Mando único y culto al líder: Abascal descabalga a los críticos y culmina su diseño del nuevo Vox
Ignacio Ansaldo fue el primer presidente de Vox. Mientras Santiago Abascal preparaba el golpe de efecto de su salida del PP, el empresario firmaba el registro del Ministerio del Interior y apuntaba la dirección de su negocio de jardinería como sede del partido. Pero aquel formulario y su carnet verde con el número de afiliado 0001 son hoy poco más que papel mojado. El edil del Ayuntamiento de Madrid ha sido suspendido de militancia por desobedecer a la cúpula en el descabezamiento de otro miembro fundacional de Vox, Javier Ortega Smith.
Con la caída en desgracia de Ortega Smith, Abascal completa su particular banquete saturnino borrando, 13 años después, el propio nacimiento del partido. Los esqueletos se le acumulan en el armario: Macarena Olona, Iván Espinosa de los Monteros, Rocío Monasterio, Víctor Sánchez del Real, Juan Luis Steegman… Del núcleo fundacional de la formación de ultraderecha queda, en concreto, solo el propio Abascal.
Si 2025 acabó revuelto para la formación de ultraderecha por las denuncias de malversación en la asociación juvenil vinculada a la dirección del partido, acusada de desviar fondos recaudados para los afectados por la dana en Valencia, 2026 ha tenido también un comienzo agitado. Dos frentes abiertos con sendas direcciones autonómicas han acabado en una ruptura interna que contrasta con el momento plácido que vive el partido a nivel electoral.
Por un lado, la decisión de la dirección nacional de quitar a Javier Ortega Smith de portavoz en el Ayuntamiento de Madrid ha generado un quiebre en el grupo municipal, formado por cinco ediles. Dos de ellos se han negado a acatar esa decisión con el argumento de que la elección de la portavocía corresponde a los concejales y no al partido. La respuesta de Abascal ha sido contundente: suspensión de militancia para Ansaldo, el primer afiliado, y para otra histórica de la formación, Carla Toscano.
Por otro, el conflicto en Murcia, donde la cúpula de Vox en la Región dimitió en bloque a última hora de este jueves para forzar la salida de su líder, José Ángel Antelo. Fuentes cercanas al partido señalan a elDiario.es que Antelo mantenía una relación estrecha con Ortega Smith, y mencionan tensiones con Luis Gestoso, portavoz de Vox en el Ayuntamiento de Murcia y miembro del Comité Ejecutivo Nacional, además de una persona muy cercana a Abascal.
Tanto Ortega Smith como Antelo se han plantado contra la orden de Abascal, al que prácticamente todos los purgados del partido acusan de una gestión personalista que no tolera la disparidad de opiniones y que ha acabado por laminar cualquier otra figura de relevancia, tanto a nivel nacional como local.
Lealtad es decir la verdad. Otra cosa es la sumisión, que es a todo decir que sí
“Algunos tendrán que explicar por qué han querido poner a Vox en la tesitura del enfrentamiento y la división”, ha dicho Ortega Smith en el Pleno madrileño. Mucho menos comedido se ha mostrado el hasta ahora líder en Murcia: “Lealtad es decir la verdad. Otra cosa es la sumisión, que es a todo decir que sí, sin tener opinión propia. Sinceramente, yo no he nacido para eso”, le ha espetado públicamente Antelo este viernes.
El culto al líder
“Este reinicio en Murcia responde a la misma lógica que en otras comunidades: no dejar crecer a ningún líder regional. Es una contradicción entre la realidad política y la organización de Vox que solo sabe solucionar Santi con unas podaderas”, asegura un exmiembro del partido que prefiere no dar su nombre.
“Prácticamente toda la familia de fuerzas políticas de extrema derecha apuntan a un culto al líder y tienden a encolumnarse detrás de una persona. Pasa con el Marine Lepen en Francia o con Giorgia Meloni en Italia, donde antes pasó también con Salvini y con Bossi”, reflexiona Franco delle Donne, investigador en la Werkstatt für Sozialforschung Berlin y fundador del proyecto transmedia de divulgación Epidemia Ultra.
“Se busca que nadie sea reconocible”, que sea un “partido-marca en que solo un líder aparezca en todas las elecciones como único candidato”, ha asegurado en una entrevista Iván Espinosa de los Monteros, que tiene el carnet de afiliado número cinco, justo después de Abascal. El exportavoz parlamentario era uno de los políticos con un perfil más alto en Vox y su salida en 2023 fue una de las más sonadas, junto con la de Macarena Olona, un año antes. En octubre de 2024 lo dejó también su pareja, Rocío Monasterio, un día después de que Abascal la destituyera como líder del partido en Madrid.
Prácticamente toda la familia de fuerzas políticas de extrema derecha apuntan a un culto al líder y tienden a encolumnarse detrás de una persona
“Son decisiones que tienen que ver con la forma de entender el poder. Ese orden piramidal y jerárquico ayuda a encarnar los valores del partido en un personaje, a través del cual es mucho más fácil lanzar el mensaje que desde un punto de vista más abstracto, como puede ser un programa electoral”, abunda Delle Donne.
Monasterio se retiró señalando la falta de democracia interna, una crítica que ha ido escalando. Hace un año, alrededor de un centenar de cargos y excargos de Vox se reunieron en un hotel de Madrid para reclamar a Santiago Abascal un congreso de “refundación” para recuperar las señas de identidad con las que nació la formación y, por ejemplo, volver a celebrar elecciones primarias. Denunciaban tener “la dolorosa sensación general” de que les habían “robado el partido” y que no sabían “quién está al mando ni qué rumbo lleva”.
