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Gibraltar, cincuenta años después del cierre de la frontera

Aún hoy, cincuenta años más tarde, gibraltareños y británicos le llaman frontera mientras que la diplomacia y los medios de comunicación españoles prefieren llamarle La Verja

Imagen cedida por la oficina de información de Gibraltar

Imagen cedida por la oficina de información de Gibraltar

A un mes de la Velada de La Línea y apenas una semana antes de que el torero Miguel Mateo Miguelín inaugurara “Las Palomas”, la nueva plaza de toros de Algeciras, la dictadura franquista decidió cerrar el paso fronterizo entre Gibraltar y su Campo. Aún hoy, cincuenta años más tarde, gibraltareños y británicos le llaman frontera mientras que la diplomacia y los medios de comunicación españoles prefieren llamarle La Verja. Sólo se ponen de acuerdo, unos y otros, en un topónimo popular, el de “La Focona”, la españolización yanita de “The Four Corners”, como se denomina en inglés a dicha zona.

Se le llame como se le llame corría el 8 de junio de 1969 cuando se cerró: “Podemos Soportarlo, Franco” [We Can Take It, Franco], rezaba como una profecía la portada del Gibraltar Evening Post del 12 de junio de 1969. 

La previsión de bloqueo terrestre, aéreo, telefónico y de todo tipo de comunicaciones ya había provocado la retirada de unos diez mil trabajadores españoles y empezaba otra fractura que afectaba fundamentalmente a la población, el de las familias rotas que sólo acertaban a hablar a gritos desde ambos lados de la frontera. 

Se trataba de poner entre la espada y la pared al colonialismo británico pero en el Campo de Gibraltar nadie entiende por qué España insistía con suerte en buscar turistas en el Reino Unido y encerraba a cal y canto a los supuestos colonos de su Graciosa Majestad. Nadie se explica en la zona por qué tampoco dio los resultados apetecidos la política de escaparate que levantó el complejo industrial de la Bahía de Algeciras –Gibraltar bay para los british—y el despegue definitivo de su puerto. 

En el Gibraltar cerrado, las Trade Union libraron una larga batalla sindical para lograr la equiparación de salarios entre los trabajadores gibraltareños y los británicos. Uno de sus artífices fue José Netto, un veterano sindicalista de avanzada edad actualmente pero que siempre recuerda lo que supuso para él la entrada en contacto con los militantes de la CNT que huyeron al Peñón durante los primeros días de la guerra civil española. Joe Bossano, que luego sería ministro principal de Gibraltar pero que también se batió el cobre como sindicalista, sigue recordando dicha epopeya, al tiempo que recuerda la llegada de trabajadores marroquíes para sustituir a la mano de obra española o el incremento del empleo femenino que en Gibraltar y por estas circunstancias se anticiparía, al menos en una década, a lo que empezaba a ocurrir en buena parte de Europa.

Fabián Picardo y Juan Franco frente a la Verja.

Fabián Picardo y Juan Franco frente a la Verja.

Ante la falta de mano de obra, los empleados públicos tuvieron que desempeñar en los primeros días del cierre oficios tan humildes como el de barrer las calles, mientras que Correos imprimía en España un sello especial para recaudar fondos a fin de buscarle un nuevo puesto de trabajo a quienes habían tenido que abandonar su salario en libras. El cierre de la frontera rompió el corazón bilingüe de Albert Hammond, cuyos primeros grandes éxitos internacionales tendrían lugar durante el cierre de la Verja, que no impediría que Victor Manuel y Ana Belén contrajeran matrimonio en el Peñón, como poco antes del cierre hicieron John Lennon y Yoko Ono, a 20 de marzo de 1969. En aquel Gibraltar que olía a cerrado, el diseñador John Galliano no olvidaría el flamenco que aprendió de su familia linense. 

