar al obrero deslocalizado en la miseria y (al menos en España, donde esto también se recorta) sin posibilidades de reciclaje laboral ni educación. Sin embargo, la provocadora cita es un buen arranque para el debate. ¿Cómo lo ves tú? Cuéntalo en los comentarios.

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