Para la dirección de Vox, la acusación no tiene sentido. “La democracia interna en Vox no consiste en que cada uno haga lo que quiera, sino que hablamos, consultamos, informamos, debatimos y solo después de que hay un conocimiento profundo, decidimos. Las decisiones más difíciles –como fue la de salir de los gobiernos en 2024– las asume Abascal en primera persona, pero jamás ha tomado una decisión sin hablar con todos”, asegura el portavoz nacional, José Antonio Fúster.
El respaldo de las encuestas
La tranquilidad para Abascal y su entorno más cercano en la sede de la calle Bambú es que estas críticas a la falta de democracia interna y la opacidad con la que se gestionan los fondos y se toman las decisiones no hacen mella en el apoyo popular de Vox. Más bien al contrario. Y que el progresivo descabezamiento de sus figuras con mayor proyección tampoco parece restar de cara a las urnas. Al menos, de momento.
Si en las primeras elecciones en las que participó –las Europeas de 2014– se quedó a 1.740 papeletas de obtener un escaño en Bruselas, diez años después sumaba seis eurodiputados. En las generales de 2015, la candidatura de Abascal recogió el 0,23% de los votos. En 2019, más de tres millones y medio de votos le dieron 52 escaños. En las de 2023, otros más de tres millones de sufragios y 33 diputados en el Congreso. Desde entonces, de acuerdo con las encuestas del CIS, el porcentaje de intención de voto sumado a la simpatía a Vox se ha duplicado. En Aragón y Extremadura ha conseguido duplicar sus escaños un año y medio después de salir de los gobiernos autonómicos.
“El electorado de la extrema derecha desde luego pasa mucho más de estas cuestiones”, apunta el historiador Steven Forti. Este experto en ultraderecha explica que, a diferencia del votante de izquierdas, al que las peleas internas pueden impulsar a castigar electoralmente o a no acudir a las urnas, cuanto más a la derecha, menos peso tienen estos temas: “Se vota marca. Y se vota líder”. De hecho, firmeza y decisión son elementos que suman.
“Un líder político tiene que dar explicaciones de por qué alguien sale del partido. Yo no sé por qué salí de las listas y tampoco lo sabe Ortega Smith”, ha asegurado Víctor Sánchez del Real, otro de los ex del partido que se atreven a criticar abiertamente a Abascal. El exdiputado apunta a una disputa de fondo en la crisis abierta en Vox: los históricos versus el nuevo entorno de Abascal, que se ha ido colocando en posiciones de poder interno.
Los ‘arribistas’
“Una serie de personas, algunos que no eran ni siquiera afiliados, son los que toman las decisiones”, describía estos días Del Real. Y apelaba a una metáfora empresarial para describir la situación: “Esto empezó como una startup, y Abascal se quedó con la mayoría de las acciones. Todo bien. Pero que no se falte el respeto a lo que ha sido la génesis de la compañía”.
Con estas palabras defendía a quienes le han dado al partido “mucho tiempo y dedicación, por amor al arte”. “No se pueden acatar instrucciones que atacan de manera arbitraria a una persona inocente que se ha dejado la piel por el partido”, exponía en un mensaje publicado en X Carla Toscano. Un mensaje similar al que lanzó el propio Ortega Smith cuando habló de los comienzos del partido: “Nos dejamos el tiempo y el dinero en levantar este proyecto”.
La vieja guardia arremete contra el nuevo núcleo duro, encabezado por el secretario general (cargo que Ortega Smith ocupó durante seis años), Ignacio Garriga, el eurodiputado Jorge Buxadé y el principal asesor personal de Abascal: Kiko Méndez Monasterio, a quienes muchos de los que se han alejado del partido señalan como ideólogo de esta estrategia de bunkerización.
A principios de mes, Ortega Smith remitió una carta a los miembros de la cúpula de Vox en la que denunciaba la utilización de “la mentira, la manipulación y la tergiversación” para marginarle.
“Me han mandado toda la horda kaleborroka digital”, se quejaba recientemente Del Real, y aludía a “los jefecillos de prensa de sueldos altos [...] que se dedican a acosar a la gente, como hacían los bilduetarras”. Diversas informaciones periodísticas afirman que Vox le paga cerca de 27.000 euros al mes a Méndez Monasterio por su asesoramiento, unas revelaciones que vuelven a poner sobre la mesa otra de las críticas de los disidentes: la opacidad de las cuentas del partido.
Abascal, impermeable a los cuestionamientos, ha lanzado un aviso a navegantes, por si alguien suponía que se abría la espita del debate interno: “Yo he elegido a mi equipo, y es el que manda y va a seguir mandando. No tenemos ningún tipo de miedo a tomar decisiones”.
Para los que ya están fuera, esta actitud supone una herida de muerte al espíritu de los inicios que atrajo a personas de diferentes ámbitos a la política: “Los militantes no abandonarán sus profesiones si no hay continuidad. Vox se llenará de arribistas sin preparación”, dice uno de los fundadores.
El portavoz nacional de la formación niega de plano este análisis de descapitalización y reivindica el poder de la dirección de Bambú. “Descapitalizarnos de verdad sería convertirnos en un partido como el PP o el PSOE, que tienen estructuras federales. Vox es nacional, y así debe seguir. Y lo dice el presidente de Vox Madrid”, zanja Fúster.
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