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Sobre este blog

Primera Página es la sección de opinión de eldiario.es Cantabria. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

Referéndum sardinerino

Los ciudadanos determinarán el color del nuevo pavimiento de los Jardines de Píquio.

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A la espera de la inminente deificación del emperador Trump, el resto de los mortales -unos 7.000 millones de seres humanos, millón arriba, millón abajo- seguimos a lo nuestro, que son las miserias y grandezas de cada día, a escala humana. No tendremos corona de laureles, pero sí gorrito de ducha; ni 'memento mori' ni cabalgata por la Avenida Pensilvania, pero sí chaparrudos coleando sobre las piedras sagradas de la machina y un amanecer en tecnicolor y sin IA sobre Loredo. Es el consuelo de los mortales, sobre todo sardinerinos, que son el doble de mortales que los demás, como mínimo, como todo el mundo sabe.

Ser mortal tiene sus ventajas, ya que no me imagino una eternidad de Trumpismo, con sus sacerdotes, sus profetas, su inquisición, sus autos de fe y sus champús anticaspa; lo que no quiere decir que no hagamos todo lo posible para prolongar esta dicha de recibir la luz de este dios Apolo que atraviesa todas las mañanas el firmamento de los informativos con las riendas cogidas del último carro Tesla.

Para nosotros, los mortales, como digo, siempre nos quedará, en caso de apuro, el kit de supervivencia de tres días (el cuarto, a ver qué se hace), antes de que llegue el Séptimo de Caballería de Úrsula von der Leyen. A mano tendremos el frasco de agua bendita, el bote de tabaco para liar y el trampantojo online de los medios de comunicación.

Tendrían que asustarnos con algo terrible, verdaderamente terrible, algo realmente pavoroso para que reaccionáramos en consonancia: el fin del tardeo, la restricción de desplazamientos o teñir de fucsia los Jardines de Piquío

Aquí, abajo, en las estribaciones del Olimpo, seguimos con el Día de la Marmota, felicísimos de despertarnos todas las mañanas con los anuncios que ya podemos adelantar desde el día anterior: inversiones milmillonarias, políticas fiscales eternamente a la baja, el desarreglo programado de las urgencias de todos los veranos, un amor, sobre todo amor, por nosotros que no cabe en pecho ajeno y la procrastinación secular de las soluciones que los de la cáscara amarga creemos que ni existen ni se las puede esperar.

La vida continúa y, curtidos por la pandemia, asistimos con una sonrisa sardónica al desplegable de terrores nucleares que expertos finlandeses intentan contagiarnos. Pero nadie asalta los supermercados y no hay desabastecimiento de papel higiénico -que es la prueba del nueve de que algo vaya a ocurrir- ni el Gobierno de Cantabria ha constituido un comité de vigilancia ni medidas extraordinarias para prevenir lo que puede caer, nunca mejor dicho.

Tendrían que asustarnos con algo terrible, verdaderamente terrible, algo realmente pavoroso para que reaccionáramos en consonancia: el fin del tardeo, la restricción de desplazamientos o teñir de fucsia los Jardines de Piquío. Eso sí que sería terrible. Un Apocalipsis en toda regla. Menos mal que ya hay previsto un referéndum sardinerino para decidir entre el azul o el negro. Este tipo de certezas son las que nos tranquilizan y permiten seguir adelantando los titulares de mañana.

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