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Todos iguales, pero...

A la hora de ampliar derechos, de la teoría a la práctica hay un largo camino

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Tranvía accesible

Tranvía accesible

No sé si sabrán los lectores que Zaragoza vuelve a tener tranvía. Es un transporte ideal para las sillas de ruedas, muletas y bastones... La entrada está a ras de suelo, no hay que subir ni bajar ningún escalón (como sí ocurre en el bus); las puertas se mantienen abiertas el tiempo suficiente para entrar (a diferencia del metro); la pantalla para pasar las tarjetas está a una altura adecuada; en cada sección hay zonas reservadas para retrones o bebés y la gente suele respetarlas; y existe un botón para avisar al conductor de que te bajas en la próxima y así esté pendiente.

No es por hacer publicidad al señor Belloch pero cuando las cosas se hacen bien hay que reconocerlas. Uutilizo el tranvía 4 veces al día para ir y volver del trabajo y me evito el frío y el calor al recorrer el puente que cruza el Ebro. (Ignoro cómo está la accesibilidad en otros tranvías de España; si queréis, explicadlo en los comentarios).

El otro día, sin embargo, recordé que entre la gente normal y amable todavía se mezcla algún cavernícola. Como en cada viaje, entré, miré si había sitio libre para sillas, un hombre se levantó de él, le di las gracias y ocupé el lugar. En la primera parada, hubo trasvase de pasajeros y a mi izquierda (insisto: sitios reservados para sillas, con su cartelito y su recomendación de que los dejes libres si llega un retrón o un bebé) se sentaron una mujer de unos 50 años y otra de unos 70. No se conocían.

Al poco noté cómo la mayor me miraba de reojo. Yo llevaba los cascos auriculares puestos y leía el Twitter, pero la tenía controlada. Después de pasarme revista y mirar el espacio que ocupaba, comenzó a hablar a su vecina, pensando que yo no la oía. Empezó por quejarse de las bicis (aunque no había ninguna): ”¿Por qué tenían que subir al tranvía?” La vecina le dio la razón. Después los carritos de bebé, que ocupaban mucho espacio; la vecina no respondió. Finalmente, dijo: “ Deberían poner un vagón sólo para carritos”.

Ah.... Ésa era la clave. A la mujer le molestaban los carritos de bebé y los, ejem, carritos de retrones. Lo mejor era darles un espacio propio, que se pelearan entre ellos al aparcar y dejaran a los ciudadanos de primera tranquilos (me recordó a los asientos para negros de los buses en EE.UU.).

Tuiteé la frase y al poco me respondieron 2 seguidores:

Es muy difícil que hoy acabemos en un horno (ahora me surge la duda: ¿guardaban los nazis las sillas o las quemaban también?); pero frases como la de la anciana nos traen el nazismo a la mente. Es casi pavloviano.

Lo hace; pero es lenta. El mantra de estos tiempos es que todos somos iguales, que hay que dar oportunidades a todos, facilitar la plena integración... Bla bla bla. Sobre el papel somos todos muy buenos. Pero a la hora de aplicar la teoría, surgen las grietas.

La frase del tranvía me recordó a aquel cliché: “Yo no soy racista pero”. Lo importante, lo que de verdad pensaba esa persona, venía después de la conjunción. Podríamos inventar frases de este tipo con los retrones, y descubrir la reacción de la gente. “Yo estoy a favor de la integración de los retrones pero”:

a) que estudien en colegios propios
b) que se paguen ellos las medicinas y las prótesis
c) que no se junten con mi hijo
d) que trabajen en talleres donde hacen cosas inútiles
e) que vivan hasta los 40 con sus padres; y después con sus hermanos
f) que malvivan en cárceles llamadas residencias
g) que se casen entre ellos
h) ninguna de las anteriores

La última, por supuesto, es la única moralmente válida. La única sostenible a largo plazo, la única que es un primer paso para lograr verdadera igualdad. ¿Cuántos bípedos firmarían alguna de las 7 anteriores (u otras similares)?

En fin. Al escuchar la frase me entraron ganas de responder: “Deberían poner un vagón para viejas cotorras”. Pero preferí tuitear la anécdota y esbozar este post. Es mucho más constructivo.

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