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La empresa será social… ¿o no será?

Como resultado, la actividad de las grandes corporaciones puede acabar imponiendo graves pérdidas a la sociedad, dada su incapacidad para evitar la miopía del sistema que las ha engendrado.

Existen empresas que conjugan el lucro con la iniciativa social

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La conservación del medioambiente debería ser uno de los criterios que movieran a empresas socialmente responsables.

No es ningún secreto que nuestro modelo de producción y consumo está marcado por el imperativo de la expansión del capital y de su flujo continuo. Y así, la historia del capitalismo es más bien la de la búsqueda de distintas formas de sortear los límites al crecimiento y circulación del capital.

Y tampoco lo es que esa espiral de crecimiento indefinido lleva consigo un límite cada vez más difícil de soslayar: las presiones ejercidas por la actividad humana sobre los sistemas biosféricos han alcanzado una escala tal que implican la posibilidad de cambios ambientales abruptos o irreversibles, con las imprevisibles consecuencias sobre la supervivencia y bienestar de amplios sectores de la población mundial. El Stockolm Resilience Centre lo muestra con gran claridad a través de su reconocido trabajo de identificación de las líneas rojas planetarias que ya hemos traspasado o estamos a punto de hacerlo: emisiones descontroladas de CO2, acidificación de los océanos, reducción de la capa de ozono estratosférico, alteración de los ciclos biogeoquímicos del nitrógeno y del fósforo, uso excesivo de agua dulce, cambios en los usos del suelo, aceleración de la pérdida de biodiversidad, dispersión de químicos y aumento de la carga de aerosoles en la atmósfera.

Nos encontramos, pues, dentro de una máquina económica que nace gravemente afectada de miopía: es incapaz de enfocar el largo plazo y no tiene suficiente agudeza visual como para percibir con claridad la realidad que la rodea: 1) las bases del funcionamiento de la biosfera, de la que la actividad económica depende; 2) el razonamiento moral subyacente a esa actividad; y 3) una vida buena y con sentido como su fin último. Una máquina que, en definitiva, no puede ver ni comprender todo aquello que escapa a lo mercantil, por muy trascendental que resulte para la sostenibilidad ambiental, la justicia social y la felicidad.

Buena parte de los mandos que hacen funcionar a esta maquinaria corta de vista están en manos de un tipo de organización: la empresa. Agente que, en sus formatos más dominantes, puede llegar a ejercer un amplísimo poder en la vida política, social e individual. Y es que, en coherencia con la dinámica convencional capitalista, la empresa tiende a operar desde la lógica de la expansión y la competencia coercitiva. Y suele tener el beneficio como guía suprema de sus decisiones. Además, los fenómenos globalizadores no han hecho más que complicar los mecanismos reguladores de su actividad.

Ante tal panorama, ¿estará todo perdido en la arena empresarial para encontrar caminos más compatibles con el mantenimiento de los ciclos de la Naturaleza, y con el cuidado y la compasión como valores esenciales para una vida buena?

Si dirigimos nuestra mirada hacia las grandes corporaciones cotizadas, es probable que el escepticismo sea la respuesta inmediata. Ciertamente, la realidad corporativa está condicionada por los dictados de los mercados financieros y caracterizada por la dilución de las responsabilidades que se derivan de sus operaciones. Situación que genera incentivos para la formación de élites directivas proclives a la apropiación de una parte sustancial del valor creado por los diversos colectivos que intervienen en la vida de la corporación.

Como resultado, la actividad de las grandes corporaciones puede acabar imponiendo graves pérdidas a la sociedad, dada su incapacidad para evitar la miopía del sistema que las ha engendrado. Y ello a pesar de los numerosos esfuerzos individuales -más o menos auténticos, más o menos movidos por la norma del sector- que proliferan dentro de las corporaciones para conducirlas por un camino “más socialmente responsable” o “con una gestión más sostenible”.

Pero nuestro ánimo puede cambiar sustancialmente si observamos a otro tipo de actor empresarial radicalmente distinto: aquél que tiene como razón de ser y como guía de acción permanente un fin no económico, sino, llamémosle así, social. Es decir, un fin alineado con el logro de una vida buena y coherente con las condiciones de funcionamiento de nuestro planeta.

