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Carlos Arenas: “Es el momento de acabar con la resiliencia de las élites y que la gente tome ya cartas en el asunto”

Imagen de la portada del nuevo libro de Carlos Arenas.

Alejandro Luque

Sevilla —
2 de enero de 2026 21:46 h

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A veces un libro empieza con una frase oída de pasada, una idea cogida al vuelo. Es lo que le sucedió a Carlos Arenas (Sevilla, 1949), profesor jubilado del Área de Historia e Instituciones Económicas de la Hispalense, cuando escuchó en un telediario a Esperanza Aguirre hablar de “mamandurrias” para referirse a las subvenciones públicas. No era el único caso; otros políticos se referían despectivamente a estas ayudas como “paguitas”, a sus beneficiarios como poco menos que parásitos de “papá Estado”, y lastres para el desarrollo económico. Ahí, pensó Arenas, había un tema a investigar.

“Me dispuse a estudiar, con muchos datos, las 'mamandurrias' con mayúsculas que las oligarquías han tenido en España desde que el Estado principia, allá por la Baja Edad Media, hasta la actualidad. Las mil formas, métodos y hechos fraudulentos perpetrados con la connivencia de trampantojos mentales y culturales que intentan adormecer a la gente o engañarla”. El resultado es El Estado pesebre (El Paseo Editorial), un minucioso repaso del saqueo histórico de las arcas públicas por parte de esos estamentos privilegiados.

“Desde antiguo, las élites han tomado el Estado como un pesebre y han obtenido sus beneficios, sus prebendas, etc.”, comenta el autor. “Podríamos retrotraernos muy atrás, pero entre los muy llamativos yo destacaría el hecho de que tanto los Austrias como los Borbones, en los siglos XVII y XVIII, vendieran los cargos y los títulos de nobleza, porque necesitaban el dinero para sus guerras. Y quien compraba el título o el cargo, obtenía el rédito, además del honor y la prosapia. El rédito le venía de robar a manos llenas a la gente, desde las instituciones que estaban ocupando. En la democracia actual ya no se venden tanto los cargos, pero sí se venden los políticos, como estamos viendo, y también los jueces. Es una manera indirecta, pero igualmente efectiva, de que las élites sigan ocupando el Estado”.

Otro caso llamativo, añade Arenas, es el de las famosas camarillas del siglo XIX, “como las de María Cristina, la mujer de Fernando VII, o Isabel II. No solamente había monjas o curas absolutamente fundamentalistas, sino que había oligarcas como Salamanca, espadones como Narváez, que hacían, digamos, verdaderos negocios a costa de estar muy, muy cerca de los reyes”. “También podríamos recordar a Alfonso XIII, que estaba implicado en los mejores negocios del país, y no digamos Franco: un dictador que no solamente se benefició él mismo, sino que a todos aquellos que le habían ayudado a ganar la guerra, los puso de oro: a ciertos banqueros, a ciertos industriales, a sus amigos más íntimos, a los generales, favoreciendo la corrupción. La corrupción fue una manera generalizada de acumular capital, permitiendo el acceso al mercado negro a las élites, entre otras muchas maneras de que las oligarquías acumularan capital. Y después, ya en la Transición, son conocidos los grupos de presión, los lobbies, las puertas giratorias… Todo es lo mismo”.

Guerracivilismo latente

Arenas no duda en señalar que todavía hoy perviven estas prácticas: “La misma iglesia sigue trajinando con sus escuelas concertadas y sus universidades privadas. Ahora mismo 'los quirones', ¿no? ¿Quién es el Quirón? Pues más de lo mismo, otra gota más, otro elemento más de algo que viene de muy antiguo. No son pícaros aislados, no son manzanas podridas. Este es el sistema”, asevera. “El libro termina en mayo del 25, pero me hubiera gustado que hubiera terminado hoy. Hubiera contado la historia de 'los quirones' y de la vivienda y las mascarillas y todo ese tipo de cosas. Tenemos una economía, un capitalismo que podemos llamar buscador de rentas, donde el que tiene más poder político se lleva la mayor parte. Digamos que se trata de ocupar el Estado, ser parásito del Estado para, en vez de ganarse el dinero en buena lid, llevárselo con la ventaja política”.

Carlos Arenas.

