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ANDALUCES EMIGRAOS
El día que me partí la cara o por qué defender la sanidad pública

Una ambulancia del 061 circula por una calle del centro de Sevilla.
11 de febrero de 2026 20:51 h

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Hace poco más de una década, estando yo recién llegada a Estados Unidos y todavía con mi visa de turista tuve una caída tonta de la bicicleta y me rompí la mandíbula en tres partes. Lo que se llama común y corrientemente, me partí toa la cara, pero de verdad. 

Los minutos que siguieron a mi caída los tengo grabados en la memoria: unos buenos samaritanos que salieron de sus casas a ayudarme y me preguntaron si quería que llamaran a una ambulancia. 

Yo, en mi confusión por el shock de la caída, no sabía qué decir, y me explicaron, con paciencia, que si no tenía seguro médico la bromita de la ambulancia me podía costar out of pocket (de mi bolsillo) hasta $10.000. 

Estas son las vicisitudes con las que se convive todos los días en un país donde la sanidad pública ni es un derecho ni está garantizada, como es el modelo de privatización de Estados Unidos que los políticos de derechas en España están deseando seguir. 

Tan solo cuatro días antes de caerme de la bicicleta y partirme la cara, mi marido, con el que acababa de casarme apenas un mes antes, me agregó a su seguro médico al que teníamos acceso a través de su trabajo. Parecerá que estoy exagerando para darle efecto dramático a la columna, pero no, os lo juro por Snoopy que así fue. 

Tuve tanta suerte, que no tuve que pagar los $10.000 de la ambulancia, ni los $110.000 que costó la cirugía maxilofacial de urgencia y estancia en el hospital. Lo sé con certeza porque, cuando acabó el suplicio de la recuperación durante la que tuve que comer a través de pajitas por seis semanas, me mandaron una cartita a mi casa enumerando uno por uno todos los gastos en los que la aseguradora había incurrido. 

Es por eso que, en Estados Unidos, el 58% de las personas que se declaran en bancarrota lo hicieron por deudas médicas. La paradoja es que una gran mayoría de ellos tenían seguro cuando se enfrentaron a sus problemas médicos. 

Si no queréis estar un día tirados en una acera sangrando por la boca preguntándonos si es necesario llamar a la ambulancia o si mejor llamo a un Uber, más nos vale valorar lo que nos queda de sanidad pública y defenderla con uñas y dientes

Las idas y venidas del sistema de sanidad privado de Estados Unidos son demasiado complicadas como para explicarlas todas en este artículo, pero sirva decir que de todas las personas que conozco nadie está satisfecho con su aseguradora, y la gran mayoría odian a muerte el servicio que reciben y lo que les cuesta.

Existe esta incorrecta idea neoliberal de que, en un mercado libre donde cada uno elija qué seguro quiere dependiendo de sus circunstancias, la oferta y la demanda serían suficiente para regular la sanidad. Y, para colmo, políticos como el líder de Vox Santiago Abascal dicen que este es el mejor sistema porque así los inmigrantes no se aprovechan de los contribuyentes, a pesar de que sabemos que esto es mentira. De hecho, los inmigrantes usan menos la sanidad pública que el resto de ciudadanos. 

Por todas estas razones y otras más es por lo que no puedo expresar lo suficiente la importancia de defender lo que nos queda de sanidad pública en España. 

Si no queréis estar un día tirados en una acera sangrando por la boca preguntándoos si es necesario llamar a la ambulancia o si mejor llamo a un Uber, más nos vale valorar lo que nos queda de sanidad pública y defenderla con uñas y dientes. 

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