Pero, ¿una empresa no guiada por un fin económico no es una especie de oxímoron? Lo cierto es que el fenómeno existe, y así lo ilustran casos como el de SunnyMoney, una empresa creada por (y propiedad de) la ONG Internacional SolarAid para distribuir a gran escala lámparas solares en África. La misión del “brazo comercial sin ánimo de lucro” de SolarAid es “erradicar las lámparas de queroseno de África para el final de esta década”. O como el de Fiare, agente en España de Banca Popolare Etica, S.Coop, que busca financiar proyectos con impacto social y ambiental positivo, permitiendo canalizar el ahorro y la inversión desde principios éticos y solidarios. O como el de Specialisterne, una empresa nacida de la voluntad de hacer frente a los obstáculos que encuentran las personas con autismo para cumplir con los estándares convencionales del mercado de trabajo.

Para estas organizaciones, expresiones habituales en el lenguaje empresarial como “oportunidad de negocio”, “beneficio”, “riesgo” o “propuesta de valor” cobran un significado diferente, puesto que se definen desde la observación de un problema social (una necesidad de cambio) y desde la voluntad de poner en práctica un proyecto empresarial para resolverlo.

La denominación que se está convirtiendo en la forma más frecuente de aludir a esta idea es la de empresa social (emprendimiento social o innovación social si se pone el énfasis en el impulso creador y el proceso de formación de la organización). Evidentemente, adherirse al término no garantiza una misión auténticamente social y, además, el significado preciso de misión social también puede ser objeto de amplios debates. Para añadir complejidad a la acotación conceptual, otros tipos de organizaciones que no adoptan la forma jurídica de empresa también nacen y son guiadas por fines sociales.

Sin embargo, cabría partir de una cuestión fundamental para identificar a una empresa social: ¿por qué hace lo que hace? Su energía motriz sería la comprensión de un problema social y la voluntad de encontrar soluciones transformadoras. Ese deseo de cambio sistémico no sólo impulsaría el “qué” (la creación del proyecto empresarial), sino que orientaría permanentemente el “cómo” (todas las decisiones involucradas en el proceso de creación de valor).

Pero servir a su misión social no significa renunciar por principio a la potencia del mercado para ampliar su alcance y para generar una fuente de ingresos con visos de estabilidad, menos dependiente de los mayores vaivenes coyunturales típicamente asociados a la donación o a la subvención. Tampoco significa renunciar al uso de prácticas y herramientas empresariales que se han mostrado útiles para el logro eficaz y eficiente de un objetivo, si bien esas herramientas serían aplicadas del modo innovador que el fin social estimula.

Efectivamente, en las empresas sociales tienden a confluir dos lógicas tradicionalmente excluyentes, dejando estéril la disyuntiva lucro-no lucro para poner en el centro de su ser la comprensión de un problema social y su voluntad de cambio. Y ello usando un lenguaje propio del territorio empresarial, fácilmente comprensible por el modelo de pensamiento dominante. Pero, como es también un idioma que surge desde una visión más sistémica y compasiva, la empresa social estaría ofreciendo un ejemplo vivo de posibilidades empresariales más alineadas con los principios de la sostenibilidad global.

Ahora bien, el interés y entusiasmo que la idea de empresa social viene suscitando de modo creciente nos debe hacer recordar que no existen piedras filosofales. La empresa social no puede constituir la vía definitiva para abordar los retos de la crisis ecosocial, sino más bien un camino que, no podemos obviarlo, se encuentra altamente condicionado por estructuras físicas, sociales y mentales fuertemente arraigadas. Estructuras tan arraigadas en nuestros modelos mentales que nos hacen olvidar la imperiosa necesidad de distanciarnos de ellos y revisarlos críticamente: el debate sobre nuestras creencias, ligadas a constructos como trabajo, pobreza, progreso, necesidades, propiedad, ciencia, mercado o participación, entre muchos otros, no debería soslayarse por la aparición de ninguna “piedra filosofal”. La profusión con la que ciertos términos son asimilados por el discurso empresarial hasta vaciarlos de contenido real (como “sostenibilidad”) es buena prueba de esa tendencia.

Desde esta consciencia, hay que reconocer el papel protagonista que hoy ejerce la actividad empresarial en la superación de las líneas rojas planetarias o en la creciente desigualdad. Sólo este motivo justifica que valga la pena mirar con atención al espacio de experimentación y aprendizaje que constituye la empresa social, de modo que facilite el desplazamiento del actual modelo empresarial dominante. Porque los límites se acaban imponiendo, también para la obligada dinámica expansiva de la empresa guiada por el beneficio como principio vital. Quizá, entonces, a la empresa sólo le quede la opción de ser social.


Este artículo refleja exclusivamente la opinión de su autor.


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