Verja de la discordia

Aquella vieja verja sobre la que se cerró un candado en 1969 se exhibe ahora en la exposición “Closure”, que el ministro principal de Gibraltar, Fabian Picardo, y el alcalde de La Línea de la Concepción, Juan Franco, acaban de inaugurar en el John McKintosh Hall de Gibraltar. La muestra, que rememora aquel momento histórico y las consecuencias que tuvo, reúne 210 paneles con fotografías, recortes de prensa y objetos relacionados con el cierre de la frontera, así como testimonios audiovisuales de los gibraltareños que se acostumbraron a vivir encerrados bajo la vieja Roca caliza.

“El corte de las telecomunicaciones convirtió el Peñón en una ciudad bajo asedio”, recalcó durante el acto inaugural Joseph García, viceministro Principal, un historiador reputado cuya oficina ha colaborado con el Archivo Nacional de Gibraltar en la organización de este memorial, que podrá visitarse hasta el próximo 14 de junio.  A su juicio, la decisión de Fernando María de Castiella, el ministro español de Asuntos Exteriores, supuso un “evento traumático” pero, a la postre, “reafirmó la decisión de esta comunidad de defender su soberanía británica”. 

La frontera, que en rigor había sido levantada por el Reino Unido a comienzos del siglo XX, permaneció cerrada hasta 1982 cuando se abrió a efectos peatonales pero habría que esperar hasta 1985 para que también cruzara por ella el tráfico rodado. Sin embargo, las causas del cierre se remontan a mediados de los años 50 con la controvertida visita de Isabel II de Inglaterra al Peñón y sus consecuencias aún perduran hoy en cierta medida, tal y como subraya Anthony Pitaluga, comisario de la exposición y Archivista de Gibraltar.

Pitaluga recuerda como la frontera estaba constituida por dos vallas: una española y otra gibraltareña. La española se mantuvo cerrada a cal y canto, mientras que la gibraltareña, ubicada justo junto a ella, se abrió y cerró cada día, con un ritual no exento de pompa y de simbolismo. Aunque ambas vallas estaban muy próximas, las autoridades españolas restringían el acceso a la zona hasta una valla anterior, situada a más de cien metros, lo que obligaba a que quienes querían dialogar con sus familiares, tuvieran que hacerlo a gritos.

Primera página del Gibraltar Evening Post.

Primera página del Gibraltar Evening Post.

No es la primera exposición que se celebra en torno a este acontecimiento, que ya ha contado con otras exhibiciones como la de propuestas plásticas o gráficas en torno a la Verja, que ha comisariado la galerista Magda Bellotti, cuya familia es una muestra viva de lo que supuso aquella separación física entre pueblos y familias: “Lo extraño es que mientras en el interior de Gibraltar hay numerosos testimonios artísticos sobre este acontecimiento, apenas parece que tuvo repercusión en el lado español”, comentaba cuando trabaja en la recopilación de material para exhibirlos. 

También Fabian Picardo, el ministro principal de Gibraltar, cuenta con raíces familiares en la vecina población de Los Barrios, de donde era oriunda su abuela republicana, y en la inmigración maltesa que le da su apellido: “No tengo recuerdos de 1969 porque no había nacido, pero tengo las memorias que me contaban, del gran temor que había, pero también la resolución de que el cierre de la frontera no iba a afectar de ninguna manera a la posición del pueblo de Gibraltar en relación con el tema de la soberanía –comentó durante el acto inaugural--. Pero de lo que nos olvidamos cuando hablamos de política suele ser de la realidad humana que hay debajo de todo esto, que tiene una malevolencia que nace en Madrid y tiene un efecto que parte corazones en la zona, y de eso creo que nunca nos podremos olvidar”.

