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Coyuntura fluida y nuevo sujeto constituyente

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España atraviesa una fluida coyuntura política donde se esboza cada vez más claramente un horizonte de crisis de representación. La estabilidad generada por los partidos mayoritarios a lo largo de las últimas décadas, que han sumado en torno al 90% de los sufragios (salvo en los subsistemas políticos de los comunidades de los llamados nacionalismos históricos), está periclitada. En las encuestas, hoy los grandes partidos de implantación nacional ya están a punto de descender la frontera psicológica del 50% de opción de voto. Una situación susceptible de empeorar con la agudización de la crisis social, el rescate y el pago cada vez más oneroso de la deuda y, sobre todo, con la ya inocultable corrupción del sistema partidario.

La ilusión abierta en amplios sectores sociales por el despertar juvenil durante el 15M parece estar disipándose a lo largo de los últimos meses, porque nada parece cambiar a pesar de intensas “mareas” de movilización que ya el conjunto de la sociedad está realizando para resistir el desmantelamiento del Estado de bienestar y de derecho.

La regeneración política se muestra compleja ante la ausencia de diagnósticos compartidos entre las diversas fuerzas políticas, enfrascadas en sus movimientos tácticos para sacar ventaja en los próximos comicios. La dificultosa colaboración de viejos aparatos partidarios y nuevas redes sociotécnológicas requiere de recursos humanos y materiales hoy comprometidos en penosas luchas intestinas. Los grandes se conforman con no perder mucho, los pequeños con ganar un poco y poder seguir manteniendo clientelas de supervivencia. 

No obstante, con la gente insistentemente en la calle se ha iniciado una importante movilización cognitiva. Se han dado ciertas convergencias intergeneracionales entre despolitizados en diálogo con los politizados de diferentes tradiciones ideológicas, que incluso han rebasado el campo de identidades tradicionalmente etiquetado entre izquierdas y derechas.  Lentamente se van perfilando unas mayorías sociales y morales que reclaman nuevas reglas del juego, tras haber sido estafados con sus viviendas, sus ahorros, sus impuestos y sus derechos.

¿En qué condiciones están las actuales élites políticas para promover unas nuevas reglas de juego creíbles para estas mayorías emergentes? En la derecha la corrupción gangrena velozmente sus filas superiores al tiempo que abre brechas en las inferiores con dimisiones, renuncias y posicionamientos críticos, también ya presentes en los medios de comunicación habitualmente afines. Se abre un nuevo juego de alianzas en el centro político.

En este sentido, es significativo que el partido que más adhesiones ha recogido del 15M en términos de militancia y simpatizantes esté siendo UPyD, que con su presencia en el caso judicial contra Bankia ha conseguido marcar distancias y evidenciar la subordinación de los principales partidos respecto a la viscosa banca madrileña. No obstante, su futuro electoral  prometedor es muy probable que se vea lastrado por las prácticas parlamentarias de sus cúpulas, siempre dispuestas a encabezar iniciativas de impacto mediático pero aliadas de los grandes partidos en las formas “tradicionales” de relacionar cúpulas y bases, y también en el fondo de su concepción de la representación y del hacia dónde con la organización social.

El espacio de centroizquierda ocupado por el socialiberalismo del PSOE no parece dar señales de despegar por las dificultades derivadas tanto de su incapacidad de renovarse generacionalmente, que lo sigue sometiendo a las apariciones salvacionistas de la vieja guardia. Como de su falta de energía para renovar un programa y trazar algunas líneas rojas como reclaman buena parte de sus mejores cuadros intelectuales carentes de cualquier poder orgánico, cuestión evidentemente vinculada a su histórica falta de democracia interna y las hipotecas corporativas de sus más altos representantes en constante tránsito entre la política y consejos de administración.

Por su parte, en el espacio de la izquierda legislativa ocupado por Izquierda Unida, también se intensifica la guerra generacional y las distintas familias se rearticulan en espacios pretendidamente nuevos. La operación Izquierda Abierta liderada por Llamazares junto a eternos enemigos parece haber repescado al exjuez Garzón nuevamente para la política, aunque parecen dudar si disputarse un espacio organizativo siempre controlado por la geometría interna tan variable del PCE, o salir a la disputa electoral en solitario con su pretendido nuevo comodín.

El Frente Cívico impulsado por Anguita parece buscar una reflexión crítica apoyada por la militancia más abierta del PCE para intentar promover un nuevo espacio cívico-republicano de referencia para la izquierda ante las expectativas de descomposición organizativa de IU.

La Izquierda Anticapitalista que quiso aprovechar el coyuntural tirón electoral del troskismo francés carece de recursos para ganar la atención del electorado pese a su esfuerzo militante pegado a los movimientos sociales de base. Los espacios de la autonomía social ligados a centros okupas y núcleos activistas coquetean por vez primera con la idea de algún tipo de partido político tras el éxito de las Candidaturas d’ Unitat Popular en Cataluña, ayudados por sus capacidades en el manejo de las nuevas tecnologías.  

Lamentablemente por separado, ninguno de estos vectores podrá aprovechar la coyuntura para impulsar el sujeto portador de un nuevo proyecto constituyente que logre definir el sentido ideológicamente otrora orientador de la izquierda, centro y derecha. Si en las próximas elecciones sus liderazgos se conforman con pequeños porcentajes electorales, la sociedad española no contará con ellos. De ahí la perentoria necesidad de apoyar los esfuerzos transversales lanzados desde diversos colectivos para una convergencia en un espacio político más ambicioso, favorable a la regeneración democrática, el relanzamiento productivo y de decidido apoyo mutuo hacia y con los sectores populares, acorde a la coyuntura que se avecina.

Es fundamental (in)formar ese espacio, en el sentido de conseguir información y datos para que su discurso y agenda ganen adhesiones sociales masivas. Y de formarlo organizativamente con una paciente pedagogía política que maneje las dos manos simultáneamente. La derecha, para promover una responsable disciplina con la que acumular recursos organizativos para crecer y poder ilusionar a la sociedad española. La izquierda, para generar los diálogos que se necesitan para cuidar y proteger tanto la diversidad ideológica interna, como la social externa hoy amenazada por la depauperación neoliberal. Ojalá Ada Colau, y las mujeres y hombres comprometidos como ella, ayuden también en este proceso.

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