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Mentir y malinformar es corrupción

El problema en España es que una parte de la autoproclamada “prensa seria” se ha contaminado de los dos virus a la vez: el de la insustancialidad –solo hay que navegar por sus webs dedicadas a la caza del impacto– y el de la ausencia de noticias veraces

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Dicen que Mariano Rajoy disfruta mucho del Marca, un diario deportivo de Madrid de gran tirada. No sabemos si lee más periódicos y libros. La claque y los críticos no ofrecen detalles. Sería bueno que el presidente en funciones –que, según él, dispone de una agenda muy libre–  incluyera en su menú el Sport y el Mundo Deportivo. Y por pedir la luna: el As. Con los diarios deportivos catalanes se aprende mucho sobre el victimismo que rodea al Barça, muy activo pese a los éxitos del equipo y su buen juego. Ese tono de afrenta permanente coincide con el del independentismo. Si leyera Sport y Mundo Deportivo evitaría errores de bulto en su trato con Cataluña. El principal: ser pirómano en jefe, por mucho que se disfrace de bombero.

La prensa deportiva no se suele preocupar en exceso en dar noticias. Es cierto que cada dos por tres anuncian fichajes (que casi nunca se producen). La misión de este tipo de prensa es vender ilusión, sobre todo en verano. Es, salvadas las distancias, parecida a la prensa del corazón, que vende la vida de los triviales revestida de glamur y transcendencia. El paradigma global serían las Kardashian.

El problema en España es que una parte de la autoproclamada “prensa seria” se ha contaminado de los dos virus a la vez: el de la insustancialidad –solo hay que navegar por sus webs dedicadas a la caza del impacto– y el de la ausencia de noticias veraces.

Ya no se informa de lo que pasa, sino de lo que nos gustaría que pasase, o peor: que nos interesa que pase. Sería un ejercicio de transparencia que los medios incluyeran un recuadro con sus accionistas y porcentajes. Solo para calibrar la subordinación.

La opinión abandonó las columnas tradicionales en las que estaba diferenciada para infiltrase en titulares, portadas, crónicas y encuestas. Y no hablemos de los editoriales que, aún siendo espacios de opinión y posicionamiento colectivo, se han transformado en vertederos de amenaza y chantajes. Antes servían para sugerir; ahora son para exigir obediencia debida.

La última investidura fallida, la de Rajoy, se ha convertido en una embestidura contra el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez. Cuando él fracasó en la suya, no hubo ataques al ‘no es no’ del PP; también fueron para Sánchez, el pim pam pum. Parece que en esto hay un cierta desigualdad de trato y contumacia.

La prensa conservadora de Madrid, es decir toda la que se publica en papel, prefiere destacar la supuesta cerrazón de Sánchez en vez de informar sobre las razones de la incapacidad de Rajoy para alcanzar pactos más allá de Ciudadanos. Y ni eso, porque fue Albert Rivera quien dio el primer paso con sus seis propuestas sobre corrupción.

¿Cuál ha sido la oferta formal, clara y pública del PP para atraerse la abstención total o parcial de los socialistas? Ninguna, más allá de cuatro vaguedades disimuladas en un discurso soporífero. ¿Por qué no dimiten Jorge Fernández Díaz y Rita Barberá, símbolos de la barra libre y el abuso de poder? Ese sería un excelente comienzo.

Lo que demanda el PP de Rajoy y sus medios afines (casi todos los de Madrid) es seguir gobernando, y seguir gobernado igual, con los mismos recortes, los mismos corruptos, la misma ausencia de transparencia.

Se repite con Sánchez la exitosa estrategia seguida contra Podemos. Si revisáramos la hemeroteca, comprobaríamos que la inmensa mayoría de la información sobre Podemos ha sido sesgada, con constantes referencias a Venezuela e Irán, informes policiales falsos, montajes del ministro de Interior, o medias verdades. No es fácil leer informaciones honestas y equilibradas sobre los errores de Podemos, que han sido numerosos en los últimos meses, tanto de fondo como de escenificación.

Con Sánchez sucede lo mismo: poca información sobre los porqués y las alternativas. Se dice: “Sánchez lucha por su supervivencia”. ¿Y Rajoy por qué lucha?

No se suministra material sano para el debate; se fuerzan noticias sobre presuntos ruidos de sables en Ferraz. En esas estamos. La orden es disparar contra Sánchez. Se busca descabalgarle del liderazgo del PSOE para que gobierne Rajoy. Se da pábulo y espacio a una pléyade de ex que viven a costa de los presupuestos del Estado para crear un estado de opinión con RTVE al mando de las operaciones.

Nada más terminar la segunda votación, el Gobierno divulgó lo que antes negaba, que manda a José Manuel Soria al Banco Mundial. No es solo por la desvergüenza o el sueldo: 226.000 euros al año libres de impuestos (eso que se ahorra en paraísos fiscales); es el estilo mafioso lo que escandaliza.

Se publican crónicas tituladas y construidas con la opinión del Gobierno, de que se trata de un asunto técnico, no político, sin cuestionar ni una coma. El trabajo de los periodistas es cuestionar todo: las comas, los adjetivos, los sustantivos, los verbos y, sobre todo, los silencios. Nuestro jefe son los ciudadanos, algo compatible con ganar dinero porque la mayor rentabilidad es ser útiles.  

¿Cómo puede representar la imagen de España, la de todos sus contribuyentes, un mentiroso? ¿Dónde queda el afán de Rajoy por luchar contra la corrupción cuando premia y protege a los corruptos? Son preguntas que no se leen en los editoriales ni en los titulares. Padecemos un gigantesco copia y pega de lo que dice el poder, el visible y el no visible. El poder económico no quiere que nada cambie. Su negocio es  este, el compadreo, la recalificación, las contratas a dedo y las fraudulentas.

Mentir es corrupción. Y no hacer muestro trabajo como periodistas es corrupción. La enfermedad que nos azota es más grave y extendida porque nos afecta a todos. No podemos exclamar, ¡cómo son los políticos! porque nosotros no somos mejores. Nos quedan las excepciones, que las hay, en medios y periodistas. Ellos son la esperanza.  

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