Entre el Brexit y la supervivencia económica

A Picardo, cincuenta años después del cierre de la frontera, le sigue preocupando especialmente el Brexit y como puede afectar dicho proceso nuevamente al paso fronterizo y a las relaciones personales y comerciales que ahora existen entre Gibraltar y su campo: “Entonces había mucha confusión, tanta como la que existe hoy con el Brexit”, rememora Juan Pecino, uno de los gibraltareños cuyo testimonio puede contemplarse en la muestra y que aún lamenta como, al tener la frontera cerrada, no pudo ir al entierro de su abuela española: “Como yo, sufrieron muchos gibraltareños”,

 Al alcalde linense, cuyo partido independiente ha contado con un amplísimo respaldo y que llegó a proponer la conversión de La Línea en una ciudad autonómica, tampoco se le olvida que su abuela perdió su puesto de trabajo en Gibraltar y varios familiares suyos tuvieron que emigrar. Ahora, le preocupa la supervivencia económica de dicha localidad, cuya suerte se torció definitivamente aquel 8 de junio de 1969, cuando se cerró el candado y el Estado español dejó sin recursos a dicha población, acostumbrada a sobrevivir holgadamente de la economía legal y de la sumergida, en torno al Peñón: “El cierre supuso un antes y un después en La Línea –afirma ahora--. Aquello fue una tragedia humana en todo su sentido. La decisión se tomó sin tener en cuenta a la gente de la zona, los intereses personales que había aquí y la realidad es la que es”.

Después de que la ONU aceptara la incorporación de España, el Palacio de Santa Cruz logró llevar hasta la Asamblea General y el Comité de los 24 la reivindicación de la soberanía española sobre la Roca. A tal fin, en sucesivas sesiones, España intentó un pronunciamiento en torno a la descolonización de la Roca, que fuera favorable a su demanda de retrocesión de la soberanía, basada en el Tratado de Utrecht, entre himnos patrióticos de José Luis y su guitarra o del cantautor fascista De Raymond. Desde finales de los 50, manifestaciones, organizadas habitualmente por Falange o por la Secretaría General del Movimiento, reclamaban «Gibraltar español» por las calles de Madrid. 

Detalles de algunos objetos exhibidos en la exposición.

Detalles de algunos objetos exhibidos en la exposición.

En la XXIII Asamblea General de las Naciones Unidas, celebrada el 18 de diciembre de 1968, este organismo pide a «la Potencia administradora que ponga término a la situación colonial de Gibraltar antes del 1 de octubre de 1969». Lejos de amedrentarse, Gran Bretaña hizo valer la nueva Constitución gibraltareña y se convocaron elecciones, un procedimiento de consulta popular que no gustaba en demasía al franquismo. Así que los acontecimientos se precipitaron.

Fue tal el empeño de la diplomacia franquista en dicha cruzada que la ONU terminó por darle la razón, aunque no llegó a especificar cómo debía descolonizarse el Peñón, a donde el periodista Manu Leguineche, según cuenta él mismo, llegó en 1965 y se paró a mirar un cartel que decía «Nada de concesiones a España», mientras un camarero se enorgullecía de que allí no hubiera limpiabotas como en La Línea o «que al otro lado de la verja trabajaban aún más para malvivir; que de este lado podían expresar sus opiniones; que si alguien llamaba a la puerta a las cinco de la mañana, no era la secreta, sino el lechero; que en la Roca se podía criticar al Gobierno; que la libertad era un preciado tesoro para los gibraltareños. Libertad y nivel de vida».

«Ante el Comité de los 24 en las Naciones Unidas, que dio la razón a España en sus reclamaciones, el embajador de España, Piniés, que durante años tuvo que bregar con el dossier gibraltareño, citó las cifras de la renta anual per cápita: 45.000 pesetas en Gibraltar, menos de 20.000 en España”.

Halcones y palomos

La muestra “Closure” incluye testimonios gráficos de la visita del Duque de Edimburgo a Gibraltar en 1959, con motivo de la creación del Legislative Council, el primer antecedente de la autonomía política de la Roca. La visita de la Reina en 1954, las comparecencias en Naicones Unidas de Sir Joshua Hassan y Peter Isola en 1963, la restricción del paso de turistas a partir de 1965, o el controvertido referéndum de 1967 que precipitó en gran medida el endurecimiento de las medidas españolas, porque sus resultados no dejaron lugar a duda: 12.138 gibraltareños votaron a favor de mantener los lazos británicos y 44 por pasar a soberanía española. 

