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Permitirse fallar

Mujeres.
9 de marzo de 2023 23:20 h

8

Por dónde empiezo.... Ah, sí, por el cansancio. En los últimos dos años esta palabra se ha convertido en mi inseparable compañera. ¿Cómo estás, Laura? Muy bien (sonrío intentando no parecer una desagradecida, una persona que no se alegra por las cosas buenas que le pasan). Algo cansada, pero bueno, bien, muy contenta (le resto importancia al agotamiento físico y mental que arrastro, el que me ha llevado varias veces a la sala de urgencias, a crisis de ansiedad e insomnio).

Intento estar a la altura una y otra vez en los actos, en las presentaciones, en los coloquios, en los premios. Tener un buen discurso, aportar ideas interesantes, atender a todos, ser simpática, ser elocuente, no decepcionar... En muchas ocasiones he llegado muerta de dolor a estas citas, enferma, y, al finalizar, me he felicitado por haber superado el reto justo antes de desparramarme en alguna cama de algún hotel.

Y antes de seguir, quiero aclarar algo. No soy una adicta al trabajo, no comulgo con la autoexplotación, ni con el sufrimiento para alcanzar metas, ni con el si quieres puedes, ni con nada que huela a coaching motivacional y otros horrores por el estilo. Pero sí que hay un factor que creo que no se tiene en cuenta cuando se habla de poder parar o bajarse de esta sociedad del cansancio, que diría el filósofo Byung-Chul Han. La precariedad. ¿Qué pasa cuando no podemos parar porque no tenemos un colchón que nos sustente?

Es un tema que seguramente desarrollaré en otra columna pero no será en esta, porque hoy en la resaca del 8M yo lo que quería era hablar de otra cosa que me ronda la cabeza y el cuerpo y es precisamente sobre no estar a la altura.

En esta semana del 8M, tras una gran crisis de ansiedad me he propuesto permitirme el fallo, permitirme equivocarme, meter la pata, cagarla.

Debido a este cansancio, me he visto en los últimos actos no dando pie con bola. Mis ideas no fluían, se me olvidaban las palabras, los conceptos, sentía que mi cerebro iba lento. ¿Y creen que me traté bien a mí misma y me dije “bueno, Laura, es normal, estás cansada, no pasa nada”? Obviamente no.

Me he torturado, me he sentido impostora, he tenido pesadillas, he pensado que todo el mundo estaba desenmascarándome como fraude. Y estas pequeñas miserias, que quizá debiera guardarme para mí misma, las cuento porque sé que no soy la única, porque estoy harta de que, especialmente las mujeres, tengamos esta presión de alcanzar la excelencia en todo momento porque muy en el fondo nos han inoculado la idea de que no merecemos estar ahí. Como escribe Annie Ernaux, quizá intento “transformar lo individual e íntimo en una sustancia sensible e inteligible de la que quizá se adueñen unos desconocidos”. Para qué, si no, escribimos.

En esta semana del 8M, tras una gran crisis de ansiedad, me he propuesto permitirme el fallo, permitirme equivocarme, meter la pata, cagarla. Y saber que eso no me invalida como buena profesional, que no hace desaparecer todas las cosas buenas que he hecho y que la igualdad no pasa por que las mujeres tengamos que estar siempre siendo brillantes, sino por que también tengamos derecho a la mediocridad.

La autoayuda se empeña en decirnos que nos trabajemos la autoestima deslizando que el problema está en nosotras mismas pero esto es terriblemente injusto y perverso porque olvida el factor social.

Acabar con el síndrome de la impostora pasa inevitablemente por este camino. La autoayuda se empeña en decirnos que nos trabajemos la autoestima deslizando que el problema está en nosotras mismas, pero esto es terriblemente injusto y perverso porque olvida el factor social. Esa autoestima dañada no nos viene de serie, sino que se va forjando a lo largo de nuestra vida a base de miradas, de comentarios aparentemente sin malicia, de machismo enquistado en la sociedad.

“Enhorabuena por el premio, qué bien que ahora esté de moda que ganen las mujeres”, “como directora tienes una cosa buena a tu favor, y es que eres mujer”, “hoy en este festival presentamos este documental, que está aquí porque apoyamos a las mujeres directoras”. Son frases reales que he tenido que oír en numerosas ocasiones desde que mis documentales comenzaron a ser reconocidos, y podría seguir durante tres o cuatro folios más. Todas han sido dichas con una sonrisa y un gesto agradable. ¿Y saben lo que esconden? Si estás aquí es porque eres una cuota, no lo mereces, tu trabajo no es para tanto, es que las mujeres tenéis ayudita.

Y no voy a pararme en desmontar la falacia de la ayudita, es muy fácil, vayan a leer los datos del informe anual de CIMA (lo tienen en su web). Datos estadísticos que demuestran la situación absolutamente desfavorable de las mujeres en el sector audiovisual.

Las mujeres, cuando llegamos, es porque hemos tenido que escalar un Everest. Y saben qué, yo estoy harta. Yo me quiero sana, me quiero cometiendo errores, porque sobre esos errores he construido lo que soy hoy, quiero saber que si me equivoco no pasa nada, que tengo el mismo derecho que mis compañeros. Creo que si María Lejárraga escribiera hoy una de sus cartas diría “Descansad, mujeres agotadas. Merecéis vuestros espacios, vuestros lugares, no porque seáis siempre las mejores, sino porque también son vuestros. Nuestros.”

Quizá esta columna no alcance las altísimas expectativas que me había propuesto, pero, ¿saben qué? Voy a permitírmelo, me lo estoy trabajando.

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