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Si es de ayer, ya no sirve: una reflexión sobre consumo responsable

Para que el ciclo de producción no se rompa, hay que conseguir que la sociedad consuma a toda prisa

La industria vende de forma más lenta de la que produce e inventa

Existen muchas opciones para practicar el consumo responsable a pesar de que el sistema no facilita el camino. Es difícil, pero posible

Consumo responsable I Foto: Steve Sugrim

Foto: Steve Sugrim / Ayuda en Acción

Cuando le cuento a mi hijo que de niño no tenía Play, ni ordenador, ni tablet, ni móvil y que lo pasaba estupendamente bien, me mira incrédulo con sentimientos encontrados de perplejidad, compasión y desprecio. De la misma manera que de niño miraba yo a mis padres cuando me decían que ellos de chicos no tenían televisión, ni teléfono, ni Atari y que los Reyes les dejaban un único juguete de hojalata o madera, que por cierto, todavía anda en algún baúl en casa de la abuela.

Y es que mi hijo, con apenas 5 años sabe perfectamente cómo funciona el sistema. A grosso modo puede resumirse en tres slogans: 1. consumir es un fin en sí mismo; 2. más es mejor; 3. si es de ayer ya no sirve. Hasta un niño de 5 años sabe que no comulgar con estos dogmas te hace un antisistema, y no tener un móvil de última generación te convierte en un apóstata peligroso (además de un padre aburrido).

Sí bien es cierto que el consumo, en gran medida derivado por el avance de la tecnología y la deslocalización industrial, pone a nuestra disposición una serie de servicios y objetos baratos que nos facilitan la vida, también es cierto que la manera de consumirlos está empujada por un impulso perverso, que llega a convertirse en diabólico durante la Navidad.

Cuando mi mujer y yo llevamos al peque a ver las luces de Navidad, los pingüinos de Cortilandia, y el belén de Sol, lo hacemos sin maldad. Pero inevitablemente estamos alimentando a un pequeño monstruo consumista: no solo sometemos al chiquillo a un escrutinio severo de qué regalos incluir en la carta a los Reyes, sino que además volvemos a casa con una peluca, unos cuernos de alce y un nuevo ángel para el Belén.

La industria vende de forma más lenta de la que produce e inventa. Lo que hoy se está patentando lo consumiremos en unos cuantos años, cuando la industria haya conseguido vender todos los productos con la tecnología actual. Para que el ciclo de producción no se rompa, hay que conseguir que la sociedad consuma a toda prisa, antes de que las flechas en los gráficos apunten hacia abajo.

La tele, el cine, los medios de comunicación en general, son unos vehículos estupendos para dictar los cánones de consumo. Conviene recordar que también son “industria”. Su cometido está en explicar qué hay que comprar en cada momento, asociar la felicidad al consumo y etiquetar a las personas en función de las marcas que lucen, para que cada uno ocupe un cliché social respecto a sus prácticas de consumo.

Y nadie mejor para afianzar prácticas consumistas que el colectivo –“the mob”, el populacho del que tanto escribió Hannah Arendt–, que se apunta sin chistar a nuevas fiestas orientadas al consumo. En menos de una década se han instalado, con pasmosa facilidad, fiestas como Halloween, Black Friday o Papá Noel. Asumimos así un compromiso de consumo impulsivo y obligatorio cada mes y medio.

El grande se come al pequeño

Las cosas están hechas para no durar. Y somos conscientes de ello, por eso estamos dispuestos a pagar precios bajísimos por nuestras compras. Sabemos que las cosas se fabrican con materiales frágiles, y que los fabricantes calculan una vida útil que apenas rebasa la garantía. También sabemos que pronto van a pasar de moda, y lo que hace unos meses era la sensación, ahora está desactualizado, parece hortera, o en el mejor de los casos muta a vintage.

El consumo compulsivo tiene consecuencias. Dentro de unos años, cuando les cuente a mis nietos que nos duchábamos con agua potable y que tirábamos a la basura la comida que sobraba, también me van a mirar con los consabidos sentimientos de perplejidad y desprecio, manteniendo la tradición familiar.

Las flechas no pueden seguir apuntando siempre hacia arriba y salirnos gratis. Pagar precios bajos por nuestro consumo nos rebota y ahora se nos paga menos por nuestro trabajo. Que se fabrique en países lejanos nos ha dejado sin trabajo aquí. Comprar a los grandes ha cerrado a los pequeños. Producir contamina y consumir también.

Consumo responsable II Foto: Yago de Orbe / Ayuda en Acción

El Comercio Justo contribuye a mejorar la vida de pequeños productores en países en desarrollo. Foto: Yago de Orbe / Ayuda en Acción

 

Consumir de forma responsable

Existen muchas opciones para practicar el consumo responsable a pesar de que el sistema no facilita el camino. Es difícil, pero posible. Y se puede ser rebelde desde el sistema: sin dejar de comprar, podemos decantarnos por productos de Comercio Justo, por el que pequeños productores de países desfavorecidos reciben un salario digno, promoviendo la igualdad de género, la lucha contra la explotación infantil laboral y el respeto al medio ambiente

También existe una larga lista de alternativas en el mercado social, alimentación ecológica o moda sostenible por ejemplo, que vale la pena investigar. Algunas de ellas –como los bancos de tiempo– ni siquiera admite euros como pago, y otras se han inventado su propia moneda de intercambio (¿has pagado en Boniatos alguna vez?).

“Eficiencia energética”, “reciclar”, y “reparar” se han colado a nivel general en nuestro vocabulario diario gracias a la crisis, pero también hay que tenerlas en cuenta en tiempos de bonanza. Y también existen iniciativas globales como el “Día sin compras”, que se celebra cada 26 de noviembre y supone todo un reto para buena parte de la sociedad. O herramientas para hacer reflexionar a los más pequeños sobre la cantidad VS calidad a través de lecturas como el cuento “Sueños al cielo”.

Pero sin duda, usar el sentido común es la mejor receta para consumir con calidad y con respeto para uno mismo, para los demás y los que todavía están por venir. 

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