Llanto por The Washington Post
“Esperaba lo peor, pero lo peor es peor de lo que esperaba”, ha declarado Marty Baron, ex director de The Washington Post, en una entrevista concedida a María Ramírez para elDiario.es. Es una confesión tan dolorosa como lúcida que puede aplicarse al periódico de la capital estadounidense, al periodismo en general y, ya puestos, al estado de las cosas en la aldea local y en la global.
Lo que llevamos de 2026 está resultando desconsolador. Aún no habíamos salido en España del dolor y el desbarajuste causados por el accidente ferroviario de Adamuz cuando hemos sufrido algo parecido al Diluvio Universal. En realidad, no me extraña: demasiada gente circulando en trenes por infraestructuras fatigadas, demasiadas construcciones en zonas inundables en plena crisis climática, demasiado querer hacer dinero a espuertas como si no hubiera un mañana.
En cuanto al mundo, sigue estremecido por los delirios autoritarios e imperialistas de un Trump que, además, empieza a dar síntomas manifiestos de demencia senil. Da mucho susto imaginar que termine como el Hitler encerrado en el búnker de la cancillería de la película El hundimiento. Para entonces, Hitler ya no tenía ejércitos a su disposición, pero Trump sí los tiene, y con armas nucleares.
Pero hoy quiero hablar del Post, el diario al que estuve suscrito durante los cinco años que viví en Washington. Ustedes ya saben que en 2013 lo compró Jeff Bezos, el dueño de Amazon y una de las tres personas más rica del planeta, y que Bezos está ahora procediendo a un despido masivo de su plantilla y a un recorte sustancial de sus servicios informativos. Lo hace, argumenta, para ahorrarse las pérdidas económicas del periódico, cifradas en 100 millones de dólares en 2024.
Ni yo ni nadie se cree el pretexto de Bezos: esos 100 millones anuales son para él como para nosotros unos cien euros. Su fortuna, estimada en 250.000 millones de dólares, le permitiría soportar siglos de perdidas en el Post. El pasado verano, Bezos se gastó medio centenar de millones de dólares en celebrar su boda en Venecia. Y a su esposa le regaló un anillo de diamantes valorado en más de 10 millones.
Marty Baron, que dirigió el periódico durante casi una década, ya con Bezos como dueño, no es el único que se malicia que el oligarca quiere cortarle las alas al Post para mejorar su relación con Trump. En las elecciones presidenciales de 2024, Bezos ya prohibió que publicara un editorial favorable a la candidatura de Kamala Harris, lo que le valió la pérdida de buena parte de su credibilidad y de un cuarto de millón de suscriptores. Ahora, coincidiendo con la salida del filme sobre Melania Trump que él ha financiado, da un nuevo paso en la doma del rotativo.
Para mi generación periodística, el Washington Post ha sido un pilar de nuestro modo de entender el oficio como la defensa de los ciudadanos frente a los poderes políticos y económicos. El Post fue el diario que, con las investigaciones de los reporteros Bob Woodward y Carl Bernstein y bajo la dirección de Ben Bradlee, logró sacar de la Casa Blanca al sinvergüenza de Nixon por el caso Watergate. Probablemente, la mayor victoria histórica del periodismo.
Yo recibía el Post todas las mañanas en mi casa de Washington, una vivienda unifamiliar situada frente al Rock Creek Park, a la que solían acercarse ardillas, mapaches y ciervos. Envuelto en un plástico, lo arrojaba al césped un chavalín que circulaba en bicicleta. Era lo que había visto en tantas películas americanas y me encantaba salir en bata, recogerlo y darle una ojeada durante el desayuno.
Era un diario local, con una detallada cobertura de todo lo que pasaba en el DC y los vecinos Estados de Maryland y Virginia, pero también tenía la mejor información posible sobre los asuntos de la Casa Blanca y el Capitolio y competía muy dignamente con The New York Times en materia internacional. En aquel último lustro del siglo XX, seguía siendo propiedad de Katharine Graham, la dama que se había enfrentado a Nixon en defensa de las investigaciones de su periódico sobre Watergate.
Almorcé una vez con Katharine Graham, no mano a mano, sino en un encuentro colectivo con corresponsales extranjeros en la capital estadounidense. Me encantó respirar durante un par de horas el mismo aire que aquella octogenaria anglosajona tan culta, tan educada, tan distinguida con su collar de doble fila de perlas a juego con sus pendientes.
No éramos conscientes entonces de que estaba agonizando todo un tiempo del periodismo, el de los diarios impresos propiedad de familias burguesas, ilustradas y liberales: los Sulzberger y Graham en la Costa Este norteamericana, los Godó y Polanco en España. Pero es lo que estaba ocurriendo. La CNN marcaba el camino de las cadenas informativas de televisión 24/7, y estas cadenas formaban parte de grupos multimedia conectados con el mundo financiero. En paralelo, la información a través de Internet iniciaba su vertiginosa ascensión.
Bezos dijo que compraba The Washington Post para ponerlo al abrigo de estos tsunamis, para preservar su condición de medio adscrito esencialmente a la producción de informaciones verdaderas y relevantes. Sin embargo, no ha tardado mucho en convertirlo en rehén de sus ambiciones globales. Si sus otras empresas quieren contratos con el Gobierno federal estadounidense, la voz siempre crítica del Post debe enmudecer.
Es el fin de un mundo, pero quizá no sea el fin del mundo. El periodismo aún puede seguir dando la batalla en el mundo digital mientras queden lectores que lo deseen independiente y veraz. Lectores que estén de acuerdo con aquello que dijo Thomas Jefferson: “Si tuviera que elegir entre tener un gobierno sin periódicos o periódicos sin un gobierno, no dudaría un momento en preferir lo segundo”.
El funeral de Katharine Graham en Washington, en julio de 2001, fue una de las últimas noticias que cubrí como corresponsal de El País en la capital del imperio. Recuerdo que Ben Bradlee contó que, en una de las últimas postales navideñas que le había enviado su patrona, a la que llamaba amistosamente Kay, ella le decía: “Ben, lo importante es seguir divirtiéndonos”. Pues sí, señora Graham, estaremos vivos mientras no renunciemos a seguir divirtiéndonos.
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