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The Guardian en español

ANÁLISIS

La “Junta de Paz” de Trump para Gaza es un proyecto colonialista atroz para el que busca colaboradores

Imagen de la actividad de la Brigada 99 del Ejército israelí, en el norte de la Franja de Gaza.

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La realidad que afronta el pueblo palestino anticipa un futuro inquietante para la humanidad. Cuando visité recientemente Cisjordania, los palestinos insistían una y otra vez en el mismo punto: Israel ha convertido su tierra en un laboratorio. La tecnología de opresión que ha desplegado — incluida la utilizada en su genocidio en Gaza— abarca desde la vigilancia de alta tecnología hasta los drones militares y la inteligencia artificial en el campo de batalla. Estas tecnologías se han exportado a Estados opresores de todo el mundo. Y la cosa no acaba ahí.

Esto nos lleva a la llamada “Junta de Paz” del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ahora dispuesta a gobernar Gaza. En el apacible pueblo de Sutton Courtenay, en Oxfordshire, donde está enterrado George Orwell, la tierra debería estar temblando. Esto no es paz. Es neocolonialismo en estado puro.

No hay ni un solo puesto reservado para un palestino, y mucho menos para un superviviente de Gaza. Trump presidirá el organismo a título individual y no como presidente de Estados Unidos, es decir, como emperador de Gaza. Entre los miembros invitados se encuentra el ex primer ministro de Reino Unido Tony Blair, despreciado en todo Oriente Medio como artífice de la invasión ilegal de Irak. Si siente curiosidad por sus habilidades en lo que respecta a la reconstrucción de territorios árabes devastados, basta recordar la conclusión de la investigación Chilcot sobre aquella catástrofe: “Reino Unido no supo planificar ni prepararse para el amplio programa de reconstrucción que requería Irak”.

¿Quién más está invitado a integrar la junta? Al menos dos promotores inmobiliarios, entre ellos el yerno de Trump, Jared Kushner, que en su día se jactó del “enorme valor” de las “propiedades frente al mar” de Gaza. El autócrata de extrema derecha húngaro Viktor Orbán. Un multimillonario israelí, Yakir Gabay, y un magnate estadounidense del capital riesgo, Marc Rowan. Según el Kremlin, también ha sido invitado Vladímir Putin, que contribuyó a sentar precedente al reducir territorios de mayoría musulmana a escombros en Chechenia. Israel, eso sí, no está satisfecho, previsiblemente porque el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, figura entre los invitados. Nada que no sea el control total de Gaza les resulta aceptable, pero eso ofrece poco consuelo a una población palestina profundamente traumatizada.

Las pistas sobre el rumbo de este proceso no son nada sutiles. Trump exige 1.000 millones de dólares (unos 920 millones de euros) a cada país para ser miembro permanente y, según el borrador de la carta fundacional citado por Bloomberg, todo apunta a que será él quien controle esos fondos. Hace un año propuso reasentar de forma permanente a la población de Gaza: una limpieza étnica. También difundió un vídeo generado con inteligencia artificial en el que presenta Gaza como un complejo turístico de lujo, con una gigantesca estatua dorada de sí mismo.

El presidente Donald Trump celebra una reunión bilateral con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, el lunes 29 de diciembre de 2025, en el club Mar-a-Lago de Palm Beach, Florida.

Sería ingenuo suponer que ha abandonado esos planes, aunque la presión de los Estados árabes parece haber surtido algún efecto el año pasado, cuando dijo que “nadie está expulsando a ningún palestino”. Eso quedó claro en unos comentarios que pasaron casi desapercibidos durante una reciente rueda de prensa con Benjamin Netanyahu, el primer ministro israelí reclamado por la Corte Penal Internacional por presuntos crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. Trump sugirió que, si a la población de Gaza “se le ofreciera la oportunidad de vivir en un clima mejor, se marcharía. Están allí porque, en cierto modo, no les queda otra”.

