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Vídeos de santuarios de animales para 'hacer la conexión' desde la infancia

Los materiales audiovisuales que los santuarios comparten en las redes sociales sobre los animales que han rescatado son perfectos para contrarrestar los mensajes especistas que las niñas y niños reciben durante su proceso de socialización

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Muchas de las campañas de entidades que trabajan por un mundo más justo con el resto de los animales incluyen una frase imperativa con tanto significado como " haz la conexión". No es difícil de entender: cuando te enfrentas por primera vez al cadáver de un animal en tu plato, haces una conexión que no te abandona nunca.

Y la haces porque hasta entonces solo había sido carne. Porque durante años lo que comías no tenía nada que ver con aquellos animales a los que adoras, que te encanta acariciar y ver jugando. Sin embargo, tu mente no solía vincular una imagen con la otra. Aunque seamos conocedores de la cadena productiva que lleva a un animal a formar parte de nuestra alimentación, la disonancia cognitiva que se genera entre lo que sentimos, lo que pensamos y lo que hacemos nos exige elaborar excusas para poder aliviar la tensión. Como afirma Daniela Romero, nos convencemos de que los animales destinados al consumo humano no tienen las mismas capacidades mentales que aquellos con los que compartimos vida, que no pueden ser conscientes de su dolor. De esta manera justificamos su consumo y todo lo que hay detrás de cada plato.

Además de este autoconvencimiento, hay otros procesos que nos permiten formar parte del circuito de explotación animal sin sentir culpa. La mayoría tienen lugar en la infancia, en los procesos de socialización primaria y la transmisión cultural que los diferentes agentes ejercen en las niñas y los niños. Durante el proceso de socialización primaria adquirimos las pautas de comportamiento y habilidades necesarias para integrarnos en la sociedad. Esto incluye también sistemas de relaciones, creencias y valores, y patrones de alimentación.

Durante toda la infancia la mayoría de niñas y niños son bombardeados por mentiras que adornan y justifican el uso y abuso de los otros animales. Al igual que nosotros en su día, aprenden que hay vacas lecheras, que los lobos son malos, que las gallinas nos dan sus huevos y las abejas la miel. Se les enseña (a través de cuentos y juegos, en la escuela, en la televisión, etc.) que los cerdos son animales muy sucios, que los burros son tontos y que bebemos la leche que los terneros no toman. Que los animales son felices en los circos, que los zoológicos protegen y cuidan a los animales encerrados, y que las granjas son lugares idílicos.

Que los otros animales ni sienten ni sufren y, por tanto, que su uso en nuestro beneficio está justificado. Y que no existe opción. Que no tenemos otra alternativa, si queremos sobrevivir, que la de participar en el sistema antropocéntrico dominante. Todos estos conocimientos refuerzan este sistema, que se sustenta en su totalidad en la utilización y la explotación de los otros animales. Un sistema que domina y exprime al planeta y a cualquiera que lo habite.

Educamos, pues, con mentiras que facilitan asumir el coste emocional del sistema en el que vivimos. Ante todo, la educación debería facilitar el empoderamiento de la infancia y su integración en la sociedad de forma activa y participativa. Para empoderarse y poder elegir de forma lo más libre posible debemos permitir a la infancia conocer la verdad.

Y en lo que hace referencia a los otros animales, la verdad implica saber cómo son realmente dichos animales, de los que tanto hemos hablado pero tan poco hemos aprendido. Cómo son las relaciones que establecemos con ellos, sus consecuencias y las alternativas posibles. Actualmente tenemos la posibilidad, gracias a los santuarios, de descubrir a todos esos animales que durante siglos hemos confinado, explotado y asesinado. Conocer cómo son realmente cuando son rescatados del sistema productivo y pasan de ser algo a ser alguien.

Gracias a estos santuarios y a las personas que dedican sus vidas no solo a rescatarlos, sino a darles un hogar y una vida sin sufrimiento, hoy sabemos cosas tan increíbles como que las gallinas son animales muy sensibles e inteligentes, que aprenden de experiencias anteriores. Que los cerdos son animales inteligentes y limpios, con una piel delicada que protegen con el barro. Que a las vacas les encanta pasar tiempo en compañía de sus amigas y tienen una memoria excelente. Incluso que las ratas se ríen y generan fuertes vínculos afectivos.

Toda la información que nos brindan los santuarios en forma de videos y experiencias relatadas pueden transformarse en un material educativo increíble, permitiendo a niñas y niños conocer la otra verdad sobre los animales: la verdad que descubrimos nosotras el día que hicimos la conexión.

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