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Una oportunidad para todos los sentidos

El domingo pasado fue Domingo de Ramos. Estamos inmersos en la Semana Santa. Una semana de pasión y fe, para los creyentes, siete días de goce estético para todo el que esté dispuesto a dejarse imbuir por el misterio, la belleza y el arte. Arte visual, me dirán. Pues sí, arte visual que se ve con los ojos físicos, pero que se vive y disfruta intensamente con los otros cuatro sentidos: oído, olfato, gusto y tacto. Se lo contaré, si me lo permiten.

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Como decimos por aquí “Sevilla ya huele a azahar”. La atmósfera seduce los sentidos. A cada cual el que tenga más agudizado. ¿Nunca han venido a Sevilla? Pues se la recomiendo en primavera. No es un tópico. La Semana Santa hay que verla, al menos una vez. Sí, se lo dice una persona ciega. No pongan esa cara de extrañeza. Disfruto enormemente de la belleza de esta tradición tan arraigada en mi tierra. Una tradición que, más allá y aparte del fervor religioso que despierta, es sumamente sensual.

Sensual, como recoge el DRAE,   es “lo relativo a las sensaciones de los sentidos, el gusto o deleite de los sentidos, de las cosas que los incitan o satisfacen”, y la Semana Santa sevillana en ese aspecto es generosa.


Ambiente de fiesta

Les propongo un ejercicio de imaginación. Imaginen que amanece Domingo de Ramos, que están en Sevilla y resplandece el sol. Les invito a venirse conmigo al barrio de Triana, al otro lado del Guadalquivir. Lo propio es caminar por las principales calles de este barrio. Paseamos por la calle San Jacinto, que rebulle de ambiente festivo. El aroma del azahar se anticipa a la visión. Casi siempre se huele antes de verlo entre las hojas verdes de los naranjos.

Las iglesias tienen hoy sus puertas abiertas… Destacan por las colas que hay frente a ellas. Cientos de personas que aguardan para ver a sus imágenes. Se oye la alegría de los niños. Para muchos su primera Semana Santa. Al paso, el perfume de hombres y mujeres, que van o vienen de visitar los templos, que luego se toman unas cañas a la espera de las procesiones.


Contrastes

Cruzamos el Guadalquivir por el puente de Triana. El sol nos acompañará hasta la caída de la tarde. La serenidad de las aguas del río, donde algunos piragüistas se entrenan, afanosos, contrasta con el jaleo de las calles estrechas de Triana. El azahar nos da la bienvenida al pisar la otra orilla.

Vemos un templo abierto. Entramos sin esperas. Ya no hay colas. El fresco de la penumbra nos produce un escalofrío al acceder al interior de la iglesia. Dos pasos aguardan a su día de procesión. Un cordón nos separa de ellos. Huele a velas encendidas y a flores. Deslizo mis dedos por el faldón inmóvil que oculta las trabajaderas del paso, es decir, el lugar previsto para que los costaleros coloquen su cerviz para llevar la imagen de su devoción por las calles de la ciudad. Aprovecho que no hay mucha gente y me permito tocar la madera tallada del paso, los respiraderos cuajados de molduras. El otro paso aguarda detrás, inmóvil. Respiraderos de plata fría. Una quietud que en cuestión de horas romperán la música y el paso de los costaleros.

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Emociones

El sol vuelve a calentar mi cuerpo al salir de la iglesia. Nos adentramos en las calles del centro. Ya se aprecia la afluencia de público que toma posición en las mejores esquinas, en las estrecheces imposibles por las que milimétricamente pasarán los palios de las vírgenes. Un niño rompe a llorar a mi lado. Se le escapó el globo que acababa de comprarle su madre para aliviarle la espera. Aún se puede caminar por la calle. Una hora más tarde, será imposible. Estaremos en la bulla. En la bulla siento la respiración contenida de quien contempla emocionado la imagen que despierta su devoción.

La cruz que abre la procesión pasa frente a nosotros. El cortejo se ha iniciado. Discurren filas de nazarenos, hombres y mujeres vistiendo sus túnicas y antifaces con capirotes portando cirios, aún apagados porque es de día. Oigo las varitas de los nazarenitos más pequeños. Demasiado pequeños aún para llevar velas encendidas. El metal de sus varas se pierde calle abajo. Como estoy en primera fila, y ya la bulla es considerable, mi hombro roza con la capa de un nazareno. Un tejido recio, aunque suave, planchado y flamante para ese día. El guante de algodón blanco de otro nazareno toca las yemas de mis dedos y pone sobre mi palma una estampa de la virgen de esa cofradía. Le doy las gracias y la guardo en el bolsillo de mi chaqueta. No he oído su voz, pero me imagino sus ojos mirándome a través de los ojos abiertos en su antifaz de nazareno que le cubre el rostro.