Se basó en encuestas que sugerían que casi la mitad de la población de Gaza se marcharía. No es de extrañar: el territorio ha quedado reducido a unas ruinas apocalípticas, sus supervivientes viven en tiendas de campaña, privados de lo esencial para la vida.

Cuando Netanyahu afirma que a los palestinos “se les permitirá salir”, como hizo el año pasado, es evidente que prevé que no volverán. Al inicio del genocidio, respaldó en privado la posibilidad de una “migración voluntaria”, quizá consciente de que su ejército iba a convertir Gaza en un lugar inhabitable. “Nuestro problema es [encontrar] países que estén dispuestos a acoger a los habitantes de Gaza, y estamos trabajando en ello”, dijo a sus aliados hace dos años.

El dominio occidental se basaba en tres pilares: la supremacía militar, el dominio económico y la superioridad moral

Cabe destacar que Israel ha reconocido recientemente a Somalilandia. El presidente de Somalia sugirió que tenía información de que la república separatista había acordado acoger a refugiados de Gaza a cambio. Somalilandia lo niega, pero su ministro de Asuntos Exteriores no lo descartó el pasado mes de marzo. Gaza es un páramo devastado, ahora destinado a convertirse en un negocio lucrativo para promotores inmobiliarios y los cortesanos de Trump.

La iniciativa de Trump no afecta solo al pueblo palestino. La carta fundacional de la llamada Junta de Paz ni siquiera menciona Gaza. El texto parece más bien un intento de construir una alternativa a la ONU: un instrumento tosco para que Trump pueda ejercer el poder estadounidense. En otras palabras, se trata de un modelo, con Gaza actuando simplemente como campo de pruebas.

La caída del poder de EEUU

Sin embargo, si Trump cree que esto servirá a los intereses de la hegemonía estadounidense, le espera un brutal choque con la realidad. El dominio occidental se basaba en tres pilares: la supremacía militar, el dominio económico y la superioridad moral. El primero fue destruido en los campos de exterminio de Irak y Afganistán. El segundo quedó desacreditado por la crisis financiera de 2008. ¿Y la superioridad moral? Siempre fue una estafa, por supuesto, como atestiguan las cámaras de tortura de las dictaduras respaldadas por Estados Unidos en América Latina o la piel desprendida de los niños vietnamitas alcanzados por el napalm estadounidense. Pero, a diferencia de las históricas rivalidades entre grandes potencias, la Guerra Fría se vendió como un choque de filosofías universales: democracia y libertad contra socialismo e igualdad. El colapso soviético se presentó como el triunfo del credo occidental.

Cuando el Ejército estadounidense bombardeó bodas en Afganistán y los soldados norteamericanos fueron fotografiados con sonrisas forzadas mientras prisioneros iraquíes desnudos se apilaban en una pirámide humana en la cárcel de Abu Ghraib, en Irak, aquellas pretensiones morales se desmoronaron. Cuando los demócratas estadounidenses armaron y facilitaron la liquidación de Gaza, la bancarrota moral de Estados Unidos quedó al descubierto como un fenómeno bipartidista.

Lo que llama la atención de Trump es que ha abandonado incluso la pretensión de superioridad moral. En cuanto a Venezuela, se jacta abiertamente de que las empresas estadounidenses van a “recuperar” el petróleo del país. Atrás quedaron las afirmaciones de que la hegemonía estadounidense está impulsada por el deseo de proteger la libertad de toda la humanidad; atrás quedó “un país llamado a ser una luz para las naciones, una ciudad brillante sobre una colina”, como dijo Ronald Reagan.

La cruda honestidad de Trump no hace más que acelerar la caída del poder estadounidense. La supremacía moral siempre fue un engaño, pero era una mentira útil. Al menos le valió cierto apoyo y aquiescencia. Ahora que ha muerto, el mundo estará aún más ansioso por pasar página y dejar atrás a unos dirigentes fracasados.

Traducción de Emma Reverter.

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