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Mandela, un Maquiavelo moderno

Según Antonio Estella, la característica que mejor definió a Mandela como líder fue su rol de estratega. Siguiendo los mismos pasos que había descrito Maquiavelo en El Príncipe, estableció un objetivo concreto y lo persiguió con determinación.

Mandela visita junto a Bill Clinton en 1998  la celda en la que estuvo prisionero en Robben Island durante 18 de los 27 años de su condena / Foto: AP

Mandela visita junto a Bill Clinton en 1998 la celda en la que estuvo prisionero en Robben Island durante 18 de los 27 años de su condena / Foto: AP

La casualidad, o quizá algo más que ella, ha querido que en este año 2013 se hayan producido dos hechos de profunda relevancia histórica y política: por un lado, el 500 aniversario de la escritura de El Príncipe, de Niccolo Machiavelli; y por otro, hace apenas unos días, el fallecimiento de una de las personalidades políticas más interesantes (quizá la más interesante) que han existido en los últimos 100 años: Nelson Mandela.

Motiva esta pequeña reflexión sobre ambos hechos históricos un comentario de un analista que oí hace unos días, según el cual, lo más positivo de Mandela fue que “no había en él rastro de comportamiento estratégico: era como era”. Mi argumento es sin embargo el contrario, o casi el contrario: Madiba era efectivamente como era (según cuentan sus hagiógrafos, como John Carlin) pero eso no significa que no tuviera un comportamiento estratégico. Al revés, la sensación que yo tengo es, como argumentaré en estas breves líneas, que su comportamiento era tan estratégico que si Machiavelli hubiera sido coetáneo de Mandela, seguramente le habría reservado un lugar prominente en la galería de personajes que desfilan en el libro del florentino.

Decir que Mandela habría ocupado puesto junto con Cesar Borgia les parecerá a muchos un verdadero sacrilegio. ¿Qúe tendrá que ver el protagonista del episodio en el que, con alevosía, premeditación y una frialdad casi inhumana, Borgia organiza el asesinato de Vitellozo Vitelli, Oliverotto da Fermo, el Señor Pagolo y el duque de Orsini, con el libertador del pueblo sudafricano? Mucho, creo yo; pero siempre y cuando, como aconseja Quentin Skinner (uno de los mayores analistas del escritor florentino) sepamos contextualizar a cada uno de estos personajes y sus respectivas hazañas en su tiempo histórico.

Porque, en efecto, la versión vulgar y popularizada (populista diría yo) que nos ha llegado hasta nuestros días, es la que pinta a El Príncipe, y en general, a la figura de Niccolo Machiavelli, como un verdadero incitador de los peores defectos con los que solemos caracterizar a los políticos (la mentira, el engaño, la corrupción) con el fin de llegar a satisfacer sus objetivos personalísimos. Ya sabemos, “el fin justifica los medios”. Dicha interpretación fue propagada activamente por la Iglesia Católica, que no dudó en clasificar a El Príncipe en el llamado Índice de Libros Prohibidos (Index Librorum Prohibitorum), y para quien el autor florentino era poco más o menos que la encarnación del diablo mismo.

Sin embargo, gracias a la reconstrucción que han hecho del autor florentino y de su obra autores como el antes mencionado Skinner o Maurizio Viroli, la lectura más correcta es la que señala que Machiavelli fue en realidad una personalidad profundamente apasionada, que tenía como objetivo, incluso intelectual, la liberación de Florencia del yugo extranjero y de la influencia de otros estados italianos, en particular, del Vaticano. Para llegar a ese resultado, para llegar al bien común, el pueblo necesitaría un líder, un Príncipe. Y ese Príncipe debería ser “tan astuto como el zorro y tan valiente como el león”. Es decir, debería elaborar estrategias que se adaptaran al entorno en el que el Príncipe se estuviera moviendo, estrategias que luego tuviera el valor de ejecutar, sin olvidar, nunca, que esas estrategias deberían estar al servicio de un fin último: la felicidad de la gente. En el caso de Machiavelli, la liberación de Florencia; en el caso de Mandela, la liberación del pueblo negro en Sudáfrica.

Eso es lo que debió de hacer Mandela: tomarse en serio las enseñanzas de Machiavelli. Lo primero fue establecer un objetivo claro, concreto, preciso: liberar al pueblo sudafricano. Después, desarrolló, al cabo del tiempo, una determinación sin falla decidida a alcanzar tal objetivo. No importaban las dificultades, y mucho menos que le llamaran soñador: el pueblo negro se liberaría del yugo del apartheid. A partir de ahí, diseñó una serie de estrategias (que pasaron incluso por la organización de un grupo terrorista, el Umkhonto we Sizwe, con el que organizó miles de sabotajes y el que, una vez Mandela encarcelado, y quizá sin su aprobación, asesinó a blancos) orientadas a conseguir ese objetivo. Mi consejo en este punto es que no lean los libros de Carlin, dibujan una figura de Mandela rayana en lo esperpéntico. Si quieren saber más de lo que se puede expresar en estas breves líneas para ilustrar esta cuestión, léanse directamente la propia autobiografía de Mandela “El Largo camino hacia la libertad”. El libro sorprende porque es un verdadero pestiño: páginas y páginas describiendo todo lo que tuvo que hacer Mandela para conseguir sus objetivos. Pero precisamente ese aburrimiento casi de funcionario que destila el libro es lo que expresa bien la frialdad, el método, el carácter profundamente estratégico, en definitiva, que tuvo el planteamiento de Mandela.

Mandela fue un gran estratega. Un estratega que entendió perfectamente, por ejemplo, que una vez liberado, necesitaría pactar con los blancos para que la situación del país no fuera completamente inmanejable. Se dice habitualmente que Mandela se curó del virus de la venganza en la prisión de Robben Island. No me lo creo: Mandela debió de sentir deseos de venganza, como cualquier otro hombre al que le hubieran encarcelado durante más de veinte años en la mejor época de su vida. La grandeza de Mandela no está en que no experimentara esos sentimientos: la grandeza de Mandela está en que, aunque probablemente los sintiera, supo refrenarlos estratégicamente, en pos de un objetivo mayor, más importante que él mismo o que la satisfacción de tales deseos: la libertad.

A modo de conclusión, no me resisto a hacer un paralelismo entre Mandela, Machiavelli y la situación que vive nuestro país actualmente. Acuérdense de ambos cuando alguien les diga que “la situación que vivimos es inexorable, no hay alternativa”. Si hubo alternativa en la Sudáfrica del apartheid, ¿cómo no va a haberla en la Europa del siglo XXI? Todo es cuestión de tener grandes líderes que tengan grandes objetivos. Y que (recuerden) sean tan astutos como el zorro para diseñar estrategias encaminadas al cumplimiento de dichos objetivos, y tan valientes como el león para llevarlas a cabo. Es decir, que sean como Mandela: el hombre, el estratega, no el semi-dios.

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