Arte sonoro

Antes de que pueda darme cuenta, unos tambores retumban en las fachadas de los edificios y al mismo tiempo, una nube de incienso nos envuelve. El paso está cerca, viene precedido de cuatro ciriales y acólitos con sahumerios.

El paso se aproxima. La banda de música que le sigue ha rellenado todos los huecos del aire con una marcha bien conocida por mí. La voz del capataz, la persona que manda los pasos de los costaleros, aún es clara. Guía a sus hombres con palabras firmes, inspiradoras. Los de abajo no ven. Solo caminan y escuchan a su capataz. El paso ya ha llegado a mi altura. Extiendo la mano y toco el terciopelo del faldón. Del interior del paso emana calor humano.

Abajo, los pies enfundados en alpargatas, todas iguales, racheando sobre el asfalto al compás. Al compás de una música alegre que acompaña la tristeza de las lágrimas de cristal sobre el rostro de la Virgen. Esta es una celebración llena de contrastes.

Arriba, en el palio, adornos de orfebrería y bordados invisibles a los ojos de quienes no vemos. Adornos que se oyen. Sonidos casi transparentes, porque se pueden oír si prestamos atención. Son las bambalinas que tintinean suavemente con la mecida del palio. Suena la plata en movimiento, se mezcla con el aroma de las flores que ornamentan el paso. Ráfagas de   rosas, claveles, a veces azahares que te sorprenden con la brisa cuando sopla. Y cuando sopla, el viento apaga los cirios y la cera se suma al cóctel de aromas procesionales. ¿Se puede o no se puede disfrutar de la Semana Santa a ciegas? Y eso que no he mencionado aun las torrijas chorreantes de miel que se degustan en cualquier cafetería, o los barquillos de canela de los puestos ambulantes, o el cartucho de pescaito frito en papel de estraza de las freidurías antiguas del centro de Sevilla.

Un golpe seco en la delantera del paso y este se detiene. El paso descansa sobre sus cuatro zancos y los hombres de debajo levantan los faldones para tomar aire y refrescarse. Este domingo el sol aprieta. Aguzo el oído y les escucho un rato. A la voz del capataz vuelven a sus trabajaderas y al toque del llamador, levantan el paso en una “levantá” que llega al cielo. Oigo el gemido de los costaleros cuando el paso les cae a plomo sobre los hombros. Me doy cuenta, entonces, de que durante unos segundos he dejado mi respiración en suspenso.

El paso se pierde con el tintineo de sus bambalinas calle abajo. Ahora la música ocupa mis oídos. La banda avanza: primero la percusión, los metales y los instrumentos de viento que cierran la formación. El murmullo de los seres humanos congregados vuelve a ocupar la atmósfera de la calle. Nos ponemos de nuevo en movimiento para buscar otra cofradía, en otro lugar.

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Intimidad

De pronto, el aroma fuerte y espiritual del incienso rodea a los que esperamos a la vuelta de una esquina el paso de un crucificado, y se mezcla con el avainillado que desprende un puesto callejero de buñuelos. Este paso no lleva música. Reina el silencio, solo interrumpido por las golondrinas que rompen el cielo con sus graznidos. A mi lado, oigo a un niño pedir cera a los nazarenos, que ahora se han detenido frente a nosotros. Ya llevan los cirios encendidos. Es una tradición entre los niños hacer bolas de cera durante los días de Semana Santa. Emanaciones de cera caliente vuelan hasta los naranjos y se funden con el aroma de sus flores. Respiro intimidad en medio de la multitud.

Sabores

Tras el paso de esta cofradía, recalo en cualquier tasca de sabor antiguo para alimentar también el cuerpo. Huele a cerveza y a buen jamón. El público del local charla animadamente. Se me quejan los pies después de unas cuantas horas de cofradías, callejeando y esperando a ratos a pie quieto.

Aromas, sonidos, sabores, espiritualidad, es esa Semana Santa que no se ve pero que les invito a conocer. Denle una oportunidad a todos sus sentidos.

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