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El silencio del fútbol: reflexiones desde la igualdad

Una aficionada en las gradas antes del partido de la final de la Supercopa de España de fútbol entre el Real Madrid y el Barcelona, en Yeda, Arabia Saudí.

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La reciente Supercopa de España, celebrada en Arabia Saudí, ha dejado tras de sí no sólo la sombra de la controversia por su localización, sino también un lamentable episodio de acoso sexual denunciado por las parejas de varios jugadores del RCD Mallorca. Este hecho, profundamente grave en sí mismo, pone de manifiesto las profundas contradicciones y el doble rasero de las instituciones que gestionan el fútbol internacional. Desde una perspectiva de la igualdad y el respeto a los derechos humanos, ¿qué significa llevar un evento deportivo a un país que vulnera sistemáticamente los derechos de las mujeres y otros colectivos?

El acoso sexual sufrido por las parejas de los jugadores no es un hecho aislado. Es un reflejo de las desigualdades estructurales que persisten en sociedades profundamente patriarcales, y también de cómo los espacios públicos se convierten en escenarios de violencia de género. En este caso, el contexto es especialmente preocupante: una competición organizada en un país donde las mujeres tienen derechos limitados y donde los mecanismos de protección frente a la violencia son, en el mejor de los casos, insuficientes.

Lo sucedido también evidencia el desamparo al que se enfrentan las víctimas. Mientras las denuncias han generado una ola de indignación en redes sociales, la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) ha mantenido una posición que sólo puede interpretarse como cómplice. No se ha exigido una investigación por parte de las autoridades locales ni se ha ofrecido apoyo público a las víctimas. Es más, se ha minimizado y frivolizado su experiencia. Esta falta de acción es, en sí misma, una forma de perpetuar la impunidad.

Además, resulta crucial analizar cómo este tipo de sucesos afectan la percepción de seguridad de las mujeres en los eventos deportivos. Para muchas, el fútbol y otros deportes siguen siendo espacios percibidos como hostiles, donde las agresiones físicas o verbales se trivializan o minimizan. Este incidente no hace más que reforzar esa sensación de exclusión y vulnerabilidad.

El caso pone de relieve una hipocresía estructural en el mundo del deporte: mientras se llenan la boca de mensajes sobre igualdad y lucha contra la violencia de género, las instituciones no dudan en cerrar acuerdos multimillonarios con gobiernos que vulneran derechos humanos. Arabia Saudí, por ejemplo, es un país donde las mujeres no pueden tomar decisiones básicas sin el permiso de un tutor masculino y donde las activistas que luchan por la igualdad han sido encarceladas, torturadas o silenciadas.

La RFEF defiende la celebración de la Supercopa en Arabia Saudí alegando que el deporte es una herramienta para promover el cambio social. Sin embargo, esta narrativa pierde credibilidad cuando no se acompaña de medidas concretas para garantizar los derechos de las mujeres y otros colectivos. En lugar de utilizar el deporte como una herramienta de presión para exigir reformas, las instituciones deportivas están actuando como lavadoras de imagen para regímenes autoritarios.

La pregunta que surge es: ¿qué precio estamos dispuestos a pagar por el espectáculo? El silencio institucional y la falta de una postura firme envían un mensaje claro: el dinero y los acuerdos comerciales tienen más peso que la dignidad de las personas. Esta situación no sólo afecta a las víctimas directas de acoso, sino también a la credibilidad del deporte como motor de cambio social.

En la actualidad, uno de los debates más preocupantes es la posibilidad de llevar también la Supercopa Femenina a Arabia Saudí. Este movimiento, que podría presentarse como un acto de igualdad, sería en realidad una muestra de cinismo. Llevar una competición femenina a un país donde las mujeres no gozan de los mismos derechos que los hombres no sólo es una contradicción, sino también una forma de normalizar las desigualdades.

El fútbol femenino ha sido, durante décadas, un espacio de resistencia y lucha por la igualdad. Permitir que esa lucha se utilice como herramienta propagandística en un país que oprime a las mujeres sería un paso atrás en la conquista de derechos. Si de verdad se busca promover el cambio social, las instituciones deportivas deberían rechazar cualquier colaboración con regímenes que no respeten los derechos humanos.

Además, es importante recordar que el fútbol femenino aún lucha por el reconocimiento y la visibilidad en muchos países, incluido España. Asociar su imagen a regímenes autoritarios no sólo perjudica su crecimiento, sino que también desvirtúa los valores de igualdad que busca representar.

El fútbol, como lenguaje universal, tiene el poder de transformar sociedades. Sin embargo, ese poder conlleva una enorme responsabilidad. La comunidad internacional no puede seguir mirando hacia otro lado mientras las instituciones deportivas priorizan los beneficios económicos sobre los derechos humanos.

Es urgente que se establezcan criterios claros y vinculantes para la organización de eventos deportivos. Estos criterios deben incluir el respeto a los derechos humanos, la igualdad de género y la protección de las víctimas de violencia. Además, las federaciones deben comprometerse a no llevar competiciones a países que no cumplan con estos estándares mínimos.

El papel de los aficionados también es crucial. La presión social puede y debe ser una herramienta para exigir cambios en la gestión del deporte. Es necesario un compromiso colectivo para rechazar cualquier tipo de complicidad con regímenes autoritarios y exigir transparencia y coherencia a las instituciones.

Lo sucedido en la Supercopa de España en Arabia Saudí es un recordatorio doloroso de cómo el deporte, cuando no está guiado por principios éticos, puede convertirse en un espacio de desigualdad y violencia. La RFEF, así como las instituciones deportivas internacionales, tienen la obligación moral de tomar decisiones alineadas con los valores que dicen defender.

El futuro del deporte depende de nuestra capacidad para exigir coherencia y responsabilidad. No se trata sólo de resultados en el campo, sino de lo que sucede fuera de él. Mientras las mujeres, las minorías y otros colectivos sigan siendo vulnerados, no habrá una verdadera victoria.

En definitiva, el deporte debe ser un espacio de igualdad, justicia y transformación social. Sólo así podrá cumplir con su potencial como herramienta de cambio, en lugar de convertirse en un instrumento más de opresión y desigualdad. Es momento de elegir qué tipo de fútbol queremos para el futuro: uno que perpetúe las injusticias o uno que sea realmente un reflejo de los valores que queremos construir como sociedad.

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