Frente a las posiciones de los halcones, partidarios del britanismo a ultranza por el que votó Gibraltar y que luego encarnaría el comandante Bob Peliza y su partido Integration with Britain, hubo yanitos favorables a las tesis políticas españolas, a los que se les llamó “palomos”. Tal fue el caso de los hermanos Juan José y José Enmanuel Triay, y de su Partido para la Autonomía de Gibraltar, que se vio completamente aislado de la vida política local, hasta el punto de que el primero de ellos terminó estableciéndose en Algeciras, tras tener que salir precipitadamente de Gibraltar, ante la manifiesta hostilidad de sus convecinos. Su hermano, sin embargo, se quedó en casa, al frente de un influyente bufete del que décadas más tarde saldría catapultado hacia la primacía política local su yerno, Peter Caruana.

La respuesta franquista no se hizo esperar y comenzaron las restricciones. El 24 de octubre de 1967 se llevó a cabo un cierre parcial de la frontera, que afectaría a vehículos y a mercancías, una vez descartado el proyecto de Fernando María de Castiella de elevar una cadena de globos cautivos que rodease al Peñón para impedir la navegación aérea en la zona.

British we stay, exclamaban los titulares de prensa de aquel entonces, cuando en 1969 habría también de promulgarse la Constitución de Gibraltar, una carta otorgada según la diplomacia española pero que le concedió al Peñón mayores competencias que las que habrían de asumir las posteriores comunidades autónomas españolas.

Muchos gibraltareños, como es el caso de Juan Pecino, recuerdan todavía el ejemplo del activista español Gonzalo Arias, quien después de encartelarse por las calles de Madrid contra la dictadura franquista en 1973, desarrolló a finales de los 70 una serie de saltos simbólicos a la Verja, para reclamar su reapertura, lo que le valió dormir en los calabozos o en la cárcel en varias ocasiones, así como diversas multas que él aceptó desde su condición de “aprendiz de no violento”, como gustaba llamarse.: “Era una fuente de inspiración, una persona digna de admiración”, recuerda Juan Pecino.

El cierre de la frontera no provocó el fin del contrabando sino la búsqueda de nuevas vías para practicarlo. El español desapareció prácticamente de la vida pública de Gibraltar, aunque siguiera conservándose en el ámbito familiar. Los yanitos, eso sí, reforzaron sus lazos con el Reino Unido, con todas sus instituciones y universidades, ya que para viajar a La Línea o a Algeciras tenían que hacerlo a través del puerto de Tánger, salvo que tuviesen suficiente dinero como para fletar un yate de los que, más o menos cómodamente, iban y venían desde el Peñón con mucha mayor rapidez. 

Con la Verja cerrada, el Reino Unido también emprendió una política de construcción de viviendas sociales, similar a la que el Estado español desarrolló en barriadas como El Junquillo de La Línea o La Reconquista en Algeciras y como testimonia en el Peñón  la barriada de The Referendum House. Se amplió igualmente la Seguridad Social, Londres auspició que se le ganara terreno al mar y fomentó la construcción naval en el Arsenal, el astillero de la Roca, que terminaría sin embargo siendo privatizado en los años 80, tras el huracán neoliberal protagonizado por Margaret Thatcher, quien tendría un papel determinante en la reapertura de la Verja, aunque antes tuviera lugar la guerra de las Malvinas. 

