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La lista de cantantes prohibidos

En nuestros tiempos de feliz globalización, de redes sociales y medios, el rol del censor se ha democratizado muchísimo. Ahora cualquiera puede indignarse públicamente y esparcir su indignación más allá de su casa, calle, pueblo y país

Vean, como ejemplo, el caso del festival musical de Alcalá, el Urban Fest, que se acabó suspendiendo después de que a nadie le pareciese bien nada

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La Fiscalía recurrirá ante el Supremo la absolución del cantante de Def con Dos

EFE

Si Serrat lanzase ahora su Mediterráneo tendría que vérselas con más de un exaltado. Le acusarían, por ejemplo, de llevarse la luz y el olor de un espacio público sin permiso. Cargarían contra él por simplificación histórica, a ver qué es eso de Algeciras y Estambul, o por perpetuar los estereotipos de género ( eres como una mujer, dice el tontolaba, como si irse pensando en volver no lo hiciesen también los hombres) .

Cada tiempo y lugar tiene sus censores. Difieren en filias, fobias, métodos y razones, pero coinciden en una cosa: el convencimiento de estar en posesión de la verdad. El Antiguo Régimen tuvo a la Iglesia que, a la primera de cambio, te incluía la novelita en el Index librorum prohibitorum y te mandaba al otro barrio. Llegó entonces la revolución y los revolucionarios, cuya verdad era opuesta a la anterior pero sus técnicas muy parecidas, y los fascistas y los comunistas, que solo aprobaban aquellos mensajes que encajaran con la ortodoxia de la semana (porque, extrañamente, hasta las ortodoxias son cambiantes).

En nuestros tiempos de feliz globalización, de redes sociales libres y medios que no lo son tanto, el rol del censor se ha democratizado muchísimo. Ahora cualquiera puede indignarse públicamente y esparcir su indignación más allá de su casa, calle, pueblo y país. Hasta hace bien poco, si un humano quería modificar la realidad circundante a base de bilis tenía que llegar a presidente, Papa, terrorista y/o director de periódico. Ahora basta con aceptar unas condiciones de uso sin leerlas siquiera.

Con todo, los linchamientos de Twitter no dejan de ser la versión amateur de la verdadera censura, esa que solo los rencorosos profesionales saben ejercer. Vean, como ejemplo, el caso del festival musical de Alcalá, el Urban Fest, que se acabó suspendiendo después de que, por resumir, a nadie le pareciese bien nada. El alcalde, del PSOE, vetó a Francisco por insultar a Mónica Oltra a través de Facebook y los populares hicieron lo propio con Def con Dos por, dijeron, añorar al Grapo por Twitter y con el rapero Costa por enaltecimiento del machismo.

Quizá, y con el fin de facilitar las cosas a los promotores de conciertos, alguien debería crear el Index discorum prohibitorum, una lista con todos los cantantes que sean considerados ofensivos por dos o más personas. Yo abro la veda: Pablo Hasel, Bertín Osborne y Soziedad Alkoholika. Y, ya que nos ponemos, incluiría también a Russian Red, que una vez dijo ser de derechas cuando todos pensábamos que era de IU.

La otra opción, quizá más práctica, sería suspender la música en espacios públicos hasta que a la población se le endurezca un poco la piel. No mucho. Lo justo para entender que la cultura debe ser libre. Aunque ofenda.

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