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Brujas: ni medievales, ni españolas… pero todavía perseguidas

Adela Muñoz es catedrática de Química Inorgánica en la Universidad de Sevilla.

Alejandro Luque

4 de marzo de 2022 21:33 h

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Como catedrática de Química Inorgánica en la Universidad de Sevilla, Adela Muñoz ha intentado siempre acercar materias complejas a sus alumnos de un modo lo más ameno posible. En este empeño, investigó en el papel de determinadas sustancias en el devenir de la Humanidad, desde la antigua Roma y los Borgia al asesinato de Litvinenko, y el resultado fue el ensayo Historia de los venenos. Aquel estudio le llevó a otra curiosidad, el uso de plantas alucinógenas en supuestos aquelarres. Muñoz empujó esa puerta, y se le abrió un mundo lleno de sorpresas que ahora plasma en un nuevo volumen, Brujas. La locura de Europa en la Edad Moderna, recién publicado por Debate.

La primera de esas revelaciones tiene que ver con los tópicos que rodean a la imagen histórica de las brujas. “Yo fui la primera sorprendida”, recuerda la estudiosa. “El primer error es la ubicación histórica. Relacionamos a las brujas con la Edad Media, que los anglosajones llaman Dark ages, pero que no fue tan oscura, sobre todo para las mujeres. La caza de las brujas surge precisamente más tarde, cuando la Razón se impone y el hombre empieza a ocupar el lugar que hasta ese momento había tenido Dios. Una época tan aparentemente brillante significó para las mujeres quedar a un margen de la sociedad, sobre todo a partir de que las propiedades comunales se fueran privatizando. Se volvieron las candidatas ideales a ser chivos expiatorios de todos los males”.

Otra de las sorpresas que las brujas tenían reservadas a Adela Muñoz tiene que ver con el papel represor de la Iglesia. “He podido comprobar que desde el siglo VIII y IX, la Iglesia decreta que creer en brujas es herético, y perseguirlas un pecado que merece un castigo”. Frente a esta postura, fue creciendo el mito de la existencia de libros misteriosos o grimonios, que daban poder a quienes los poseían. Los más famosos fueron el Picatrix y la Clavícula de Salomón. Y, en España, El libro de San Cipriano y Santa Justina. De las metamorfosis de los grimonios nacieron auténticos manuales oficiales de persecución de brujas. El más importante fue el Malleus Maleficarum, El martillo de las brujas, un código impreso por primera vez en 1486 de marcado acento misógino: en él se afirma que los maleficios son obra de mujeres con más frecuencia que de hombres, y a través de ella “el demonio incita al odio o al amor, impide la potencia generadora y el acto carnal y produce la sensación de castración. Es seguro también que las maléficas pueden tornar a los hombres en animales”.

La caza de brujas fue mínima en España

Por otro lado, siempre se ha pensado que la Inquisición había hecho que España fuera el gran foco de persecución de brujas. Pero las pesquisas de la sevillana le han llevado a la conclusión de que el número de ejecuciones en este país fue insignificante en comparación con los de otros países considerados más desarrollados y menos oscurantistas. “España fue una isla de raciocinio en Europa”, asevera Muñoz. “Mientras que en Francia hubo 5.000 brujas ejecutadas y en Alemania la cifra asciende a 25.000, en España se cuentan 25 o 30 sin contar con Cataluña. Y contando con esta región, como mucho asciende a 500”.

El matiz catalán se debe a que, en el tiempo en que no se reconocía la autoridad de la Iglesia, fueron los tribunales laicos los que administraron esta terrible justicia. “Las ejecuciones no eran, como en otros casos, un castigo de las élites a las clases populares, sino un demanda de estas, que creían que todos sus males se debían a las intermediarias con el diablo”, dice Muñoz.

Según un gráfico aportado en el libro, el epicentro de esta locura se sitúa en un radio de 80 o 90 kilómetros alrededor de la ciudad de Estrasburgo, con zonas de concentración verdaderamente pavorosas. “Baste decir que en Liechtenstein, que tenía 3.000 habitantes, fueron ejecutadas 300 mujeres”, agrega. El Sacro Imperio Romano Germánico ejecutó a la mitad de las personas acusadas de brujería en toda Europa, antes de dar el salto a los Estados Unidos, donde se fundaron comunidades extremadamente puritanas.        

Mujeres sin hombre

El perfil de estas brujas era el de una mujer mayor, por encima de los 50 años, por lo general pobres, en el límite de la mendicidad, a menudo subsistiendo como comadronas o curanderas, “y sobre todo sin un hombre al lado que les diera respetabilidad”, apunta la autora. “En el caso de Zugarramurdi, en el pirineo navarro, también las hubo jóvenes y casadas. Al principio eran más bien del tipo antes mencionado, pero cuando la locura cazadora se desató, fue un ciclón que lo arrasó todo”.   

Un lugar común que sí merece crédito es el del uso de plantas mágicas, capaces de crear ensoñaciones, hacer dormir o matar. “Sus propiedades se conocían desde la Antigüedad y ese conocimiento se transmitía oralmente de generación en generación. A diferencia de los aquelarres o de los vuelos que no dejaban rastro, en casa de muchas brujas se encontraron algunas de estas plantas y ollas con ungüentos. Las referencias a las hierbas empleadas por las brujas abundan en los libros de demonología. Tanto poder se les atribuía que la mera posesión de estas yerbas o alguno de sus preparados fue motivo suficiente para quemar a una persona por bruja”.

Pero el fenómeno de la persecución de brujas dista mucho de ser un asunto exclusivo del pasado. “Hoy existe en muchos lugares del mundo una persecución comparable a aquella, corregida y aumentada. En el África Negra, donde existe una mentalidad mágica muy potente, se sigue practicando. Y lo mismo en otros países hispanos, no solo en el Caribe, sino también en México, donde en 2020 se instituyó el 10 de agosto como el Día Mundial contra la Caza de Brujas”, afirma.

Por otra parte, “en el primer mundo el calificativo de bruja ha adquirido un tinte diferente, en algunos casos incluso con un matiz positivo, como sinónimo de mujer poderosa, rebelde, que no se atiene a las normas. Y al mismo tiempo, recordamos que un diputado del Parlamento andaluz llamó bruja a una diputada socialista que defendía el derecho al aborto. Es una prueba de lo controvertido que sigue siendo el término, empezando por el diccionario de la Real Academia, que define a la bruja por su maldad y su aspecto repulsivo, mientras que brujo tiene un tinte más positivo”.    

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