El camino hacia la reapertura

Tras la aprobación de la Constitución de 1978, con el horizonte de la incorporación española a la OTAN y al Mercado Común europeo, los ministros de Asuntos Exteriores de España y del Reino Unido, a la sazón Marcelino Oreja y Lord Carrington, se reunirán en Lisboa, a 10 de abril de 1980. Allí firmaron un acuerdo que lleva el nombre de la capital portuguesa y en cuyo texto se comprometen a “resolver el problema de Gibraltar en un espíritu de amistad y de acuerdo con las resoluciones pertinentes de las Naciones Unidas”.

Literalmente, como recuerda el periodista español Luis Romero, “el texto de Lisboa establecía el acuerdo para restablecer las “comunicaciones directas en la región”, es decir, la apertura de la verja. En enero de 1982, el presidente Calvo Sotelo visita en Londres a Margaret Thacher y se intercambian dos cartas entre el director general para Europa, Durán-Lóriga, y el embajador británico en Madrid, Parsons, que resultaron polémicas y que Fernando Morán, ya ministro, descalificaría”.

“En Londres –comenta Romero--, durante el encuentro entre primeros ministros, se acordó el 20 de abril como fecha para la puesta en práctica de la Declaración de Lisboa y, por lo tanto, para el inicio de conversaciones y apertura de la verja. La demanda española de reciprocidad, concretada en el tratamiento para los trabajadores españoles en Gibraltar, establecida en la Declaración y más claramente en la primera de las cartas de enero, no fue interpretada igual por los británicos y el encuentro de abril se aplazó primero a dos fechas distintas de junio para, después, quedar en suspenso. La Guerra de las Malvinas no fue ajena a este enfriamiento de las relaciones hispano-británicas”.

Tras la victoria del PSOE en las elecciones generales de octubre de 1982, El primer Consejo de Ministros presidido por Felipe González, a 8 de diciembre de ese mismo año, se acordara la apertura peatonal de la verja sin ninguna contraprestación para una semana más tarde. La Orden Ministerial que regularía el tránsito entre Gibraltar y La Línea lleva fecha de 9 de diciembre y fue a las cero horas del 15 de ese mismo mes cuando tan sólo a efectos peatonales se abrió de nuevo la verja cerrada trece años atrás. Hasta 1985 y tras el acuerdo de Bruselas de 1984, donde España y Reino Unido aceptaron ·que, en el marco de este proceso, serán tratadas las cuestiones de soberanía”, la frontera se mantuvo como estaba entre 1967 y 1969.

Hace unos años, en Londres y poco antes de fallecer, el historiador británico Georges Hills, comentaba: “El cierre de la verja fue el error más garrafal cometido por España, para solucionar el problema de Gibraltar. Le voy a explicar por qué. En los veinte años antes del cierre de la Verja, se casaron cerca de mil doscientas personas con españolas y aparte de esa cifra, hubo bastantes bodas al revés. Un número muy grande para una población aproximada de 25.000 personas. En veinte años, mil y pico de matrimonios hacían que elemento español en Gibraltar fuera bastante grande”.

Cuando Hills redactaba su controvertido libro “El Peñón de la Discordia”, no faltaba gente que le recordase que la Verja cerrada venía a ser como el muro de Berlín: “Se me ha muerto mi abuelo y no puedo ir al entierro. Se me está casando mi hija y no puedo ir salvo que pague un dineral para ir a Algeciras vía Tánger. Para las personas, eso fue un choque dramático muy serio. Los gibraltareños han continuado con esa idea de que son una comunidad distinta. Antiguamente, lo que se hablaba en Gibraltar, en casa y en las calles, era el español. Hoy en día se habla en inglés, la enseñanza es en inglés, pero lo que ni España ni Gran Bretaña han comprendido es que lo que irrita en el Campo de Gibraltar es la pequeña molestia. Y la pequeña molestia continúa cuando se tarda mucho tiempo en poder cruzar de un lado a otro de la frontera. Molesta muchísimo porque les afecta personalmente”. 

Como puede afectarles, cincuenta años más tarde, el Brexit. O la asfixia económica que La Línea sufre. Ahora, el futuro es el que puede sufrir un nuevo cierre.

 

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