Ni siquiera la justicia se libra de la lupa del historiador. “Ya vemos cómo las sentencias que deben dar ejemplaridad son dictadas por unos señores que para nada son ejemplares, que lo único que están intentando es dividirse en dos, en plan guerracivilista, a la sociedad española: los que creen que el fiscal general ha estado bien condenado y los que dicen que han estado mal condenados. Yo creo que en España las guerras no necesitan ser ganadas. Simplemente, necesitan que haya guerra, que haya conflicto. Y esta sentencia, como tantas otras, parecen dirigidas en esa dirección. Una especie de guerracivilismo latente para asustar a la gente y que no tome cartas políticas en el asunto”.

Por otro lado, no siempre se trata de meter la mano en la caja de todos: a menudo, el pesebrismo viene de la evasión de impuestos. “Ahí también haría falta un poco de cultura de la solidaridad y de la redistribución de los impuestos. El pobre sí paga, pero yo me lo ahorro”, lamenta Arenas. “Quien vota a Vox y quien vota al PP suele ser gente que dice que para qué va a pagar impuestos, porque van para Sánchez. Pues bien, si no quieren pagar impuestos, que no sean beneficiarios: la sanidad va a ser universal, menos para usted que no paga impuestos; ni puede llevar a sus hijos al colegio público, … Hay mucha gente que tiene la cara muy apretada y está, digamos, para unas cosas, para las maduras, pero para las duras no. Un poquito de conductismo político no vendría mal”.

Enemigos socorridos

Algo que llama también la atención a lo largo del libro es cómo ese saqueo es sistemáticamente blanqueado, permitiendo que los ladrones pasen a la historia como prohombres, salvadores de la patria, dignos de todos los honores. “Suelo decir que, cuanto más grandilocuente sea el mensaje, más tramposos son los mensajeros. Franco es un ejemplo. Cuanto más grandilocuente sea el honor, la patria, el destino, lo universal, no sé cuánto, Dios, etc., etc., más se llevan”.

Y lo mismo se puede decir de la habilidad para que los parásitos siempre sean los otros. “Siempre ha habido un enemigo al que echarle las culpas: el morisco, el judío, el ilustrado, el liberal, el republicano, el separatista, el socialcomunista, el anarquista… El enemigo siempre es el otro. Y hay que emplear la violencia física, moral, cultural, lo que sea, para aplastarlo como una cucaracha. Somos un país de soldados y clérigos, todo lo demás es enemigo”.

Como apuntara antes, hubo oportunidades históricas para que las cosas pudieran ser de otro modo. “A principios del siglo XIX, con la guerra de la independencia de las Cortes de Cádiz, hubo un programa igualitarista que fue abortado. Y fueron abortadas también las propuestas federalistas de los andaluces, entre 1820 y 1873. La primera república fue una república andaluza, porque en Andalucía se votaba masivamente al Partido Federal Republicano. Aquello fue abortado por Pavía, como fue abortada la II República, aunque esta cometió errores de bulto. No se dio cuenta de que abandonando a Andalucía, a su suerte, se abandonaba a sí misma”.

El antídoto contra “los resilientes”

“También se perdió una oportunidad con la Transición, que hizo creer a la gente que el cambio iba para adelante, y lo que fue para adelante fue esta especie de democracia descafeinada y oligárquica que tenemos, en manos de los de siempre. Por lo tanto, ha habido momentos en que bien por la violencia, o bien de forma seductora y tramposa, engañando a la gente, se han impedido los cambios. Pero yo creo que ahora es el momento ya, por fin, de acabar con la resiliencia de las élites, y que la gente tome ya cartas en el asunto. Soy optimista, recordando la frase de Aznar, ”El que pueda hacer, que haga“, pero a la inversa. Cada uno en su ámbito, uno escribiendo libros, otro con el periodismo, otro haciendo política y otro haciendo vida de barrios, hacemos por acabar con los resilientes”.

En efecto, aunque el panorama que se describe en el volumen es más bien desolador, el final apunta posibles soluciones a este mal secular. “Participar en política, no dejarse engañar por la propaganda y acumular capital político”, receta Arenas. “Cuanto más pobre es la gente, menos votos hay, o sea, está tan adormecida y tan golpeada que no participa ni se protegen de esas oligarquías. Tras la pandemia se hablaba mucho de resiliencia, pero resilientes han sido las oligarquías desde el siglo XV. ¿Por qué? Porque ha habido momentos en la historia de España en que se ha podido dar la vuelta al calcetín. Por ejemplo, quizás con las dos Repúblicas, o en la Transición. Y, sin embargo, las oligarquías han sabido recomponerse y mantenerse en el poder. Luego, lo que hay que intentar es que no sean resilientes. Acabar de una vez con ellos, y eso se hace con más democracia, con más transparencia, con menos pactos, con ser un poquito más valientes”.

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