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¿Por qué los votantes del PP votan hoy a Ciudadanos?

Albert Rivera y Mariano Rajoy, durante un encuentro en Moncloa

María Eugenia R. Palop

El barómetro del CIS ha premiado a Ciudadanos porque se ha instalado cómodamente en el nicho electoral de un Partido Popular asediado y debilitado tras las elecciones catalanas. Más allá del análisis que pueda hacerse de este barómetro en relación a otros partidos, y considerando que las encuestas hay que tomárselas con calma, creo que hay algunas claves muy interesantes que podrían explicar este ascenso.

1. El franquismo sociológico, propio (aunque no exclusivo) de la derecha pepera, puede perdonar la corrupción y otros delitos continuados, pero no perdona jamás los excesos de indulgencia con quienes osan cuestionar la unidad de España. Está claro que, a juzgar por sus votantes y los no pocos aznaristas del partido, a este Rajoy, caraplasma y elusivo, le ha acabado temblando el pulso en el conflicto catalán. El Partido Popular no ha logrado pasar la prueba para la que se creía sobradamente preparado y ha sido percibido por su militancia como un partido viejuno incapaz de defender los intereses de España.

El PP se ha pasado años echando leña al fuego en Catalunya, jugando a estimular la confrontación radical entre nacionalismos, negándose a negociar sistemáticamente, insultando al pueblo catalán, consciente de que este arduo trabajo habría de reportarle buenos resultados, pero cometió el error de externalizar el conflicto para no confrontarlo, dejándolo en manos de una justicia previamente manipulada, y aplicando un 155 “edulcorado” con la muleta incondicional de Ciudadanos y la ayuda del PSOE. Rajoy esperaba sacarle el enésimo rédito electoral a la parálisis, escondiendo, una vez más, la cabeza debajo del ala, pero esta vez se equivocó, porque en el momento en que pensaba que la tecnificación del asunto le convenía, irrumpió Ciudadanos para demostrarle justamente lo contrario.

Ha sido Ciudadanos quien mejor ha canalizado a la derecha española del “a por ellos” y quien ha rentabilizado mejor la enésima recreación de la política antiterrorista y de los “tiempos dorados” de ETA. Catalunya se ha convertido hoy en la ETA de Ciudadanos, solo que sus víctimas no se cuentan por miles, sino por decenas de miles, porque el nacionalismo español no tiene clase, generación, ni ideología, y, una vez inoculado, es profundamente transversal e intergeneracional.

2. Siendo viejuno el PP, lo cierto es que Ciudadanos no vende tanto lo nuevo como lo viril que, lógicamente, tiene que ver con lo nuevo, pero no solo con eso. Lo viril es juventud, pero es también valentía, fortaleza y crueldad (una simbiosis que han reeditado todas las extremas derechas que en el mundo han sido). Ciudadanos exhibe una política masculinizante propia de marines gringos en la Segunda Guerra Mundial, con la que el PP, por supuesto, no está en condiciones de competir. Una masculinización que muchos echan de menos y que una buena parte de los españoles consideran más que necesaria en los momentos graves de crisis. 

Inés Arrimadas es una mujer que aspira a gobernar como lo hizo Thatcher o como lo hace Angela Merkel; representa un populismo de derechas a lo Esperanza Aguirre (o a lo Susana Díaz), que se adapta a su momento histórico con un discurso de etiquetas fáciles, desclasado, retóricamente feminista y vagamente neoliberal, en el que no hay ni la más mínima reflexión ni el más mínimo compromiso. El “cuñadismo” de salón tiene más acólitos de lo que nos atrevemos a reconocernos a nosotros mismos. Y ahí está también Albert Rivera: una especie de guerrero king size que defiende las fronteras a golpe de machete, acompañado por su leal y fiel amigo, el Sr. Girauta. Un dúo frente al que Mariano Rajoy y Rafael Hernando representan apenas una mueca risible.

3. La derecha española no compra debilidades, solo compra mano dura, pero, además, quiere que se la vendan envuelta en un paquete de simplificaciones autoevidentes: “ser español”, “ser español, catalán y europeo”, “ser valiente”, “ser una, grande y libre”, “progreso y modernidad”; palabras bonitas cuyo significado, aparentemente, todos conocen. Y es que el barroquismo y los excesos explicativos están claramente de más. Los “significantes vacíos” son más rentables si se dejan en manos de la gente y no se explican a diario en una tribuna. La derecha española sospecha de cualquier complejidad discursiva, cualquier devaneo con el mundo de los matices, porque la interpreta como una peligrosa e incomprensible esquizofrenia.

Y lo cierto es que, en buena parte, esta ha sido la gran baza de Rajoy durante años: su austeridad comunicativa, reducida, generalmente, a cuatro frases hechas, algunos lugares comunes o sin fin de mensajes onomatopéyicos. Lo que en la izquierda se consideraba oscurantismo, era para sus votantes un auténtico baño de claridad y sosiego.

Sin embargo, la crisis de régimen ha colocado a Rajoy frente a situaciones complicadas que no siempre ha podido eludir. La moción de censura que lúcidamente presentó Unidos Podemos (en la que se escenificó el trágico paso del refrán al trabalenguas), las sucesivas imputaciones, los procesos judiciales, el descontrol interno de su partido, culminado con el galimatías catalán, ha quemado a Rajoy a la luz de los focos, obligándole a dar más explicaciones de las que su electorado le pide y espera recibir. Y Ciudadanos ha sabido aprovechar este momento crítico, azuzando y jaleando el exhibicionismo pepero, pero, sobre todo, monopolizando la simplificación, la banalidad y la vacuidad discursiva marianista.

4. Y termino con una clave más para entender por qué el barómetro del CIS ha premiado a Ciudadanos. Ciudadanos, tiene un programa de demolición sin fisuras, que ofrece coherencia, estabilidad y seguridad, aunque sea a base de homogeneizar identidades, simplificar el debate y empobrecer a las mayorías. Su seguridad es solo para unos pocos, pero su consistencia ideológica es bien valorada por muchos. De hecho, su consistencia es tal, que el Partido Popular, visiblemente desesperado, solo ha podido discutirle su calculada indecisión en relación a la prisión permanente revisable, y a fin de hacer ver, penosamente, que aún puede disputarle a la extrema derecha. No hay política más loser ni más patética que la que es capaz de pelear enconadamente por los votantes de Vox.

Frente al silencio inmovilista del PP, Ciudadanos siempre apostó por un diseño que no solo no descartaba, sino que alentaba la aplicación indubitada del artículo 155, a fin de asegurar que España fuera solo para los “españoles” y que no había más pueblo que el único pueblo español, sometiendo tanto la eventual descentralización territorial como las políticas sociales a la rígida disciplina de la Ley de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibilidad Financiera. De manera que lo que después ha venido a hacer Montoro y a ratificar el Tribunal Constitucional, no deja de ser una versión descafeinada de lo que hubiera hecho Ciudadanos mucho antes, con menor motivo y sin dar mayores explicaciones.

En fin, aunque el auge de Ciudadanos no se debe únicamente a los votantes del PP, lo lógico es que su ensanchamiento progresivo no se dé por la izquierda sino por la derecha, entre otras cosas, porque llegará un momento en que habrá de fidelizar el voto que ahora solo tiene prestado; eso, claro, si la izquierda no evita que el fenómeno siga creciendo como una hidra y en todas las direcciones. Lo que sí podría hacer, es extraer algunos aprendizajes de su crecimiento.

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