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Decidieron matar, les obligaron a parar

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Los que piensan que fue el nacionalismo vasco radical el que acabó con el terrorismo de ETA como fruto de un proceso de reflexión impulsado por Arnaldo Otegi “el hombre de paz”, y no como consecuencia del colapso de su estrategia violenta, debieran aclarar qué lugar ocupan en su análisis los siguientes hechos. Primero, a la banda, cuando dejó de matar en 2010, le quedaban un puñado de miembros en libertad frente a más de 600 cumpliendo condena en las cárceles. Segundo, Batasuna, su brazo civil, estaba ilegalizado en España desde 2003, un veredicto que obtuvo después la aquiescencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Tercero, en un puñado de meses, entre noviembre de 2008 y abril de 2009, fueron detenidos los tres jefes consecutivos del “aparato militar” de ETA. Aparte, no estaría de más que se proporcionara una explicación convincente de por qué ese “proceso de reflexión interno” supuestamente tan decisivo llegó con semejante retraso, hasta convertir Euskadi en el último rincón de Europa con un terrorismo doméstico (por diferenciarlo del yihadismo internacional) en activo. La “izquierda abertzale” carecía de cultura democrática y aún hoy no muestra signos de autocrítica, sino orgullo por su pasado y por los que considera que son sus “gudaris”.

Dentro de la campaña exculpatoria en la que está embarcado, Otegi recuerda que en ETA han militado varios miles de jóvenes vascos, como si la cifra otorgara un plus de legitimidad, en vez de suponer una mancha sobre nuestras conciencias. En la misma línea autojustificativa, el nacionalismo vasco radical insiste en que esos jóvenes se vieron obligados a empuñar las pistolas. Dicho sector político concibe del siguiente modo el ciclo del terrorismo en Euskadi: al principio, dicen, las circunstancias les llevaron por el camino de las armas. Al final, ahí sí, aseguran que corrigieron ellos solos el rumbo.

El principal mérito del último libro de Gaizka Fernández Soldevilla, La voluntad del gudari, radica en demostrar que las cosas sucedieron justo al revés. En resumen: los etarras decidieron dedicarse a matar hasta que fueron obligados a parar. Nuestro autor no ignora que en ciertas coyunturas hay más gente dispuesta a usar la fuerza para alcanzar un fin político. Pero junto a los factores externos, como la dictadura, Fernández Soldevilla desmenuza otros elementos internos que suelen olvidarse, como las narrativas plagadas de “mitos que matan”, y subraya la capacidad de decisión final de los individuos. En todo momento los sujetos encuentran una variedad de alternativas y la violenta fue una opción minoritaria incluso contra el franquismo. Coincido plenamente con este planteamiento. De hecho, siempre he compartido la perspectiva de la historiadora alemana Ute Daniel, a la que le gusta reclamar para los protagonistas de sus narraciones la misma autonomía de movimientos que requiere para ella misma como ciudadana. A partir de ahí, es obvio que el contexto influye, pero no prescribe el papel de los actores.

Dentro de la campaña exculpatoria en la que está embarcado, Otegi recuerda que en ETA han militado varios miles de jóvenes vascos, como si la cifra otorgara un plus de legitimidad, en vez de suponer una mancha sobre nuestras conciencias

Frente al teocentrismo escolástico, el humanismo renacentista colocó al hombre en el centro de las preocupaciones. En una época de numerosas guerras, el humanismo no encarnó lo opuesto a la violencia, pero al poner el foco en el valor del individuo, preparó el terreno para dignificarlo, para hacerlo responsable de sus acciones. El nacionalismo vasco radical no solo no asimiló principios básicos ilustrados (la tolerancia, las luces de la razón frente al oscurantismo de la fe ciega); ni siquiera hizo lo propio con los del humanismo. Si los escolásticos sometieron a los hombres a los designios de un Dios omnipotente, la “izquierda abertzale”, siglos más tarde, abrazó una nueva religión absoluta: la de la patria, cuya interpretación más ortodoxa exigía, como nos enseñaron Izaskun Sáez de la Fuente y Jesús Casquete, el sacrificio del hereje. Ese hereje era el “txakurra”, el “zipaio”, el “traidor”, el “chivato”, el “oligarca”, el “trafica”… apelativos para deshumanizar al enemigo: España y los españoles.

“No hay nada tan real en nuestro albedrío como la voluntad; en ella se fundan y establecen por necesidad todas las reglas del deber del hombre”, sostuvo Michel de Montaigne en sus Ensayos, tan pronto como en el siglo XVI. Si uno se resigna a considerarse un títere en manos de lo inexorable, automáticamente toda obligación para con los semejantes queda eximida pues, en realidad, no todos seríamos semejantes. Solo habría una idea válida de patria: los que creen en ella son tenidos por iguales, los que disienten son reos de pena capital. Hay un pasaje de La voluntad del gudari que condensa esto: el etarra Kandido Aspiazu explicó a un periodista por qué mató a Ramón Baglietto, militante de la UCD que años atrás le había salvado la vida: “por necesidad histórica (…) por responsabilidad ante el pueblo vasco (…), que nunca fue vencido por los romanos, ni por los visigodos, ni por los árabes. Un pueblo muy distinto al de los españoles”. En esto se prodiga ahora Otegi, en defender que los terroristas no fueron tales, sino víctimas de un conflicto secular. Libros como este son imprescindibles para desmontar las argumentaciones pseudohistóricas, la falacia de que hubo dos bandos iguales enfrentados y la comodidad de presentarse como objeto en vez de como sujeto.

 

* Gaizka Fernández Soldevilla: La voluntad del gudari: génesis y metástasis de la violencia de ETA. Madrid: Tecnos, 2016.

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