¡Claro que ladran!: por qué la regulación de las redes sociales es una obligación democrática
La propuesta del Gobierno español de prohibir el acceso a redes sociales a menores de 16 años ha generado un debate que trasciende con mucho la medida concreta. Lo que está en juego no es solo la edad mínima para abrir una cuenta, sino la capacidad de las sociedades democráticas para recuperar el control sobre un entorno digital que ha crecido sin límites, sin contrapesos y sin responsabilidad pública.
Durante años, se nos dijo que las redes sociales eran espacios de libertad, creatividad y conexión. Hoy sabemos que son, sobre todo, infraestructuras de poder. No son meras herramientas: son sistemas que moldean la atención, la identidad, la percepción de la realidad y, en última instancia, la vida democrática. Y lo hacen siguiendo una lógica que no responde al interés general, sino al beneficio privado.
En este contexto, la medida del Gobierno español no es una extravagancia ni un gesto simbólico. Es un intento de poner límites donde antes solo había desregulación, y de proteger a quienes menos capacidad tienen para defenderse: los menores.
El ecosistema digital como régimen de poder
Para comprender la importancia de esta medida, es necesario entender la naturaleza del entorno digital contemporáneo. Como explica Byung‑Chul Han, hemos pasado de un panóptico disciplinario (una torre de vigilancia dentro de una cárcel) a un panóptico digital, un régimen donde la vigilancia ya no se impone desde fuera, sino que se interioriza. La exposición constante, la autoexplotación emocional y la búsqueda compulsiva de validación se han convertido en rasgos estructurales de la vida en las redes sociales.
Este régimen no es accidental. Yanis Varoufakis lo denomina tecnofeudalismo, un sistema donde las plataformas no actúan como mercados abiertos, sino como señoríos digitales que controlan la interacción social, la circulación de información y la atención colectiva. En este modelo, los usuarios no son ciudadanos: son siervos que producen datos y tiempo de pantalla.
La juventud es especialmente vulnerable a esta lógica. No porque sea ingenua, sino porque está en pleno proceso de construcción identitaria. Las redes sociales ofrecen un espacio donde la validación es inmediata, cuantificable y adictiva. Y esa combinación —identidad en formación y dopamina constante— es explosiva.
Musk, Durov y la retórica de la falsa libertad
Las críticas más agresivas a la medida del Gobierno han venido de Elon Musk y Pavel Durov, dos figuras que encarnan el poder privado en la esfera digital. Ambos han denunciado la regulación como autoritaria, paternalista o contraria a la libertad.
Pero conviene analizar desde qué posición hablan. Musk y Durov no son defensores neutrales de la libertad: son propietarios de plataformas cuyo valor depende de captar y retener la atención, especialmente la de los más jóvenes. Su modelo económico se basa en la extracción de datos, la viralidad y la creación de hábitos adictivos. Cuando se plantea limitar ese acceso, lo que está en juego no es la libertad, sino los ingresos presentes y el poder futuro de estos oligarcas.
Como recuerda Carissa Véliz, la privacidad es poder, y quienes menos poder tienen para defenderla son precisamente los menores. Por eso resulta tan revelador que Musk acuse al Gobierno español de autoritarismo: confunde intencionadamente libertad con desregulación, y desregulación con beneficio propio.
Redes sociales como autopistas del autoritarismo contemporáneo
Hay otro elemento todavía más inquietante que debería estar más presente en el debate público: plataformas como las de Musk y Durov funcionan como infraestructuras que facilitan la expansión de discursos autoritarios en el siglo XXI. No porque ellos redacten esos discursos, que también, sino porque sus modelos basados en la viralidad, la polarización y la ausencia de moderación robusta crean el entorno perfecto para que prosperen.
Ricardo de Querol muestra cómo la polarización no es un efecto secundario, sino un modelo de negocio, Baltasar Garzón advierte que el fascismo contemporáneo ya no se presenta con símbolos clásicos como los desfiles militares, sino disfrazado de meme, de influencer o de estética pop, Byung‑Chul Han señala que la infocracia debilita la democracia al fragmentar la atención y saturar el espacio público de ruido… y Javier Argüello recuerda que la realidad ya no se descubre, se fabrica.
