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Sobre este blog

Primera Página es la sección de opinión de eldiario.es Cantabria. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

Seamos conservadores

La fiesta de La Vijanera se celebra en Silió el primer fin de semana del año. |

Marcos Pereda

Ya he decidido mi propósito para el año nuevo. Con tiempo, que luego estas cosas se dejan para el último momento y uno acaba aturullado con tanto brindis y termina pidiendo las mayores chorradas. Aprender inglés, ir más al gimnasio, y otros tópicos sin techumbre. Pero no, esta temporada lo he cogido con ganas, lo he reflexionado durante largo rato, y ahora todo está clarísimo. Mi objetivo para 2016 es ser conservador. Aún más conservador. Todo lo conservador que una persona pueda llegar a ser. Y hacer, además, proselitismo entre los míos. Llenar mi familia, mis amistades, mis círculos sociales, de conservadores ultraconservadores. Piensen, piensen en los tipos más conservadores que conozcan… ¿los tienen? Pues yo quiero rodearme de gente aún más conservadora. Y voy a poner todo de mi parte desde ya para que eso ocurra.

Hace ya un cuarto de siglo (joder el tiempo, cómo es, qué inasible) Manuel Rivas dejó escrita una pieza absolutamente imperecedera. Se titulaba 'El conservador país donde no existen los conservadores' y trataba de algo que estaba sucediendo en la Galicia de aquel tiempo y que todavía sigue pasando en la Cantabria de ahora. No sé si más o menos que entonces, pero al menos es seguro que la tendencia no ha desaparecido. Contaba Rivas cómo en Galicia, en su Galicia atlántica de tojos y vacas, los conservadores eran una minoría, y que quienes se autoproclamaban así eran quienes menos conservaban, así que conservadores, lo que se dice conservadores, tampoco podían llamarse. Era un grito de auxilio sobre la hecatombe ecológica que el ladrillo, el hormigón y otras malas hierbas estaban perpetrando sobre el verde de la tierra. Y era, es, un texto perfectamente aplicable a la actualidad de nuestra región. Porque aquí, sépalo el lector, apenas hay conservadores.

Y no será porque no haya cosas que conservar. De esas sobran. Bueno, sobrar no sobran, y en realidad cada vez hay menos, para qué engañarnos. Porque conservar, lo que se dice conservar, apenas las conservamos. Cosas de los falsos conservadores, que se extienden, no se me malinterprete, por todos los estratos del espectro parlamentario, ¿eh? Pero, decíamos hay un montón de cosas que conservar. Para conservar los montes que se nos han quemado en este fin de año de pesadilla quizá ya es algo tarde, pero para ser más conservadores con los que quedan, y con los que, en buena lógica, vendrán, aún estamos a tiempo. En buena lógica, digo, porque no creo que en ninguna de esas cientos de hectáreas arrasadas se acaben levantando construcciones ajenas a lo que antes había allí en unos cuantos años…

Ya es tarde para que seamos conservadores con muchas de las plantas que se han ido comiendo, glotones, los plumeros que aparecen en nuestras cunetas como si estuviéramos en la mismísima Pampa. Pero a lo mejor podemos serlo con otras especies, y jugar entre todos a preservar lo que de todos es. Porque de lo contrario en pocos años sí que no habrá ningún conservador, porque no quedará nada para conservar. Nada que no sea gris. O gris rodeado de verde, como las rotondas, pero esas gozan de una excelente salud.

Ahora, que ya puestos a pedir, podríamos ser también conservadores con nuestro patrimonio inmaterial, ese que no es mejor ni peor que el de otros, pero que es nuestro, y dibuja, a trazos a veces confusos, a veces poco definidos, nuestro pasado. Ser conservadores con las tradiciones, con aquellas que nos legaron nuestros abuelos, también con las que se van haciendo poco a poco (seamos flexibles con esto, es folklore en formación), flexible con las formas tradicionales de aprovechar la tierra, conservadores con los tiempos y los ritmos del vivir rural. Conservemos todo eso, seamos buenos conservadores.

Conservemos, también, un poco de nuestra cultura. De la clásica, conservemos cancioneros, y rimas, y decires y hasta cantares, conservemos los elementos simbólicos que visten a nuestras fiestas, aunque a veces no los entendamos del todo. Y conservemos también, seamos íntegramente conservadores, con los agentes culturales que intentan crear, la mayoría de las veces con inversión propia de tiempo y desengaños, una red cultural lo suficientemente tupida como para que el resto no tengamos que llevar orejas de burro por las calles. En eso, mira tú, también deberíamos ser conservadores.

Conservar formas de pesca tradicionales, conservar la arquitectura propia, conservar las palabras, los caminos, las danzas. Conservar árboles, animales, conservar esos ríos que cada vez parecen bajar menos agua. Conservar, incluso, los puertos de montaña, las carreteritas que nos retuercen por el interior de Cantabria. Y conservar el café al calor de la lumbre, que todavía hay sitios con chimenea. Hay tantas razones por las que ser conservadores que no alcanzo a entender que alguien no quiera serlo. Ser conservador es, claro, la mejor opción.

Así que ya saben. Si este año que entra me ven acercarme a ustedes con una media sonrisa en la boca, sepan que voy en plan proselitista. Que intentaré convencerles para que se hagan conservadores. Como yo. Que ya va siendo hora…

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