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Escalada de tensión política en la desescalada sanitaria

La derecha olió sangre en el Gobierno hace mucho, y aún cree que puede tumbarlo, si no con los datos sanitarios sí con los económicos o los sociales

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El presidente del Partido Popular, Pablo Casado, asiste al pleno del Congreso donde Pedro Sánchez explica las medidas para paliar las consecuencias de la pandemia provocada por el coronavirus, en Madrid (España), a 18 de marzo de 2020 / Europa Press

El presidente del Partido Popular, Pablo Casado. Europa Press

La curva de fallecidos y de contagiados por la COVID-19 va poco a poco desescalando, y la población empieza a ver el final del largo túnel del confinamiento, pero la curva de la confrontación política de la oposición de derechas con el Gobierno sigue en su fase ascendente y disparada. Vox se echó al monte hace ya muchas semanas y el PP, tras sucesivas idas y venidas de duras críticas verbales y tibios apoyos institucionales aprobando las prórrogas del estado de alarma, amaga con hacerlo del todo estos días. Este lunes, ha subido otro escalón, al anunciar el líder de la oposición al presidente del Gobierno que no le apoyará el miércoles en el Congreso en la nueva prórroga.

Las órdenes de Sánchez al Gobierno y a su partido de no entrar en un cuerpo a cuerpo marrullero con otros gobiernos o partidos no logra pacificación ni unidad alguna, la estrategia diseñada en la Moncloa de buscar negociaciones y pactos apenas avanza, la comisión parlamentaria de reconstrucción no acaba de tomar forma. Las relaciones de Pablo Casado con Pedro Sánchez, que eran tibias y se convirtieron en muy malas cuando los famosos 19 apelativos del primero al segundo -traidor, felón, ilegítimo, chantajeado, deslegitimado, mentiroso compulsivo, ridículo, adalid de la ruptura de España, irresponsable, incapaz, desleal, catástrofe, ególatra, chovinista del poder, rehén, escarnio para España, incompetente, mediocre y okupa-, no parece que lleven camino de mejorar. La crisis sanitaria, económica y social por la pandemia se ha convertido ya en una crisis política, de lucha descarnada por el poder, y sin desescalada a la vista.

El Gobierno está débil, tocado, a veces da la impresión de que agotado. No sólo por algunos errores cometidos por acción y sobre todo por omisión, especialmente a primeros de marzo, sino también por la multitud de frentes abiertos en las últimas ocho semanas y por la velocidad y poca reflexión con la que ha tenido que ir tomando decisiones y creando mecanismos normativos y de respuesta a las crisis que nunca hasta ahora se habían ensayado. Débil así mismo por una cierta falta de cohesión interna, con algunos de sus ministros más preocupados por ponerse cuanto antes en las redes sociales una medalla que incluso no les corresponde en exclusiva que por cerrar filas en lo bueno y en lo malo como órgano colegiado que es.

Había miembros del Ejecutivo que creían, además, que la mejora de los datos sanitarios traería también un armisticio o al menos un alto el fuego al Gobierno por parte de la oposición de derechas y de algunas comunidades autónomas muy críticas, por estar gobernadas por el PP o por cuestiones de competencias estatutarias. ¡Ilusos! La derecha olió sangre en el Gobierno hace mucho, y aún cree que puede tumbarlo, si no con los datos sanitarios sí con los económicos o sociales. Y en las comunidades, quien más quien menos -incluso las gobernadas por el PSOE-, todos quieren ahora vanagloriarse de ser de los primeros que avancen en las fases de la desescalada y hacer así que sus gobernados no reparen mucho en que la competencia de la gestión sanitaria y de las residencias de ancianos las tenían y las siguen teniendo ellas, las comunidades, y no el Gobierno central.

Crisis tan siderales como esta de la pandemia tumban Gobiernos y acaban con liderazgos políticos. Pero, salvo en el mundo no democrático y en los delirios de Vox, hay que pasar para ello por las urnas. Lo tienen mucho peor quienes tiene comicios en breve. Como Donald Trump, en noviembre próximo, y de ahí su obsesión en la vuelta a la actividad económica aunque sea a costa de más contagios y de más muertos por la COVID-19. Cree que puede presentarse en sus elecciones de noviembre con cientos de miles de muertos por la pandemia, pero no con muchos de millones de parados.

A Sánchez el calendario electoral no le aprieta. Salvo causa mayor antes -errores gravísimos en la crisis, una querella que prospere...- o decisión estratégica suya en cualquier momento, no tendremos elecciones generales hasta finales de 2023. Tres años y medio por delante. Para entonces, le estarán diciendo ahora sus asesores, la crisis sanitaria habrá quedado muy atrás porque habrá varias vacunas muy eficaces y de la crisis económica y social se habrá ya salido si, como la vicepresidenta Nadia Calviño dice, va a ser en uve asimétrica -caída muy brusca y profunda (-9,2% del PIB este año) y rebote y recuperación rápida pero tendida después- y en apenas dos años. Claro que, para que todo ello encaje así, faltan dos grandes detalles: un bien dotado Plan Marshall europeo de reconstrucción económica y una mayoría parlamentaria suficiente para sacar adelante unos Presupuestos. Con lo primero será más fácil lo segundo.

También en el PP saben de ese calendario y de esos cálculos de Moncloa. Por eso la escalada de tensión política justo cuando empieza la desescalada de la población hacia la llamada 'nueva normalidad'. Tienen prisa. Si aprietan mucho, Sánchez quizás considere hacer en unos meses una crisis de Gobierno, una remodelación, para cambiar las piezas del Consejo de Ministros más gastadas. ¿Quitando peso a Unidas Podemos? Es improbable. En el PSOE seguirán por ahora en la instrucción dada por Sánchez de no entrar en el cuerpo a cuerpo marrullero. Pero en breve pueden cambiar las cosas. En las advertencias de este lunes de José Luis Ábalos -número tres del PSOE y uno de los cuatro ministros comisionados como autoridad competente durante el estado de alarma- ya se está empezando a ver otra fase del trato del Gobierno al PP. Y ya hay quien pide más madera."A medida que vayamos desescalando, espero que vayamos escalando en colmillo hacia las posiciones más impresentables", comenta un miembro de la dirección federal del PSOE. También en el PSOE se ha olido a sangre en el PP de Casado.

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