Recordemos también los rasgos del “fascismo eterno” que define Umberto Eco: culto a la tradición, rechazo al pensamiento crítico, miedo a la diferencia, frustración individual convertida en resentimiento social, nacionalismo y xenofobia, enemigo externo e interno, populismo cualitativo, neolengua simplificada (como la de 1984 de George Orwell), exaltación de la acción por encima del pensamiento y machismo y culto a la fuerza. La pregunta que nos podemos hacer ahora es ¿pasarían las redes sociales la prueba del algodón de los rasgos del fascismo eterno?
La evidencia científica: salud mental, adicción y vulnerabilidad
La literatura científica asocia el uso intensivo de redes sociales en menores con ansiedad, depresión, trastornos del sueño, adicción a la validación externa, exposición a contenidos dañinos, pérdida de privacidad y dificultades para la concentración y el pensamiento crítico, ¡casi ná!
James Davies describe cómo la hiperconexión funciona además como un ansiolítico emocional que alivia a corto plazo pero empeora el malestar a largo plazo. Si esta hiperconexión es el origen de los males pero también su remedio entramos en un círculo vicioso del que resulta muy difícil salir.
Además, Kate Crawford y Cathy O’Neil nos recuerdan por una parte que la inteligencia artificial que sostiene estas plataformas no es neutral, ya que se construye sobre infraestructuras que concentran poder y desigualdad, y por otra parte nos muestran cómo los algoritmos opacos amplifican sesgos y desigualdades sin que nadie rinda cuentas.
Siendo este el panorama resulta evidente que dejar a los menores expuestos sin filtro alguno es una imperdonable irresponsabilidad colectiva
Regular no es censurar, es proteger
La medida del Gobierno no pretende infantilizar a la juventud. Pretende protegerla en un entorno diseñado para capturarla. Igual que se limita el acceso al alcohol, al tabaco o al juego, limitar el acceso a redes sociales es una forma de garantizar que los menores no queden expuestos a dinámicas que no están diseñadas para su bienestar, sino para el beneficio de otros.
Según Mar España el sometimiento moderno no necesita violencia física, basta con controlar los estímulos y la información y eso es precisamente lo que hacen las redes sociales.
Regular no es un ataque a la libertad. Es una defensa de la autonomía. Y es, sobre todo, un paso necesario para recuperar el control democrático sobre un entorno dominado por oligarcas tecnológicos.
Recuperar la soberanía democrática en la era digital
Como señala Marietje Schaake en una entrevista en eldiario.es, las plataformas digitales se han convertido en actores geopolíticos sin control democrático, y su influencia no se limita al entretenimiento: afecta a la opinión pública, a la seguridad, a la economía y a la salud mental.
La medida de Sánchez abre un debate imprescindible: ¿quién debe proteger a los menores, las plataformas o la sociedad? ¿Quién debe gobernar el espacio digital, los intereses privados o el interés general?
Si queremos un futuro democrático, las respuestas son evidentes. Y la regulación no es solo necesaria: es urgente.
Referencias:
Han, Byung-Chul. Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Herder, 2014
Varoufakis, Yanis. Tecnofeudalismo: El sigiloso sucesor del capitalismo. Deusto, 2024
Véliz, Carissa. Privacidad es poder: datos, vigilancia y libertad en la era digital. Debate, 2021
de Querol, Ricardo. La gran fragmentación. Por qué la era digital nos ha desunido y cómo recuperar la fe en el progreso. Arpa, 2023
Garzón, Baltasar. Los disfraces del fascismo. Cuando la sumisión, la represión y el autoritarismo se imponen al diálogo. Planeta, 2022
Han, Byung-Chul. Infocracia. La digitalización y la crisis de la democracia. Taurus, 2022
Argüello, Javier. El día que inventamos la realidad. El largo viaje de la conciencia desde el big bang hasta la IA. Debate, 2025
Davies, James. Sedados. Cómo el capitalismo moderno creó la crisis de salud mental. Capitán Swing, 2021
Crawford, Kate. Atlas de IA. Poder, política y costes planetarios de la inteligencia artificial. Ned, 2023
O’Neil, Cathy. Armas de destrucción matemática. Cómo el big data aumenta la desigualdad y amenaza la democracia. Capitán Swing, 2017
España, Mar. Así se somete a una sociedad. Cómo mantener el equilibrio y nuestras libertades en un mundo digital. Rocaeditorial, 2025
Sobre este blog
En Abierto es un espacio para voces universitarias, políticas, asociativas, ciudadanas, cooperativas... Un espacio para el debate, para la argumentación y para la reflexión. Porque en tiempos de cambios es necesario estar atento y escuchar. Y lo queremos hacer con el “micrófono” en abierto.
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