Más de mil hongos bajo los robles de Asturias aportan pistas para proteger los bosques ante el cambio climático
Mucha más vida de lo que se pensaba. Un equipo de investigadores de la Universidad de Oviedo ha descubierto que los robledales de roble albar (Quercus petraea) de la Cordillera Cantábrica, presentes también en Asturias, albergan bajo el suelo una biodiversidad mucho mayor de lo que se conocía hasta ahora. El estudio ha identificado más de mil variantes genéticas de hongos asociados a las raíces de estos árboles, un hallazgo clave para entender cómo funcionan y cómo pueden protegerse los bosques atlánticos frente al cambio climático.
El roble albar es una especie autóctona que forma parte de los bosques de montaña del norte peninsular y que en Asturias aparece en espacios naturales como el Parque Natural de Redes o el Parque Natural de Fuentes del Narcea, Degaña e Ibias, entre otros. En estas zonas, el árbol se encuentra en el límite sur de su distribución europea, lo que lo hace especialmente sensible al aumento de temperaturas y a la pérdida de humedad.
La investigación, publicada en la revista científica Mycological Progress, es el primer muestreo intensivo que se realiza en la Cordillera Cantábrica sobre los hongos que viven asociados a las raíces del roble albar. Para ello, el equipo analizó muestras tomadas en tres espacios naturales protegidos, incluidos dos parques asturianos y la Zona Especial de Conservación de los Ancares.
Un mundo invisible bajo el bosque
Los resultados muestran que cada bosque alberga comunidades de hongos muy específicas, incluso dentro de una misma región. Aunque el número total de especies es parecido entre las zonas estudiadas, solo una pequeña parte aparece en todos los lugares. “Bajo nuestros bosques existe una enorme diversidad de hongos, con comunidades propias de cada robledal”, explica Pedro Álvarez, investigador de la Universidad de Oviedo y uno de los autores del estudio.
Muchos de estos hongos mantienen una relación directa con los árboles. Algunos ayudan a las raíces a captar mejor el agua y los nutrientes del suelo, algo fundamental en entornos pobres o sometidos a estrés ambiental. Otros participan en la descomposición de la materia orgánica o viven dentro de las raíces y podrían contribuir a que los robles resistan condiciones adversas.
Los árboles más “discretos”, los más ricos en hongos
Uno de los hallazgos más llamativos es que los robles que crecen en posiciones intermedias del bosque —con menos luz y mayor competencia— son los que presentan una mayor diversidad de hongos en sus raíces. Esto sugiere que estos árboles dependen más de estas alianzas subterráneas para sobrevivir.
Desde el punto de vista de la gestión forestal, el estudio subraya la importancia de mantener bosques con una estructura variada, con árboles de distintas edades y tamaños. Las actuaciones que simplifican el bosque pueden afectar no solo a los árboles visibles, sino también a las redes invisibles de microorganismos que los sostienen.
“La salud del bosque no depende solo de los árboles, sino de todo el entramado de vida que hay bajo el suelo”, señala Norma Alas Gutiérrez, coautora del trabajo. Conocer y conservar esta biodiversidad, añaden los investigadores, es clave para garantizar el futuro de los bosques atlánticos en un contexto de cambio climático. El estudio se ha desarrollado en colaboración con especialistas de ixCelium (Londres) y de las universidades de Granada y Santiago de Compostela, y aporta una base científica sólida para mejorar las estrategias de conservación de los robledales cantábricos, incluidos los de Asturias. Asturias no se concibe sin el valor de sus bosques.
0